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Chapter 4 - El Sedán Negro y la Grava

Las luces delanteras de un sedán clásico cortaron la negrura de la entrada de vehículos con dos haces blancos y cegadores.

El motor rugió con un ronroneo metálico, pesado, antes de apagarse de golpe.

La puerta del conductor se abrió con un chirrido de bisagras mal engrasadas.

Un hombre joven, de hombros anchos y mandíbula dura, descendió al pavimento.

Su abrigo oscuro ondeaba ligeramente impulsado por el viento helado de la madrugada.

Llevaba una camisa gris de cuello abierto, sin corbata, con las mangas ligeramente remangadas.

Sus ojos oscuros no miraron hacia el cielo ni hacia el horizonte.

Se fijaron inmediatamente en la puerta principal de la casa.

Cerró la portezuela del auto con la fuerza suficiente para hacer saltar la gravilla del camino.

Clac.

Sus zapatos de cuero negro golpearon el suelo con una cadencia furiosa, implacable.

Cada paso medido acortaba la distancia hacia el porche donde yacía el bulto beis.

Pasó junto a una maceta vacía, pateándola sin querer.

El barro seco se desparramó por el suelo sin que él se dignara a mirar hacia abajo.

La tensión en su cuello estiraba la piel bajo su barbilla, formando una línea de puro hierro.

Al llegar al escalón inferior, sus ojos captaron el pequeño cuerpo temblando junto a la puerta de malla.

Se detuvo una fracción de segundo.

El aire salió de sus pulmones en una exhalación blanca por el frío.

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Su mano derecha se cerró en un puño tan apretado que los nudillos adquirieron el tono del marfil pulido.

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