Chapter 4 - LA LÓGICA DE LAS CERRADURAS ROTAS

El hombre permaneció de pie junto a la mesa, su pecho subiendo y bajando al compás de un fuelle desquiciado.
Sentía el frío de los eslabones de hierro presionando su propio muslo a través de la ropa.
Cada temblor involuntario de las piernas de la pequeña enviaba una sacudida metálica a su cadera.
"Papá", murmuró la voz ahogada en su cuello, "las cadenas son pesadas porque las cosas malas se hunden en el agua".
El padre clavó los ojos en el rostro inconsciente de la mujer, pero su mente descendió a un pozo negro de recuerdos inmediatos.
"Ella me dijo que si pesaba mucho, nadie podría levantarme para llevarme contigo", siguió la niña con una lógica aplastante y desprovista de rencor.
"Dijo que los niños que no obedecen tienen que quedarse pegados al suelo para que no vuelen".
El dolor físico de la golpiza no era nada comparado con las esquirlas de esas palabras incrustándose en su pecho.
El hombre deslizó su mano enguantada por la espalda de su hija, acariciando los huesos frágiles de su columna.
"Ya no estás pegada al suelo, mi vida", contestó con un tono ronco, raspado por la furia que le quemaba las cuerdas vocales.
"El suelo se queda aquí; nosotros nos vamos".
Miró a su alrededor: la cristalería opulenta, los cuadros con marcos de pan de oro, el terciopelo de las cortinas.
Toda aquella riqueza urbana no era más que un vertedero decorado para torturar lo único puro que le quedaba en el mundo.
Dio un paso hacia la salida destrozada, pero el frío en su muñeca derecha le recordó un detalle inconcluso.
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Un pulso rítmico vibraba contra su piel, justo debajo del puño de su abrigo negro.
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