Chapter 4 - LA LÓGICA DE LOS OSO ROTOS

Eleanor retrocedió hasta tocar con la espalda el frío cristal de la ventana que daba al patio interior del hospital.
Trató de recuperar la compostura, alisándose las solapas de la blusa con una dignidad falsa y quebradiza.
"Ella no hace caso, solo necesita disciplina", intentó replicar, con la voz ahogada por la repentina hostilidad del espacio.
Pero el padre ya no la escuchaba; sus ojos se habían desviado hacia el suelo, donde el osito de peluche había quedado abandonado bocarriba.
La oreja descosida del juguete parecía mirarlos a todos con una tristeza sorda y desproporcionada.
La lógica de los niños opera en un universo paralelo donde los objetos tienen sentimientos y los adultos son dioses caprichosos.
Si el oso se cae al suelo y nadie lo besa, la noche se queda adentro para siempre, pensaba la niña, apretando las sábanas blancas contra su cuello.
El suelo es malo porque se traga a los juguetes.
El padre se agachó con parsimonia, recogió el peluche polvoriento y lo sacudió con delicadeza antes de ponerlo sobre las piernas de su hija.
La pequeña estiró los dedos y acarició la oreja rota, buscando en el algodón viejo la seguridad que los adultos le habían arrebatado.
La enfermera dio un paso al frente, interponiéndose entre el hombre furioso y la mujer acorralada, marcando una frontera invisible.
"Voy a tener que pedirle que se retire, señora", indicó la enfermera con una firmeza helada, señalando con la barbilla hacia el pasillo.
Eleanor abrió la boca para protestar, pero el brillo en las pupilas del padre la detuvo en seco.
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Había una amenaza tan clara y silenciosa en esa mirada que cualquier palabra adicional habría equivalido a firmar su propia ruina.
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