Chapter 6 - Lo que Vio Nia

Nia no durmió bien esa noche.
Se quedó despierta, mirando las sombras que las luces de la calle proyectaban en el techo de su habitación, repitiendo en su mente, una y otra vez, la escena de la sala.
Solo quiero una foto de nuestra familia.
Pensó en su madre, Simone, de quien apenas recordaba fragmentos: el olor de su perfume, una canción de cuna que tarareaba en las noches, la sensación de sus dedos peinándole el cabello antes de dormir. Recuerdos que, con el paso de los años, se habían vuelto más difusos, más frágiles, como fotografías viejas que empiezan a perder color.
A veces Nia se preguntaba si su madre, si hubiera vivido, alguna vez la habría mirado como Vanessa la había mirado esa tarde.
La respuesta que su mente infantil construía siempre era la misma: no.
Su madre nunca la habría pedido hacerse a un lado.
Al día siguiente, Nia bajó a desayunar con el rostro todavía cargado del cansancio de una noche mal dormida. Vanessa estaba en la cocina, preparando huevos revueltos, y cuando vio a Nia entrar, se quedó quieta un momento antes de hablar.
—Buenos días —dijo Vanessa, con una voz cuidadosa, distinta a la voz organizadora y firme del día anterior.
—Buenos días —respondió Nia, sentándose a la mesa sin mirarla directamente.
Vanessa sirvió un plato de huevos y lo puso frente a Nia, junto con dos rebanadas de pan tostado, exactamente como a Nia le gustaba, con la mantequilla derretida hasta los bordes.
—Nia —dijo Vanessa, sentándose frente a ella—. Quiero hablar contigo sobre ayer.
Nia levantó la vista, con una expresión cautelosa que ningún niño de nueve años debería tener que practicar frente a un adulto de su propia casa.
—Lo que dije ayer estuvo mal —continuó Vanessa—. Muy mal. Y quiero que sepas que no fue tu culpa. Nada de lo que pasó fue tu culpa.
Nia no respondió de inmediato.
—¿Entonces por qué lo dijiste? —preguntó finalmente, con esa lógica infantil que corta directo al centro de las cosas, sin los rodeos que los adultos usan para suavizar preguntas incómodas.
Vanessa se quedó callada, buscando una respuesta que fuera honesta sin ser demasiado dañina para una niña de nueve años.
—A veces los adultos también tenemos miedo —dijo finalmente—. Y cuando tenemos miedo, decimos cosas que lastiman a otras personas, aunque no sea nuestra intención.
—¿Miedo de qué? —preguntó Nia.
—De no ser suficiente —dijo Vanessa, la voz quebrándose levemente—. De que tu papá te quiera más a ti que a mí, o a Malik, o a Zoe. Es una tontería, lo sé. Pero a veces las tonterías se sienten muy grandes por dentro.
Nia consideró esa respuesta con la seriedad particular de un niño procesando una verdad adulta compleja.
—Mi papá me quiere a mí de una forma —dijo finalmente, con una sabiduría que sorprendió a Vanessa—. Y te quiere a ti de otra forma. Y quiere a Malik y a Zoe de otra forma distinta también. No es que quiera más a uno que a otro. Es que quiere de formas diferentes, porque somos personas diferentes.
Vanessa se quedó mirando a la niña frente a ella, sintiendo algo parecido a la vergüenza mezclarse con una admiración inesperada.
—¿Quién te enseñó eso? —preguntó, casi en un susurro.
—Nadie —dijo Nia, encogiéndose de hombros—. Solo lo pienso a veces, cuando no puedo dormir.
Vanessa extendió la mano por encima de la mesa, dudando un momento antes de tocar la mano pequeña de Nia.
—¿Puedo intentar hacerlo mejor? —preguntó—. No te prometo que voy a ser perfecta. Pero quiero intentarlo de verdad esta vez.
Nia miró la mano de Vanessa sobre la suya, sintiendo una mezcla complicada de emociones que no tenía el vocabulario todavía para nombrar del todo: desconfianza, esperanza, cansancio, y algo parecido, aunque tímido, a las ganas de creer.
—Está bien —dijo finalmente Nia—. Pero si vuelves a pedirme que me haga a un lado, se lo voy a decir a mi papá.
—Me parece justo —dijo Vanessa, con una sonrisa pequeña, la primera sonrisa genuina que Nia le había visto en mucho tiempo—. Me parece completamente justo.
Terminaron el desayuno en un silencio distinto al de la noche anterior, un silencio que, sin ser todavía cómodo del todo, ya no cargaba el mismo peso asfixiante.
May you like
Era, tal vez, el primer paso pequeño de un camino mucho más largo.
---