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LA TOGA AZUL / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - Amara, en su Habitación

Amara se quitó la toga azul y la colgó cuidadosamente en la puerta de su armario, alisando las arrugas con las manos antes de sentarse en el borde de su cama, todavía con el birrete y el ramo de flores sobre el regazo.

Escuchó, a través de las paredes delgadas de la casa, fragmentos apagados de la conversación entre su padre y Renee en la sala de abajo. No podía distinguir las palabras exactas, solo el tono: grave, cansado, cargado de una tensión que se filtraba incluso a través del yeso y la madera.

Sacó su teléfono y revisó las fotos que había tomado esa tarde en la ceremonia: ella con su birrete lanzado al aire junto a sus compañeros de clase, ella recibiendo su diploma de manos del director, ella sonriendo junto a su mejor amiga, Destiny, ambas con los brazos entrelazados frente al cartel de la Clase de 2025.

En ninguna de esas fotos aparecía Renee.

Amara notó ese detalle con una punzada extraña, una mezcla de satisfacción y tristeza que no esperaba sentir. Satisfacción porque, de alguna manera, ese día había sido, finalmente, completamente suyo, sin la sombra silenciosa de las manipulaciones de su madrastra opacando el momento. Tristeza porque, en un mundo ideal, esa ausencia no debería haber sido necesaria para que el día se sintiera genuinamente feliz.

Recibió un mensaje de texto de Destiny: ¿Todo bien? Te vi salir corriendo con tu papá antes de la ceremonia.

Amara consideró cómo responder, sopesando cuánto de la verdad quería compartir incluso con su mejor amiga.

Larga historia, escribió finalmente. Te cuento mañana.

Se recostó en la cama, mirando el techo, pensando en las palabras exactas que Renee había dicho en la sala esa tarde: Porque sabía que elegirías a ella.

Esa frase se repetía en su mente una y otra vez, no porque la sorprendiera —de alguna manera, siempre había sospechado que existía una tensión no resuelta entre Renee y ella, aunque nunca la había visto expresada con tanta claridad—, sino porque revelaba algo que Amara nunca había considerado del todo: que, para Renee, el amor de Donell hacia ella no era simplemente amor de padre, sino una especie de recurso limitado, algo que, si Amara recibía demasiado, dejaba a Renee con menos.

Amara nunca había pensado en el amor de esa manera. Para ella, el amor de su padre siempre había sido, simplemente, una constante, algo que no se dividía ni se restaba, sino que se expandía naturalmente para incluir a cada persona nueva que entraba en sus vidas.

Se preguntó si alguna vez Renee llegaría a entenderlo de la misma manera.

Un toque suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—¿Puedo pasar? —preguntó la voz de su padre desde el otro lado.

—Sí —dijo Amara, incorporándose en la cama.

Donell entró y se sentó junto a ella, el colchón hundiéndose levemente bajo su peso, en un gesto que le recordó a Amara, sin saberlo, la misma escena que había ocurrido un año atrás en otra casa, con otra familia, aunque ella nunca llegaría a conocer esa historia paralela.

—¿Cómo estás? —preguntó Donell.

—Cansada —dijo Amara, honestamente—. Y un poco confundida sobre cómo debería sentirme.

—¿Confundida por qué?

—Porque hoy debería haber sido el mejor día de mi vida —dijo Amara—. Y en parte lo fue. Pero también tuvo que pasar todo esto para que tú finalmente entendieras lo que ha estado pasando en esta casa.

Donell asintió, sintiendo el peso completo de esa verdad.

—Lo siento —dijo—. Debí haber prestado más atención antes. Debí haber preguntado más, cuestionado más, en lugar de simplemente confiar sin verificar.

—No es tu culpa —dijo Amara—. Es de ella. Pero sí necesito que ahora, que ya lo sabes, hagas algo diferente.

—Lo voy a hacer —dijo Donell—. Te lo prometo.

Se quedaron sentados en silencio un momento, la luz de la lámpara de noche proyectando sombras suaves sobre las paredes de la habitación.

—Estoy orgulloso de ti —dijo finalmente Donell—. De la joven en la que te has convertido. A pesar de todo lo que has tenido que enfrentar sola, sin que yo lo supiera.

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Amara sintió que las lágrimas, contenidas durante toda la tarde, finalmente empezaban a caer, no de tristeza exactamente, sino de un alivio profundo, el tipo de alivio que solo llega cuando, después de mucho tiempo cargando algo en silencio, finalmente alguien más reconoce el peso completo de lo que se ha estado cargando.

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