Chapter 3 - El embarazo

Todo cambió de nuevo, ocho meses después, con una noticia que Mateo recibió con una mezcla de sorpresa y una alegría que no se permitía sentir del todo.
—Estoy embarazada.
Renata lo dijo una noche, después de la cena, con las manos entrelazadas sobre la mesa, como si hubiera ensayado el gesto frente al espejo.
Mateo se quedó en silencio unos segundos.
No habían hablado de tener más hijos.
No habían hablado, en realidad, de qué eran exactamente el uno para el otro.
Pero la soledad, combinada con la gratitud, había hecho que las líneas se volvieran borrosas.
—¿Estás segura?
—Muy segura.
Mateo sintió algo extraño en el pecho.
Algo que no era exactamente felicidad, pero que se le parecía.
Un bebé.
Una nueva oportunidad de hacer las cosas bien.
Esa noche, cuando le contó a Sofía, ella se quedó mirando el plato de comida sin moverse.
—Vas a tener una hermanita o hermanito —le dijo, tratando de sonar emocionado—. ¿No es increíble?
Sofía levantó la vista.
—¿La señora Renata se va a quedar para siempre, entonces?
Había algo en su voz que no era alegría.
Era resignación.
—Sí, mi amor. Vamos a ser una familia.
Sofía asintió, despacio, y siguió comiendo en silencio.
Esa noche, sacó su cuaderno de dibujos —el mismo que guardaba escondido entre las páginas del libro de su madre— y dibujó algo nuevo.
Un círculo grande.
Dentro del círculo, un bebé.
Y alrededor del círculo, ella misma, cada vez más pequeña, cada vez más lejos.
No lo hizo con rencor.
Lo hizo porque, sin darse cuenta, estaba empezando a entender su lugar en la nueva jerarquía de la casa.
Los meses de embarazo transformaron a Renata.
Al principio, se volvió más cariñosa frente a Mateo.
Más atenta.
Más "mamá" de cara al mundo.
Pero cuando él no estaba, algo en ella se endureció.
—No puedo cargarte todo el tiempo, Sofía. Ya no soy una niñera, voy a ser tu madrastra. Y las madrastras no hacen todo lo que las niñas quieren.
Sofía nunca le había pedido que la cargara.
Sofía apenas se atrevía a pedirle nada.
Pero Renata parecía necesitar marcar, constantemente, una distancia.
Una jerarquía.
—Tu mamá está muerta —le dijo una tarde, mientras doblaba ropa de bebé recién comprada—. Y tu papá ya tiene una nueva familia. Más te vale portarte bien si quieres seguir siendo parte de ella.
Fue la primera vez que lo dijo tan claro.
Tan sin filtro.
Sofía no lloró frente a ella.
Aprendió a no darle esa satisfacción.
Pero esa noche lloró tanto que la almohada quedó empapada, y tuvo que darla vuelta para que su padre no lo notara al llevarla a lavar.
En la escuela, la maestra de Sofía empezó a notar cambios.
Antes, Sofía era una niña participativa, curiosa, que levantaba la mano para responder.
Ahora se sentaba al fondo del salón.
Miraba por la ventana.
No terminaba las tareas.
—Sofía, ¿está todo bien en casa?
—Sí, señorita.
—¿Segura?
—Sí.
La maestra no insistió más de lo debido. No tenía pruebas de nada, solo una intuición vaga que no sabía cómo convertir en una llamada telefónica justificada.
Fue en esos días que Sofía encontró, en la papelería cerca de la escuela, un cuaderno de tapa dura, color rosa fuerte, con un candado dorado y una llave diminuta.
Lo compró con el dinero que había estado guardando de los cumpleaños.
Esa noche, bajo las sábanas, con una linterna pequeña, escribió la primera página.
Hoy la señora Renata me dijo que si le cuento a papá cosas raras, él se va a enojar conmigo y me va a mandar a vivir con la tía Julia para siempre.
No sé si es verdad. Pero tengo miedo de que sí lo sea.
Voy a escribir todo lo que pase aquí. Para que, si algún día pasa algo malo, alguien sepa la verdad.
Cerró el cuaderno con el pequeño candado.
Guardó la llave dentro de un calcetín viejo, en el fondo del cajón.
No sabía, en ese momento, que ese cuaderno sería, meses después, el objeto más importante de su vida.
El bebé nació una madrugada de octubre.
Una niña.
Renata la llamó Valentina.
Mateo lloró al cargarla por primera vez, con una emoción que no había sentido desde el nacimiento de Sofía.
—Es hermosa —dijo, mirando a Renata con una gratitud enorme—. Gracias.
Renata sonrió, esa misma sonrisa perfecta de siempre.
Pero cuando Mateo salió de la habitación un momento para avisarle a Julia por teléfono, Renata miró a Sofía, que esperaba de pie junto a la puerta, con los ojos llenos de una curiosidad tímida.
—Ven a conocer a tu hermanita —le dijo Renata, con una voz dulce que parecía sincera.
Sofía se acercó despacio.
Miró a la bebé, tan pequeña, tan frágil, envuelta en una manta blanca con ribete rosa.
Sintió, por un instante, algo parecido al amor.
Pero entonces Renata se inclinó hacia ella y le susurró, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos:
—Ahora tengo una hija de verdad. Tú eres solo la que vino con el paquete.
Sofía retrocedió un paso, como si le hubieran quemado la piel.
No dijo nada.
Solo miró a la bebé una vez más, y sintió que algo en su pecho se partía en dos: una parte que quería proteger a esa hermanita para siempre, y otra que sabía, con una certeza fría, que su hogar se había vuelto un lugar peligroso.
Esa noche, escribió en el cuaderno rosa:
Tengo una hermanita. Se llama Valentina. Es muy pequeña y no tiene la culpa de nada.
Voy a cuidarla. Aunque nadie me cuide a mí.
Cerró el candado.
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Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que tenía un propósito.
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