Chapter 9 - El remitente desconocido

La casa a la que Elena regresó esa noche no era, en realidad, una casa cualquiera.
Era un apartamento discreto en el último piso de un edificio sin nombre visible, registrado bajo una identidad falsa, equipado con un sistema de seguridad tan avanzado que ni siquiera los ingenieros que lo habían instalado sabían exactamente para quién trabajaban.
Damián la había llevado directamente allí, sin detenerse en ningún otro lugar, siguiendo instrucciones estrictas que Elena había dado meses atrás, previendo exactamente esta clase de contingencia.
—¿Vas a decirme qué decía ese correo? —preguntó Damián, una vez que estuvieron dentro, con las puertas selladas y el sistema de seguridad activado en modo máximo.
Elena se sentó frente a su computadora, una máquina discreta pero absurdamente poderosa, disfrazada de un simple portátil de oficina.
—Todavía no estoy segura de lo que significa —admitió, mientras sus dedos volaban sobre el teclado, rastreando el origen del correo—. Pero alguien sabía sobre el plan de hoy. Alguien que no debería haberlo sabido.
—¿Crees que fue Marco o Victoria?
—No. Ellos ni siquiera sospechaban que yo seguía viva en el sentido que importa, mucho menos que tenía un plan de esta magnitud. Esto es alguien más. Alguien que ha estado observando desde las sombras, esperando el momento adecuado para revelarse.
Después de veinte minutos de rastreo digital meticuloso, la pantalla mostró un resultado que hizo que Elena se quedara completamente inmóvil.
La dirección IP del correo, cuidadosamente enmascarada a través de múltiples servidores proxy, finalmente reveló su origen real: un pequeño pueblo costero a tres horas de distancia, un lugar que Elena conocía íntimamente, porque había sido, muchos años atrás, el lugar donde había pasado los veranos de su infancia junto a su abuela.
Un lugar donde, según los registros oficiales, no vivía absolutamente nadie relacionado con su vida actual.
Excepto por un nombre.
Un nombre que Elena creía enterrado, literalmente, tres años atrás, en un pequeño cementerio con vista al mar.
Sofía Ferrán Aldás.
—Eso no puede ser real —susurró Elena, con las manos temblando sobre el teclado—. Es imposible. Es...
—¿Elena? —Damián se acercó, preocupado por la palidez repentina en su rostro—. ¿Qué pasa? ¿Qué encontraste?
Elena no respondió de inmediato.
Se quedó mirando la pantalla, releyendo el nombre una y otra vez, sintiendo que el suelo bajo sus pies, después de todo lo que había logrado esa tarde, volvía a temblar de una manera completamente distinta, mucho más aterradora que cualquier cadena de plata o luz roja de emergencia.
Porque Sofía había muerto tres años atrás.
Elena había estado presente en el hospital. Había sostenido su mano diminuta, ya fría, mientras los monitores emitían ese sonido plano y eterno que ningún padre debería escuchar jamás.
Había organizado el funeral. Había elegido el ataúd pequeño, demasiado pequeño, con dibujos de estrellas pintados a mano en los bordes, porque a Sofía siempre le habían fascinado las estrellas.
No había ningún error posible.
Sofía había muerto.
Y sin embargo, el correo electrónico, con su firma digital verificada, con su dirección IP rastreada hasta un pueblo costero específico, decía claramente:
De: Sofía Ferrán Aldás
Asunto: Esto no ha terminado.
Cuerpo del mensaje: Mamá, sé que esto va a sonar imposible. Sé que vas a pensar que es un error, o una broma cruel, o algo peor. Pero necesito que confíes en mí una última vez, como confiaste en tu propio sistema durante estos tres años. Hay cosas sobre lo que pasó aquella noche en el hospital que nunca te contaron. Cosas que descubrí hace apenas seis meses, casi por accidente, revisando archivos médicos que nunca debí haber podido acceder. Ven al pueblo. Ven sola, sin Damián, sin ningún guardia. Trae la tarjeta negra. La vas a necesitar para lo que viene después. Con todo mi amor, tu hija que nunca dejó de estar viva del todo.
