Chapter 5 - El Retrato de Camila

Diego encontró a su hijo dormido en el sillón de cuero, con la cabeza apoyada en el regazo de Rosa y el paño de hielo, ya tibio, todavía sobre el brazo hinchado.
Se quedó en el marco de la puerta un momento, sin entrar, mirando esa imagen con una expresión que Rosa no supo descifrar del todo. Cansancio. Culpa. Algo más viejo que ambas cosas.
—¿Cómo está? —preguntó en voz baja.
—Se quedó dormido hace diez minutos. El médico ya vino, dijo que es solo un esguince leve. Nada roto.
Diego asintió, aunque el alivio no le llegó completo a la cara.
Entró despacio y se sentó en el sillón de enfrente, con los codos sobre las rodillas, las manos entrelazadas, mirando fijamente al niño dormido como si tratara de memorizar cada detalle de su rostro tranquilo, algo que temía no volver a ver en mucho tiempo.
—Rosa.
—¿Sí, señor?
—¿Desde cuándo pasaba esto?
La pregunta cayó con el peso de meses acumulados.
Rosa dudó. Llevaba tres años en Villa Aurora, tres años viendo crecer a Mateo desde que era apenas un niño de cuatro años que todavía dormía con la luz encendida porque extrañaba a una madre que ya no estaba.
—No sé si "esto" pasaba antes, señor. Pero sí sé que la señora Valentina y el niño nunca se llevaron bien. Ella nunca quiso… —se detuvo, buscando la palabra correcta— reemplazar a nadie. Pero tampoco quiso acercarse.
Diego cerró los ojos.
—Camila lo hubiera sabido de inmediato —dijo, casi para sí mismo—. Ella siempre supo cuándo algo andaba mal con él, incluso antes de que él mismo lo supiera.
Rosa no dijo nada. Sabía cuándo un silencio servía más que cualquier palabra.
En la pared de la sala, sobre la chimenea apagada, colgaba un retrato al óleo de una mujer joven, de cabello castaño oscuro y sonrisa amplia, sosteniendo en brazos a un bebé envuelto en una manta celeste. El retrato llevaba ahí cuatro años, desde antes de que Valentina entrara siquiera a esa casa, y ella jamás se había atrevido a pedir que lo quitaran, aunque Diego sabía —lo había sabido siempre, en el fondo— que cada vez que Valentina entraba a esa sala y veía esos ojos pintados mirándola desde la pared, algo dentro de ella se encogía de rencor.
—Ella nunca soportó ese cuadro —dijo Diego, siguiendo la mirada de Rosa hacia el retrato—. Me lo pidió una vez. Que lo moviera a otro cuarto.
—¿Y usted qué le dijo?
—Le dije que no. Que Camila era la madre de mi hijo y que ese cuadro se quedaba donde estaba, en la sala principal, donde Mateo pudiera verla todos los días.
Rosa acarició el pelo del niño dormido, apartándole un mechón de la frente.
—Tal vez ahí empezó todo —dijo, en voz muy baja, casi como si no quisiera que las palabras existieran del todo—. Un niño que extraña a su mamá y una mujer que sabe que jamás podrá ocupar ese lugar, no importa cuánto lo intente.
—Eso no justifica lo que hizo hoy.
—No, señor. No lo justifica.
Diego se levantó y caminó hacia el retrato. Se quedó de pie frente a él un largo rato, con las manos en los bolsillos, mirando los ojos pintados de la mujer que había sido su esposa durante nueve años, antes de que un cáncer agresivo se la llevara en apenas siete meses, dejándolo con un niño de cuatro años que no entendía por qué mamá ya no volvía a casa.
—Ella me hubiera dicho que lo estaba haciendo mal —murmuró—. Que estaba tan ocupado tratando de que Mateo tuviera otra vez una familia completa, que no vi lo que tenía frente a mis ojos.
—Usted no podía saberlo, señor.
—Podía. Elegí no verlo.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, esta vez más pesado.
Mateo se removió en el sillón, sin despertar del todo, y murmuró algo ininteligible en su sueño. Rosa le acomodó mejor la cabeza sobre un cojín y se quedó observándolo con esa mezcla de ternura y alerta que llevaba tres años perfeccionando, como si su cuerpo entero hubiera aprendido a estar siempre lista para protegerlo.
—Señor Valdez.
—¿Sí?
—Hay algo que debo decirle. Llevaba tiempo queriendo hacerlo, pero no sabía cómo, ni si me creería.
Diego se giró hacia ella, con una expresión que ya no tenía espacio para más sorpresas esa noche, aunque estaba a punto de descubrir que se equivocaba.
—Habla.
Rosa respiró hondo. Miró al niño dormido, como pidiéndole permiso silencioso, y luego levantó la vista hacia el padre.
—No es la primera vez que la señora Valentina levanta la voz contra Mateo cuando usted no está. Yo… nunca vi que lo tocara antes de hoy. Lo juro. Pero las palabras, señor. Las palabras a veces dejan marcas que no se ven en un brazo hinchado.
Diego se quedó inmóvil.
—¿Qué clase de palabras?
Rosa cerró los ojos un segundo, reuniendo el valor para decir algo que llevaba guardado, como una piedra propia, desde hacía meses.
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—De las que un niño de siete años no debería tener que aprender a soportar solo.
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