Chapter 1 - Globos de Colores

La casa olía a pastel de vainilla.
Globos rojos, naranjas, amarillos y azules colgaban en una esquina de la sala, atados con hilo plateado a un clavo que Marcus había puesto esa misma mañana, subido en una silla, silbando una canción que ya no recordaba de dónde había sacado.
—HAPPY BIRTHDAY —decían las letras de cartón dorado sobre la pared blanca.
El cumpleaños era de Jayden, el hijo menor. Cumplía seis años.
Nia, la hija mayor de Marcus, tenía nueve. No era su cumpleaños, pero llevaba puesto un vestido blanco nuevo de todos modos, uno que su padre le había comprado la semana anterior "solo porque sí", según le dijo, guiñándole un ojo en la tienda.
—¿Por qué me compraste esto si no es mi cumpleaños? —había preguntado Nia.
—Porque a veces uno regala cosas sin motivo —dijo Marcus—. Solo porque quiere ver a alguien feliz.
Nia se había mirado al espejo de la tienda durante un largo rato, girando despacio para ver cómo caía la tela.
Ese vestido, ahora, colgaba perfecto sobre sus hombros pequeños, con el cabello recogido en una cola de caballo que Vanessa —su madrastra— le había hecho esa mañana, tirando un poco más fuerte de lo necesario, aunque Nia no se había quejado.
—Quédate quieta —le había dicho Vanessa, con el cepillo en la mano.
—Sí, Vanessa.
Nunca la llamaba "mamá". Vanessa nunca se lo había pedido, y Nia nunca lo había ofrecido. Había un acuerdo tácito entre ellas, silencioso, cuidadoso, como quien camina sobre un piso que podría estar podrido por debajo aunque parezca firme.
La casa se llenaba de invitados. Primos, vecinos, compañeros de la escuela de Jayden con sus mamás cargando regalos envueltos en papel brillante. El otro hijo de Marcus y Vanessa, Malik, de siete años, corría entre las piernas de los adultos con una capa de superhéroe atada al cuello. La hija menor de la pareja, Zoe, de cinco años, con el cabello en rizos grandes y esponjados, perseguía a Malik con un vaso de jugo derramándose por el borde.
Nia se quedó cerca de la mesa de regalos, observando.
No porque nadie la incluyera —los primos la llamaban a jugar, las mamás le sonreían amablemente—, sino porque había algo en ella, una costumbre casi física, de mantenerse un paso atrás en las reuniones familiares. Un paso atrás de Malik. Un paso atrás de Zoe.
Marcus lo notó, como notaba siempre esas pequeñas distancias que su hija ponía entre ella y el resto de la casa.
—Ven aquí —le dijo, extendiendo la mano.
Nia caminó hacia él y se recostó contra su costado, sintiendo el olor familiar de su loción para después de afeitar, un olor que asociaba con seguridad desde que tenía memoria.
—¿Te estás divirtiendo? —preguntó Marcus.
—Sí, papá.
—¿Segura?
—Segura.
Marcus la miró un momento más de lo necesario, como si buscara algo debajo de esa respuesta corta, pero no insistió. Los niños, a veces, decían "sí" simplemente porque era más fácil que explicar el peso exacto de un "no sé".
Vanessa se acercó entonces, con una copa de champán en la mano, sonriendo a los invitados que pasaban cerca.
—Vamos a hacer la foto familiar antes de que empiece el pastel —anunció, con esa voz clara y organizada que usaba para dar instrucciones en las fiestas—. Todos frente a la pared blanca, por favor.
Los invitados se apartaron, formando un pasillo improvisado hacia la pared decorada con los globos y el cartel de HAPPY BIRTHDAY.
Marcus tomó la mano de Nia.
—Vamos, princesa.
Caminaron juntos hacia la pared, donde Malik y Zoe ya se acomodaban en la primera fila, empujándose juguetonamente por el mejor lugar.
Nadie en ese momento —ni Marcus, ni Nia, ni siquiera Vanessa, que sonreía organizando a todos con la eficiencia práctica de quien ha planeado esa fiesta durante semanas— podía prever que los siguientes tres minutos cambiarían, de una manera silenciosa pero irreversible, la forma en que esa familia se entendería a sí misma para siempre.
El fotógrafo, un amigo de Vanessa contratado para el evento, levantó la cámara.
—Listos —dijo—. En tres, dos...
Fue justo en ese instante, con el contador a medio camino, que Vanessa bajó la mirada hacia Nia, parada entre Malik y Zoe, con su vestido blanco impecable y su cola de caballo perfecta.
Algo cruzó por el rostro de Vanessa.
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Algo que Marcus, de pie al otro lado, no alcanzó a ver todavía, pero que Nia, mirando hacia arriba desde su altura pequeña, captó con esa precisión particular que solo tienen los niños para detectar cuando algo, en el ambiente, ha empezado a torcerse.
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