Elena releyó el mensaje tres veces, sintiendo que cada palabra se clavaba más profundo que la anterior.
—Elena, háblame —insistió Damián, ahora genuinamente alarmado—. ¿Qué dice el correo?
Elena, finalmente, giró la pantalla hacia él, permitiéndole leer el mensaje completo.
Vio cómo el rostro de Damián, un hombre entrenado para mantener la calma en las situaciones más extremas, palidecía visiblemente al leer el nombre de la remitente.
—Esto es imposible —dijo, repitiendo exactamente las mismas palabras que Elena había pensado apenas minutos antes—. Tiene que ser una trampa. Alguien que descubrió información sobre tu hija y está usando eso para manipularte.
—Lo sé —dijo Elena, con la voz extrañamente calmada, a pesar del torbellino que sentía por dentro—. Lo sé perfectamente. Sé que la probabilidad estadística de que esto sea real es prácticamente cero.
—Entonces no vayas.
—Pero, Damián —continuó Elena, con los ojos fijos en la pantalla, en ese nombre que llevaba tres años sin permitirse pronunciar en voz alta sin que la voz se le quebrara—, ¿y si existe siquiera un uno por ciento de posibilidad de que sea real?
Damián no supo qué responder.
Porque ambos sabían, sin necesidad de decirlo en voz alta, que ningún porcentaje de probabilidad, por pequeño que fuera, sería suficiente para que Elena Ferrán, la mujer que había esperado tres años enteros para recuperar su imperio, la mujer que acababa de humillar públicamente a quienes la habían destruido, ignorara la más mínima posibilidad de volver a ver a su hija con vida.
—Voy a ir —dijo Elena, finalmente, cerrando la laptop con un gesto decidido.
—Elena, esto podría ser exactamente el tipo de trampa que alguien diseñaría para atraerte, precisamente ahora que estás en tu punto más vulnerable emocionalmente, después de todo lo que pasó hoy.
—Lo sé.
—Podría ser Marco. Podría ser alguien contratado por Victoria antes de su detención. Podría ser cualquier enemigo que hiciste en el camino hacia recuperar tu empresa.
—Lo sé, Damián. Sé todo eso.
—Entonces, ¿por qué vas a ir de todas formas?
Elena se levantó de la silla, caminando hacia la ventana del apartamento, mirando las luces distantes de la ciudad, cada una representando una vida, una historia, un dolor o una alegría que ella nunca conocería.
—Porque durante tres años —dijo, sin darse la vuelta—, dejé que el mundo entero creyera que yo estaba destruida, mientras en realidad estaba construyendo, pacientemente, la venganza más elaborada que pude imaginar. Y funcionó. Hoy recuperé todo lo que me pertenecía.
Se giró hacia Damián, con los ojos llenos de una determinación que él reconoció de inmediato, la misma determinación que había visto en el vestíbulo del hotel apenas horas atrás.
—Pero si existe la más mínima posibilidad de que mi hija, de alguna manera que todavía no entiendo, siga viva, entonces todo lo que logré hoy, todo el poder, todo el dinero, toda la justicia recuperada, no significa absolutamente nada comparado con la posibilidad de abrazarla una vez más.
Damián asintió, lentamente, entendiendo que no había ningún argumento en el mundo capaz de cambiar esa decisión.
—Entonces voy contigo —dijo—. Aunque el mensaje diga que vengas sola.
—No —respondió Elena, con firmeza—. Esta vez, tengo que hacerlo sola. Como hice todo lo demás durante estos tres años.
Tomó la tarjeta negra de su bolsillo, la misma que había usado horas antes para desmantelar el imperio de sus enemigos, y la sostuvo frente a la luz de la ventana, observando el relieve dorado del circuito grabado en su superficie.
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—Pero esta vez —murmuró, casi para sí misma—, no sé si esta tarjeta va a servir para ganar algo, o para perderlo todo de nuevo.
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