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El vestíbulo dorado / Chapter 4 / 10

Chapter 4 - Luces rojas

Las luces cálidas del vestíbulo se apagaron todas al mismo tiempo.

Un segundo de oscuridad total, tan repentina que varios huéspedes soltaron exclamaciones de sorpresa, tropezando levemente en la negrura súbita.

Después, todo el espacio se llenó de rojo.

Un rojo intenso, de emergencia, proveniente de tiras de luces LED empotradas en el techo y en los zócalos de las paredes, un sistema que Evelyn misma había mandado instalar años atrás, después de un incidente de seguridad en otro de sus resorts, un sistema que solo se activaba con la autorización de la tarjeta que ahora sostenía en alto.

En la pantalla gigante detrás del mostrador de recepción, que normalmente mostraba imágenes relajantes de playas y atardeceres, apareció un mensaje en letras blancas sobre fondo negro:

FOUNDER OVERRIDE ACTIVADO.

Un murmullo de confusión recorrió el vestíbulo.

Las puertas giratorias, que hasta ese momento habían girado libremente con el flujo constante de huéspedes, se bloquearon con un chasquido mecánico audible, sellando la salida.

Del pasillo lateral, cuatro hombres uniformados de negro, con auriculares y la postura rígida de quienes han sido entrenados para reaccionar en segundos, no en minutos, salieron corriendo, formando un semicírculo protector alrededor de Evelyn.

—¿Madam Founder? —preguntó uno de ellos, el más cercano, con la voz cargada de una urgencia que rozaba el pánico profesional.

—Estoy bien —dijo Evelyn, aunque su mano subió, sin pensarlo, hacia el cuello, donde la cadena había dejado una línea roja visible sobre la piel.

El guardia siguió el movimiento de su mano y su expresión se endureció de inmediato.

—¿Quién hizo esto?

Evelyn no necesitó responder.

Todos los ojos del vestíbulo, incluidos los de los propios guardias de seguridad, ya se habían girado hacia Brittany, que seguía sentada en el suelo de mármol, ahora bañado en rojo, con el maquillaje empezando a correrse por las primeras lágrimas de pánico genuino.

—Yo... yo no sabía—

—¿No sabías qué? —la voz de Evelyn cortó el aire, ahora completamente distinta a la voz apagada con la que había entrado al vestíbulo apenas media hora antes. Era la voz de alguien acostumbrada a que salas enteras de directores ejecutivos guardaran silencio cuando ella hablaba—. ¿No sabías que arrastrar a alguien por el suelo con una cadena estaba mal? ¿O no sabías que esa persona era la dueña del lugar donde intentabas humillarla?

Brittany no contestó. No podía. Las palabras se le habían atascado en algún lugar entre la garganta y el pánico creciente que le subía por el pecho.

—Madam Founder —dijo otro de los guardias, extendiendo una mano para ayudarla a incorporarse del todo, aunque Evelyn ya estaba completamente de pie—. ¿Desea que la detengamos, o que llamemos a la policía?

Evelyn miró a su alrededor.

El vestíbulo entero, con sus columnas doradas y sus arañas de cristal ahora teñidas de un rojo alarmante, con los huéspedes que minutos antes grababan con curiosidad morbosa ahora paralizados, sin saber dónde mirar, dónde pararse, cómo reaccionar frente a la revelación que acababa de sacudir todas sus suposiciones.

—Todavía no —dijo Evelyn.

Se acercó un paso hacia Brittany, que se encogió instintivamente sobre el piso rojo.

—Primero, quiero que todos aquí entiendan algo.

Su voz se elevó, no en volumen, sino en peso, llenando cada rincón del vestíbulo con una autoridad que no necesitaba gritar para hacerse escuchar.

—Ustedes arrastraron a la dueña de este resort por el suelo de su propio vestíbulo. La estrangularon, literalmente, con una cadena robada de un carrito de servicio. Y ninguno de ustedes —barrió con la mirada a la multitud de huéspedes, todavía con los teléfonos en la mano— hizo absolutamente nada para detenerlo. Solo grabaron.

El silencio que siguió fue absoluto.

Ni un carraspeo. Ni el tintineo de una copa. Solo el zumbido bajo de las luces rojas de emergencia y la respiración entrecortada de Brittany, todavía tirada sobre el mármol.

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—Ahora —continuó Evelyn, con la voz todavía firme, todavía cortante— todos van a decir la verdad.

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