Chapter 4 - LA LÓGICA DEL CASTIGO

La voz del hombre sonó plana, carente de cualquier atisbo de emoción, como si recitara el pronóstico del tiempo en un día gris.
Emily forcejeó contra el muro que representaba su propio padre, golpeando su pecho con los puños cerrados.
Sus lágrimas salpicaron el suelo de la cocina, mezclándose con la suciedad que rodeaba los cuencos vacíos de los animales.
"¡Es un niño! ¡Lo tienen atado como a un perro!", chilló la madre, con la voz completamente rota por el llanto y la rabia.
El abuelo no se inmutó ante los golpes débiles de su hija; mantuvo su postura estática, protegiendo el radio de acción de la matriarca.
Diana, por su parte, aflojó ligeramente la tensión del eslabón, permitiendo que el niño tomara una bocanada de aire profundo y doloroso.
"Los animales aprenden a no morder la mano que los alimenta mediante el confinamiento", sentenció la abuela con tono pedagógico.
Su mirada se posó en el nieto con una fría repulsión, como quien observa una mancha de grasa imposible de remover en una camisa blanca.
El niño, acurrucado contra las faldas de su madre que acababa de alcanzarlo, escondió el rostro en el dobladillo de la blusa beis.
Sus pequeños hombros temblaban al compás de un sollozo silencioso que quemaba la tela de la ropa.
Si me pongo la cadena pequeña, la abuela pensará que soy invisible, pensaba el niño, apretando los ojos con fuerza contra la rodilla de Emily.
Los perros duermen en el suelo porque no tienen mamá para abrazarlos.
Las manitas del pequeño se cerraron alrededor de los dedos de su madre, buscando en el tacto humano la prueba de que todavía pertenecía al mundo de los vivos.
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Emily sintió el frío de los nudillos de su hijo y comprendió que el aire de aquella casa se había vuelto venenoso.
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