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La Niña del Trapeador Azul / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - La Sonrisa de Hielo

La habitación de Camila estaba en el segundo piso, al final del pasillo, la más pequeña de toda la casa.

No siempre había sido así.

Antes, cuando su madre vivía, esa había sido solo "el cuarto de huéspedes que nunca se usaba".

Camila tenía entonces la habitación grande, la de las ventanas que daban al jardín, la que ahora Silvana había convertido en su "sala de vestir personal".

Nadie le había preguntado a Camila si le parecía bien el cambio.

Un día, simplemente, sus cosas ya estaban en cajas apiladas frente a la puerta del cuarto pequeño.

Se sentó en el borde de la cama esa noche, todavía con el uniforme puesto, escuchando los ecos lejanos de la discusión que continuaba abajo.

Las paredes de la mansión eran gruesas, pero no lo suficiente.

Podía distinguir el tono de la voz de su padre —grave, cortante— y el de Silvana —suave, medido, como quien recita líneas que ha ensayado toda su vida.

Se preguntó, no por primera vez, cómo era posible que dos personas discutieran de forma tan distinta.

Su padre gritaba con todo el cuerpo.

Silvana peleaba con la boca cerrada casi todo el tiempo, dejando que el silencio hiciera el trabajo sucio.

Camila había aprendido a leer esos silencios como quien lee un idioma extranjero.

Sabía, por ejemplo, que cuando Silvana decía "como tú quieras, cariño" con esa sonrisa medio torcida, en realidad significaba lo contrario.

Sabía que cuando le pedía "un favorcito" a Camila —lavar los platos, doblar la ropa, limpiar el polvo de las repisas del salón— en realidad era una orden disfrazada, y que negarse tenía consecuencias que nunca ocurrían frente a su padre.

La primera vez había sido apenas dos semanas después de la boda.

Rafael había viajado por trabajo, solo tres días.

Silvana había entrado a la habitación de Camila sin tocar la puerta, algo que Camila todavía no lograba acostumbrarse a que hiciera.

—Tu cuarto es un desastre —había dicho, mirando alrededor con una expresión de asco fingido—. En esta casa, todos colaboran. ¿O acaso crees que eres una princesa?

Camila había intentado explicar que ya había ordenado sus cosas esa mañana, que la ropa en la silla era porque estaba decidiendo qué ponerse para el colegio.

Silvana no la había dejado terminar.

—No me interesan tus excusas. Empieza por la cocina. Después seguimos con el resto de la casa.

Y así había comenzado.

Al principio, pequeñas tareas.

Después, tareas más grandes.

Después, tareas que claramente correspondían a Rosa, la empleada doméstica que trabajaba en la casa desde antes de que Camila naciera.

Rosa, que quería a Camila casi como si fuera de su propia sangre, había intentado protegerla al principio, haciendo las tareas ella misma antes de que Silvana pudiera asignárselas a la niña.

Pero Silvana no era tonta.

Había empezado a inventar excusas para mandar a Rosa a hacer mandados fuera de la casa —ir al mercado, recoger la tintorería, llevar cartas al correo— precisamente en los momentos en que sabía que Camila estaría sola en casa después del colegio.

Camila entendió, con el tiempo, que aquello no era casualidad.

Era estrategia.

Esa noche, sentada en el borde de la cama, Camila escuchó que las voces abajo por fin bajaban de intensidad.

Una puerta se cerró con fuerza —la de la habitación de su padre, seguramente—.

Después, silencio.

El silencio de la noche.

Camila se cambió el uniforme por un pijama y se metió bajo las sábanas, pero no logró dormir de inmediato.

Su mente daba vueltas alrededor de la misma pregunta que se hacía casi todas las noches: ¿por qué su padre no veía lo que ella veía?

¿Cómo era posible que un hombre tan inteligente, tan exitoso en su trabajo, no lograra notar que la mujer con la que se había casado hacía apenas ocho meses trataba a su hija como si fuera una sirvienta cuando él no estaba mirando?

