Chapter 4 - Manos limpias

El baño de arriba tiene una bañera blanca con patas de hierro forjado, un capricho de Diana de cuando remodelaron la casa.
Daniel sienta a Mia en el borde, con cuidado, mientras abre el grifo y espera a que el agua salga tibia.
—Vamos a quitarte esto, cariño.
Su voz suena distinta ahora.
Suave, deliberadamente suave, como si al hablarle así pudiera reparar algo de lo que acaba de pasar abajo.
Mia sigue con hipidos pequeños, cada vez más espaciados, mirando a su padre con los ojos hinchados y enrojecidos.
Tiene la salsa metida entre los dedos de las manos, en las uñas, en los pliegues del cuello.
Daniel moja una esponja suave y empieza por la frente, con movimientos lentos, casi ceremoniales.
Sam se queda parado en la puerta del baño, sin atreverse a entrar del todo, como si el espacio pequeño solo tuviera lugar para el dolor de su hermana y no para el suyo propio.
—Papá.
—Dime.
—¿La abuela se va a ir?
Daniel deja de frotar por un segundo.
Mira a su hijo a través del reflejo del espejo del baño.
—Sí.
—¿Para siempre?
—No lo sé todavía.
Es la primera vez en el día que Daniel le dice la verdad completa a su hijo: no lo sé.
Sam asiente, como si esa respuesta, aunque incierta, fuera más fácil de cargar que una mentira tranquilizadora.
—Yo no quiero que vuelva a cocinar —dice el niño, con una seriedad que no le corresponde a sus seis años—. Nunca más.
—No va a volver a cocinar en esta casa.
La promesa sale firme, sin dudas, y Sam parece relajar un poco los hombros al escucharla.
Mia, en la bañera improvisada del borde, empieza a jugar con el agua tibia que le cae sobre las manos, ajena por un momento al peso de la conversación que sucede sobre su cabeza.
Los niños, a veces, tienen esa capacidad extraña de moverse hacia adelante mientras los adultos siguen atrapados en el instante anterior.
Daniel le lava el cabello con champú de manzanilla, el mismo que había olido esta mañana antes de irse, cuando todavía creía que el día iba a ser normal.
El agua que corre por el desagüe sale rosada al principio, después transparente.
Como si estuviera lavando algo más que salsa de tomate.
—Duele un poco —dice Mia, señalándose un ojo enrojecido.
—Ya sé, mi amor. Ya casi termino.
—¿La abuela mala?
La pregunta llega sin rodeos, con esa claridad brutal que solo tienen los niños pequeños, que todavía no han aprendido a suavizar las palabras para hacerlas menos dolorosas.
Daniel no sabe qué responder.
No quiere sembrar en su hija el mismo tipo de resentimiento que él mismo ha cargado durante años sin nombrarlo del todo.
Pero tampoco quiere mentirle.
—La abuela hizo algo que no estuvo bien —dice, eligiendo cada palabra con cuidado—. Y por eso no va a quedarse aquí.
—¿Yo hice algo malo?
—No. Tú no hiciste nada malo. Nunca.
Mia parece conformarse con esa respuesta y vuelve a chapotear en el agua, como si la conversación ya hubiera terminado para ella.
Los niños perdonan rápido, o quizás simplemente entienden rápido que el peso de ciertas cosas no les corresponde cargarlo.
Daniel envuelve a su hija en una toalla suave color crema y la levanta en brazos.
Está limpia ahora, pero él sabe que la limpieza de la piel es la parte fácil.
—Voy a llevarla a su cuarto para cambiarla —le dice a Sam—. ¿Puedes quedarte aquí un minuto? Necesito que vayas abajo y me digas si la abuela sigue en la cocina. Sin acercarte a ella. Solo mira desde la puerta.
Es una tarea pequeña, casi simbólica, pero Daniel sabe que darle a su hijo un rol, algo que hacer con las manos y con el cuerpo, es mejor que dejarlo solo con sus pensamientos.
Sam asiente, orgulloso de la misión, y baja las escaleras con pasos rápidos pero cautelosos.
Al llegar a la cocina, se asoma desde el marco de la puerta, sin entrar.
Eleanor sigue de pie junto a la ventana, exactamente donde su hijo le dijo que se quedara, con los brazos cruzados y la mejilla todavía marcada de un tono rosado que ya empieza a desvanecerse.
No mira hacia la puerta.
Mira hacia el jardín, hacia algún punto lejano que solo ella puede ver, con una expresión que Sam no sabe leer todavía: algo entre la rabia y la vergüenza, algo que los adultos guardan en capas que los niños no siempre pueden descifrar.
Sam vuelve a subir corriendo.
—Sigue ahí. No se movió.
—Bien. Gracias, campeón.
Daniel termina de vestir a Mia con un pijama limpio, aunque todavía es media mañana, porque necesita ver a su hija en algo que no tenga ni un rastro del desastre de la cocina.
La acuesta en su cuna con su peluche favorito, un conejo gris con una oreja cosida a mano por Diana hace dos años.
—Descansa un poco, mi amor.
Mia, agotada por el llanto, cierra los ojos casi de inmediato, aferrada al conejo, con pequeños suspiros entrecortados que poco a poco se van calmando hasta convertirse en la respiración pareja del sueño.
Daniel se queda mirándola un momento desde la puerta del cuarto.
Piensa en Diana.
Piensa en lo que ella habría hecho si hubiera estado en esta casa esta mañana.
Piensa que, en algún sentido, ha fallado, porque dejó a sus hijos en manos de alguien en quien ya no confiaba del todo, solo porque era más fácil no cuestionar a su propia madre.
Aprieta los puños.
Y baja las escaleras con una decisión ya tomada, aunque todavía no sabe exactamente cómo va a ejecutarla.
Sam lo sigue de cerca, como una sombra pequeña y leal.
—Papá, ¿puedo quedarme contigo?
—Sí. Pero te quedas detrás de mí, ¿de acuerdo? Pase lo que pase.
—De acuerdo.
Al llegar al primer piso, Daniel se detiene un instante frente al armario del pasillo.
Abre la puerta y saca una maleta plateada, la misma que usa su madre cada vez que viene a quedarse unos días.
La lleva hacia la entrada de la casa y la deja junto a la puerta principal, sin decir una palabra todavía, como quien coloca la primera pieza de un plan que apenas empieza a tomar forma.
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Sam observa la maleta en el suelo del recibidor y entiende, sin que nadie se lo explique, que algo irreversible está a punto de suceder en esta casa antes de que caiga la noche.
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