Chapter 4 - El camino que se sintió demasiado largo

El auto arranca antes de que Claire termine de cerrar la puerta del copiloto.
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Marcus conduce con las dos manos apretadas sobre el volante, los nudillos pálidos, la mandíbula tensa como si estuviera masticando algo que no puede tragar.
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—Más despacio —dice Claire, sujetándose del borde de la puerta cuando el auto toma la esquina con más velocidad de la necesaria—. Si nos pasa algo a nosotros no le va a servir de nada a Noah.
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Marcus no responde, pero levanta el pie del acelerador, apenas, lo suficiente para que Claire deje de sujetarse con tanta fuerza.
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El silencio dentro del auto es distinto al silencio de la sala de estar hace diez minutos.
Ese era un silencio de rutina, de mañana tranquila.
Este es un silencio lleno, denso, con todas las palabras que ninguno de los dos se atreve a decir todavía en voz alta.
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—¿Crees que le duele mucho? —pregunta Claire, finalmente, mirando por la ventana sin ver realmente el paisaje que pasa.
—No lo sé.
—Ethan dijo que le quedó una marca roja.
—Lo sé, Claire. Leí el mismo mensaje que tú.
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Su voz sale más cortante de lo que pretendía, y Marcus lo nota, respira hondo, intenta suavizarla.
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—Perdón. No estoy enojado contigo.
—Lo sé.
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Pasan un semáforo en amarillo que ya casi era rojo.
Claire no dice nada esta vez.
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—¿Recuerdas —dice ella, después de un momento— cuando Noah tenía cuatro años y se cayó de la bicicleta frente a la casa de los vecinos?
—Sí.
—Corrí tan rápido que se me rompió una sandalia a mitad de camino y seguí corriendo descalza.
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Marcus esboza algo que casi podría ser una sonrisa, pero que se apaga casi tan rápido como apareció.
—Esto se siente igual. Solo que esta vez no puedo correr más rápido que el auto.
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Claire pone una mano sobre la de él, todavía aferrada al volante, y por un segundo, en medio de toda la urgencia, hay algo tierno en ese gesto — dos padres, unidos por el mismo miedo exacto, avanzando hacia el mismo lugar exacto.
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—Vamos a llegar. Vamos a arreglar esto.
—¿Y si la maestra dice que exageramos? ¿Que fue solo una advertencia?
—Entonces vamos a ver la marca en su brazo. Los golpes no mienten, Marcus.
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Frente a ellos, dos cuadras más adelante, ya se puede ver el edificio de ladrillo rojo del colegio, con su bandera ondeando despacio en el asta del patio principal.
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Marcus acelera de nuevo, apenas, lo suficiente para llegar antes al semáforo siguiente.
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—Cuando lleguemos —dice Claire, con la voz ahora firme, calculada, la voz de alguien que ya decidió cómo va a manejar los próximos veinte minutos—, tú vas directo a buscar a Noah. Yo voy a la dirección a pedir que llamen a la maestra.
No quiero gritos frente a los niños. Quiero respuestas.
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—Yo quiero que esa mujer nunca más vuelva a tocar a un niño en su vida.
—Y eso va a pasar, Marcus. Pero primero necesitamos que Noah nos vea llegar tranquilos, no furiosos. Ya tuvo suficiente miedo por un día.
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Marcus asiente, aunque cada músculo de su cuerpo sigue tenso, listo para una pelea que su esposa, con más calma que él en ese momento, está tratando de convertir en otra cosa: en una respuesta, no en una explosión.
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El auto entra al estacionamiento visitante frente al colegio, y Marcus apaga el motor con un movimiento brusco, sacando la llave antes de que el auto termine de detenerse por completo.
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—¿Lista? —pregunta, mirando a Claire.
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—No. Pero vamos de todas formas.
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