La respuesta, aunque Camila todavía no tenía las palabras exactas para formularla a los once años, tenía que ver con algo que había escuchado una vez en la televisión, en un programa que Rosa veía mientras planchaba: "el amor ciego no es el que no ve, es el que elige no mirar."

Su padre amaba a Silvana.

O tal vez amaba la idea de no estar solo, de tener a alguien en la cama grande que antes compartía con su esposa, de escuchar risas en la casa en lugar del silencio pesado que había reinado después de la muerte de su madre.

Camila no sabía distinguir bien esas cosas.

Solo sabía que, fuera lo que fuera lo que su padre sentía, ese sentimiento actuaba como una venda sobre sus ojos.

Y Silvana, con la paciencia de un ajedrecista experto, aprovechaba cada rincón de esa ceguera.

A la mañana siguiente, Camila bajó a desayunar antes de ir al colegio.

La mesa del comedor —larga, de madera oscura, con espacio para doce personas aunque en esa casa nunca hubiera más de tres sentados a la vez— estaba puesta con la vajilla fina.

Su padre ya se había ido a la oficina, algo que Camila descubrió al ver la taza de café a medio terminar en su lugar habitual.

Silvana estaba sentada al otro extremo de la mesa, leyendo algo en su teléfono, todavía en bata, con el cabello recogido en un moño perfecto a pesar de ser apenas las siete de la mañana.

—Buenos días —dijo Camila, con la voz pequeña que reservaba para las mañanas en que estaban solas.

Silvana levantó la vista apenas un segundo.

—Hay cereal en la alacena. Sírvete tú misma.

Camila asintió y caminó hacia la cocina.

Mientras se servía el cereal, escuchó los pasos de Silvana acercándose.

—Por cierto —dijo Silvana, apoyándose en el marco de la puerta de la cocina, con un tono que fingía casualidad—. Anoche me hiciste quedar como una villana frente a tu padre.

Camila se quedó inmóvil, la cuchara suspendida a medio camino entre el tazón y su boca.

—Yo no dije nada —murmuró.

—Exacto —dijo Silvana, esbozando esa sonrisa a medias, la de hielo, la que nunca llegaba a los ojos—. No dijiste nada. Dejaste que tu padre sacara sus propias conclusiones equivocadas. Eso es peor, ¿sabes? La mentira por omisión.

Camila bajó la mirada hacia el tazón de cereal.

—Lo siento —dijo, aunque no entendía bien de qué se estaba disculpando.

—No me pidas disculpas a mí —dijo Silvana, enderezándose—. Solo recuerda: en esta casa, lo que pasa entre nosotras, se queda entre nosotras. Tu padre tiene suficiente estrés con el trabajo como para que lo carguemos con dramas de niñas.

Camila asintió de nuevo, sintiendo un nudo formándose en la garganta.

—Y por cierto —añadió Silvana, ya caminando de regreso hacia el comedor—, hoy que llegues del colegio, necesito que organices el clóset de invitados. Llegó ropa nueva y necesito espacio.

—Tengo tarea —dijo Camila, casi en un susurro, sin mucha esperanza de que la excusa funcionara.

—Entonces hazlo rápido —respondió Silvana, sin siquiera girarse—. No es tan difícil, ¿o sí?

Camila terminó su cereal en silencio, masticando despacio, tragando junto con la comida algo que se sentía como piedras.

Cuando llegó la hora de irse al colegio, tomó su mochila y caminó hacia la puerta principal.

En el vestíbulo, pasó frente al gran espejo dorado que colgaba junto a las escaleras.

Se detuvo un segundo a mirar su reflejo: una niña pequeña, de cabello oscuro recogido en una cola de caballo, ojos color café que se parecían mucho a los de la mujer del dibujo doblado que guardaba en el bolsillo de su mochila.

Se preguntó, mirándose, si su madre la reconocería si la viera ahora.

Si notaría el cansancio en sus hombros, un cansancio que ninguna niña de once años debería cargar.

Afuera, el auto escolar tocó la bocina.

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Camila se ajustó la mochila y salió corriendo, dejando atrás, por unas horas al menos, las paredes de esa casa que cada día se sentía menos como un hogar y más como una jaula dorada.

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