Chapter 9 - Girasoles

Plantaron los girasoles un sábado de octubre, con la tierra todavía fría de la mañana y el sol apenas empezando a calentar el jardín.
Daniel cavó los hoyos.
Noah colocaba las semillas, una por una, con una concentración absoluta, como si cada semilla llevara dentro una promesa que no podía romperse.
—¿Cuánto tardan en crecer? —preguntó Noah, cubriendo la última semilla con tierra.
—Unas semanas —dijo Daniel—. Los girasoles crecen rápido, si les da suficiente sol.
—Como nosotros —dijo Noah, sin pensarlo demasiado, con esa sabiduría casual que a veces sale de la boca de los niños sin que ellos mismos entiendan del todo su propio peso.
Daniel se quedó mirando a su hijo un momento, sintiendo algo apretarse en el pecho, no de tristeza esta vez, sino de una gratitud tan grande que casi dolía.
Los meses siguientes trajeron una nueva normalidad a la casa de los Cross.
Daniel contrató a una nueva niñera, esta vez con referencias verificadas tres veces, entrevistada por su propia hermana y por un investigador privado, una precaución que quizás rozaba la paranoia, pero que Daniel consideraba necesaria después de todo lo que había pasado.
Empezó terapia.
No solo para Noah, aunque el niño la necesitaba y la aprovechaba con una apertura que sorprendía a su propia psicóloga.
Daniel también empezó a ir, algo que jamás había considerado antes, convencido, como muchos hombres de su generación, de que la fortaleza significaba resolver todo solo.
—El problema no fue no darme cuenta de lo de Vanessa —le dijo a su terapeuta en una de las primeras sesiones—. El problema es que llevaba dos años tan ocupado en no sentir el dolor de perder a Elena que dejé de prestar atención a todo lo demás. Incluyendo a mi propio hijo.
Con el tiempo, ese reconocimiento se convirtió en cambio.
Daniel empezó a llegar más temprano del trabajo.
Empezó a asistir a las funciones escolares de Noah, no solo a las obligatorias, sino también a las pequeñas, las que antes delegaba en niñeras: la feria de ciencias, el partido de fútbol de los sábados, la función de música donde Noah tocaba, sin mucho talento pero con mucho entusiasmo, un xilófono desafinado.
Los girasoles crecieron, tal como Daniel había prometido.
Para diciembre, ya asomaban sus primeros brotes verdes sobre la tierra oscura del jardín.
Para febrero, ya eran tallos firmes, todavía sin flores, pero orgullosos, apuntando hacia el cielo.
—¿Cuándo van a florecer? —preguntaba Noah casi cada semana, revisando el jardín con la impaciencia propia de su edad.
—Cuando estén listos —respondía Daniel siempre, con paciencia—. No se puede apurar algo así.
Una tarde de abril, Noah llegó corriendo del jardín, gritando el nombre de su padre con una emoción que Daniel no escuchaba desde antes de la muerte de Elena.
—¡Daddy! ¡Ven a ver!
Daniel salió corriendo, temiendo por un instante que algo malo hubiera pasado, el reflejo de meses de alerta constante todavía instalado en su cuerpo.
Pero no era nada malo.
Era todo lo contrario.
El primer girasol había florecido.
Grande, amarillo, brillante bajo el sol de la tarde, con la cara del pétalo orientada exactamente hacia el sur, hacia donde el sol pasaría el resto del día.
Noah se quedó parado frente a la flor, sin decir nada por un largo momento.
—Mamá tenía razón —dijo finalmente—. Siempre miran hacia la luz.
Daniel puso una mano sobre el hombro de su hijo, sintiendo que algo, después de meses, finalmente empezaba a sanar de verdad.
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—Siempre —confirmó—. Pase lo que pase, siempre encuentran la manera de mirar hacia la luz.
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