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El Tazón de Porcelana / Chapter 9 / 10

Chapter 9 - El refugio de animales

El refugio de animales huele a una mezcla extraña de desinfectante y pelo mojado, un olor que a la mayoría de los adultos les resultaría desagradable pero que a Emma le parece fascinante, sus ojos abriéndose enormes ante cada jaula que pasan.

—Mira ese, Daddy —dice, señalando un cachorro de pelaje enredado que salta contra los barrotes de su jaula, ladrando con entusiasmo desmedido—. ¡Es tan lindo!

Marco se agacha junto a ella, leyendo la pequeña placa junto a la jaula.

—Se llama Max. Tiene ocho meses. Dice que es una mezcla de labrador.

—Max —repite Emma, probando el nombre en su boca como si fuera un dulce—. Me gusta.

Un empleado del refugio se acerca, sonriendo al ver el interés genuino de la pequeña.

—¿Te gustaría conocerlo en persona? —pregunta—. Podemos llevarlo al área de juegos para que pases tiempo con él.

Emma mira a su padre, sus ojos brillando con una esperanza que hace apenas semanas hubiera sido imposible de imaginar en su rostro.

—¿Podemos, Daddy?

—Por supuesto, mi amor.

En el área de juegos —un pequeño patio cercado con césped artificial y algunos juguetes de goma desperdigados—, el empleado suelta a Max de su correa, y el cachorro corre inmediatamente hacia Emma, saltando alrededor de sus piernas con una energía incontenible.

Emma ríe, un sonido claro y genuino que hace que Marco sienta que el pecho se le llena de algo cálido y necesario, un sonido que durante semanas después del incidente había sido tan escaso que cada risa se sentía como un pequeño milagro.

—¡Le gusto! —grita Emma, mientras Max le lame la mano con entusiasmo canino.

—Le encantas —confirma el empleado, sonriendo—. Los perros siempre saben quién tiene buen corazón.

Emma se sienta en el césped artificial, dejando que Max se acurruque contra ella, su pequeña mano acariciando el pelaje enredado del cachorro con una ternura que contrasta dolorosamente con la crueldad que ella misma sufrió hace apenas unas semanas.

—Daddy —dice, sin levantar la vista del perro—, cuando tengamos a Max en casa, ¿puedo darle de comer yo misma? ¿En su propio tazón?

—Por supuesto, mi amor. Ese será tu trabajo especial, si quieres.

—Y yo voy a tener mi propio tazón también —dice Emma, con una firmeza que sorprende a Marco—. Uno diferente al de Max. Uno bonito, con flores, como el que tenía en la casa de mamá Claire.

Marco siente que se le hace un nudo en la garganta al escuchar la mención de Claire, la primera vez que Emma ha hablado de su madre biológica en semanas, desde que todo el trauma reciente pareció ocupar todo el espacio emocional disponible en su pequeño corazón.

—Sí, mi amor —dice, con la voz suave—. Vas a tener tu propio tazón, bonito, con flores. Y nadie, nunca más, te va a quitar eso.

Emma finalmente levanta la vista, mirando a su padre con una expresión seria que parece demasiado madura para sus cuatro años.

—Prometido, Daddy?

—Prometido, mi amor. Con el corazón.

Emma sonríe, satisfecha con esta promesa solemne, y vuelve su atención a Max, que ha decidido en ese momento que la mejor manera de expresar su afecto es lamiendo la cara entera de la niña, provocando una nueva ronda de risas incontrolables.

El empleado del refugio, observando la escena, se acerca a Marco con una sonrisa comprensiva.

—Parece que ya encontraron a su perro —dice.

—Eso parece —confirma Marco, sonriendo mientras observa a su hija reír sin ninguna sombra de miedo por primera vez en lo que se siente como una eternidad—. Nos lo llevamos.

Esa noche, en el apartamento temporal, Max explora cada rincón de su nuevo hogar con la curiosidad frenética típica de los cachorros, mientras Emma lo sigue de cerca, riendo cada vez que él se resbala sobre el piso de madera o se enreda con sus propias patas.

Rosa, que ha venido a ayudar con la transición del nuevo miembro de la familia, coloca dos tazones en la cocina: uno de metal simple para Max, y otro de cerámica blanca con pequeñas flores pintadas a mano para Emma, que Marco compró especialmente esa tarde en una tienda de artículos para el hogar, insistiendo en que fuera exactamente como Emma lo había descrito.

—Mira, mi amor —dice Marco, mostrándole el tazón floreado—. Este es solo tuyo. Nadie más lo va a usar.

Emma toma el tazón con ambas manos, examinándolo con una seriedad casi ceremonial, pasando los dedos sobre las flores pintadas como si estuviera memorizando cada pétalo.

—Es hermoso, Daddy —dice, con la voz llena de una emoción que va más allá de la simple gratitud por un objeto físico—. Gracias.

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Marco se agacha para abrazarla, sintiendo el peso de todo lo que han atravesado juntos concentrado en ese simple objeto de cerámica: un símbolo de que, finalmente, en esta nueva vida que están construyendo, Emma nunca más tendrá que cuestionar si merece algo tan básico como comer con dignidad.

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