Chapter 9 - Lunes

Pasaron tres semanas.
Lily volvió al colegio el lunes siguiente, con el raspón de la mejilla ya casi invisible, apenas una sombra rosada que solo Marta, que conocía cada centímetro de la cara de su hija, todavía podía distinguir.
La maestra la llamó aparte, en el recreo, después de que la trabajadora social del colegio hiciera algunas preguntas de rutina, preguntas cuidadosas, diseñadas para no asustar a una niña pero sí para asegurarse de que estuviera bien.
—¿Cómo estás, Lily?
—Bien.
—¿Segura?
La niña lo pensó un momento, con esa seriedad que solo los niños que han vivido algo grande pueden tener.
—Mi papá ya no vive con nosotras.
—¿Y cómo te sientes con eso?
—Rara. Pero bien. Mi abuelo dice que rara y bien pueden ser las dos cosas al mismo tiempo.
La maestra sonrió, un poco sorprendida por la claridad de esa respuesta.
—Tu abuelo suena muy sabio.
—Es el más fuerte del mundo. Pero no le pegó a mi papá.
—¿No?
—No. Dijo que podía, pero eligió no hacerlo.
La maestra no supo bien qué responder a eso, pero anotó algo en su cuaderno, algo que parecía menos una preocupación y más una nota de esperanza.
En casa, las tardes habían cambiado de ritmo.
Marta había empezado terapia, dos veces por semana, en un consultorio pequeño cerca del centro, con una psicóloga de voz calma que la ayudaba a desenredar, sesión por sesión, siete años de silencios acumulados.
Lily también iba, una vez por semana, a un lugar distinto, lleno de crayones y muñecos, donde una terapeuta infantil la dejaba dibujar lo que quisiera mientras hablaban de cosas que a veces parecían no tener nada que ver con lo que había pasado, y otras veces tenían todo que ver.
Un día, Lily volvió de esa sesión con un dibujo doblado en cuatro partes, que le entregó a su madre con solemnidad, como quien entrega algo importante.
Marta lo desdobló con cuidado.
Era una casa. Techo triangular, ventanas cuadradas, una puerta con un pomo dorado dibujado con marcador metálico. Frente a la casa, tres figuras tomadas de la mano: una mujer con el pelo castaño, una niña con vestido de rayas, un hombre grande con el pelo canoso.
No había una cuarta figura.
—¿Y papá? —preguntó Marta, con cuidado, sin querer sugerir nada.
Lily se encogió de hombros.
—Él tiene su propia casa ahora. La terapeuta dice que puedo dibujarlo en otro dibujo, en otro momento, si quiero.
—¿Quieres?
—A veces.
Marta guardó el dibujo en la puerta del refrigerador, sostenido con un imán en forma de fresa, junto a otros dibujos más antiguos, de antes de todo esto, dibujos donde sí aparecían cuatro figuras tomadas de la mano.
No los sacó.
Dejó que convivieran, viejos y nuevos, como un recordatorio de que las familias, incluso cuando cambian de forma, no dejan de haber existido en las formas anteriores.
Daniel llamaba, algunas tardes, siempre en el horario acordado con el abogado, siempre con Marta escuchando desde la cocina mientras Lily hablaba con él por el teléfono en la sala.
Las conversaciones eran cortas. Torpes, a veces. Lily le contaba sobre el colegio, sobre alguna pelea con una amiga, sobre el dibujo que había hecho ese día.
Daniel escuchaba, hacía preguntas, y de vez en cuando, en medio de la conversación, se quedaba callado un segundo de más, como si estuviera tragándose algo que quería decir pero no encontraba las palabras correctas.
—¿Vas a ese lugar, papá? —le preguntó Lily un día, sin rodeos, con esa franqueza que solo los niños se permiten—. Al que dijiste que ibas a ir. Para aprender a no empujar.
Hubo un silencio del otro lado de la línea.
—Sí —dijo Daniel finalmente—. Voy dos veces por semana.
—¿Y te está ayudando?
—Estoy aprendiendo cosas. Cosas que debí aprender hace mucho.
—¿Como qué?
—Como que la rabia no es excusa para lastimar a nadie. Ni siquiera cuando uno cree tener razones.
Lily se quedó pensando eso un momento.
—Mi maestra dice algo parecido.
—Tu maestra parece una mujer muy inteligente.
—Sí.
Otro silencio, más corto esta vez.
—Te extraño —dijo Daniel.
—Yo igual —contestó Lily, y era verdad, aunque fuera una verdad complicada, de esas que caben dos sentimientos distintos al mismo tiempo, sin que uno anule al otro.
Después de colgar, Lily se quedó sentada en el sofá un rato, con el teléfono todavía en la mano, mirando la pantalla apagada.
Marta se acercó y se sentó a su lado.
—¿Estás bien?
—Sí. —Lily la miró—. ¿Puedo preguntarte algo raro?
—Lo que quieras.
—¿Está bien querer a alguien que hizo algo malo?
Marta pensó la respuesta con cuidado, sabiendo que esa pregunta merecía algo mejor que una respuesta apurada.
—Sí, mi amor. Está bien. Los sentimientos no siempre siguen las reglas que uno quisiera que siguieran. Puedes querer a papá y, al mismo tiempo, saber que lo que hizo estuvo mal. Las dos cosas pueden ser verdad.
—¿Como rara y bien al mismo tiempo?
Marta sonrió, reconociendo la frase de Robert repetida en la boca de su hija.
—Exactamente como eso.
Lily asintió, satisfecha, y volvió a acomodarse contra el costado de su madre, con el conejo de la oreja torcida apretado entre las dos.
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Afuera, el sol de la tarde empezaba a bajar, tiñendo el jardín de un naranja suave, el mismo jardín donde, semanas atrás, un hombre había caminado sin prisa hacia una puerta de vidrio esmerilado, decidido a proteger lo que más le importaba en el mundo.
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