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MIGAJAS / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - La Marca Roja

El sol apenas comenzaba a asomarse cuando David estacionó frente a la casa, con Sofía todavía dormida en el asiento trasero del auto de Marta —su hermana había insistido en acompañarlo, "por si acaso", había dicho, con una expresión que dejaba claro que no aceptaría un no como respuesta.

—Quédate con ella en el auto —le dijo David—. Solo necesito diez minutos.

Entró por la puerta principal con las llaves que todavía llevaba en el bolsillo, con el corazón latiendo con una mezcla de miedo y determinación que no había sentido en años.

La casa estaba en silencio.

Subió las escaleras de dos en dos, directo al estudio, y ahí estaba: el reloj de escritorio, exactamente donde siempre había estado, con su superficie de madera oscura y sus números romanos pintados a mano.

David lo tomó con cuidado, como si fuera un objeto sagrado, y notó, por primera vez en más de un año, el pequeño orificio casi invisible en la parte superior del marco.

Una lente.

Diminuta. Perfectamente disimulada.

Detrás del reloj, atornillado a la base, había un compartimento pequeño que David nunca había explorado, porque nunca había tenido razón para hacerlo. Dentro, encontró una tarjeta de memoria y, junto a ella, una nota manuscrita con la letra de Elena, guardada ahí como si su esposa hubiese sabido, de alguna manera, que algún día sería necesaria:

"Si estás leyendo esto, algo salió mal. Revisa las grabaciones. Protege a Sophie. — E."

David se quedó inmóvil, con la nota temblando entre sus dedos, sintiendo el peso de una advertencia que llegaba desde el pasado, desde una mujer que ya no podía protegerlo con nada más que sus propias precauciones.

Un ruido en la puerta lo sobresaltó.

—¿Qué haces aquí?

Renata estaba parada en el umbral del estudio, todavía en bata, con el pelo despeinado y una expresión que oscilaba entre la sorpresa y algo más oscuro.

David no bajó el reloj.

—¿Sabías que Elena instaló esto? —preguntó, con una calma que no sentía por dentro—. ¿Sabías que había una cámara aquí desde hace más de dos años?

El rostro de Renata cambió. Fue solo un instante, una fracción de segundo, pero David lo vio: el pánico cruzando sus facciones antes de que pudiera reorganizarlas en una expresión de confusión fingida.

—No sé de qué hablas —dijo, dando un paso hacia él—. David, dame eso.

—No.

—¡Es mi casa también!

—Ya no —respondió David, guardando el reloj y la tarjeta de memoria dentro de su chaqueta—. Después de lo de anoche, ya no.

Renata se lanzó hacia él, intentando arrebatarle el reloj, y por un momento la escena se convirtió en un forcejeo torpe y desesperado, dos adultos luchando por un objeto que contenía la verdad que uno necesitaba proteger y el otro necesitaba destruir.

David la sostuvo por la muñeca, con más fuerza de la que había usado nunca contra otra persona, no para lastimarla, sino para detenerla.

—Dijiste que la cámara de la cocina estaba rota —dijo, casi sin aliento por el esfuerzo—. Todo este tiempo dijiste que estaba rota.

—¡Lo está! —gritó Renata, todavía forcejeando—. ¡Esa cámara sí está rota, yo la rompí, pero esta...!

Se detuvo, dándose cuenta demasiado tarde de lo que acababa de admitir.

David la soltó lentamente, con una expresión de horror creciendo en su rostro.

—Rompiste la cámara de seguridad a propósito —repitió, como si necesitara escucharlo en voz alta para creerlo—. Para que nadie viera lo que le hacías a mi hija.

Renata retrocedió, con la muñeca todavía roja por el agarre, y por primera vez desde que David la conocía, no encontró ninguna palabra suave, ninguna mentira lista, ninguna explicación elegante.

Solo silencio.

Un silencio que, en la mente de David, confirmaba todo lo que había temido durante la noche.

—Voy a revisar esto —dijo, señalando la tarjeta de memoria dentro de su chaqueta—. Y si lo que sospecho es verdad, voy a la policía.

—David, espera, podemos arreglar esto entre nosotros, no necesitas...

—¿Arreglarlo? —la voz de David subió de volumen, resonando en las paredes del estudio—. ¿Cómo se arregla esto, Renata? ¿Cómo se arregla que mi hija tenga hambre todas las tardes? ¿Cómo se arregla esta marca en su brazo?

Sacó su teléfono y le mostró una fotografía que había tomado la noche anterior, en casa de Marta, del brazo de Sofía: la marca roja, ya empezando a tornarse morada en los bordes, inconfundible bajo la luz del flash.

Renata apartó la mirada.

—Fue un accidente —susurró, pero incluso ella pareció escuchar lo hueca que sonaba esa frase después de todo lo que acababa de admitir.

—Ya no te creo —dijo David, simplemente.

Y salió del estudio, bajó las escaleras, cruzó la puerta principal sin mirar atrás, con el reloj de Elena guardado contra su pecho como si fuera el corazón de la mujer que, incluso muerta, había encontrado la manera de proteger a su hija.

Afuera, en el auto, Sofía ya se había despertado. Miraba por la ventana con los ojos hinchados de sueño, buscando a su padre.

Cuando lo vio salir de la casa, su rostro se iluminó de una manera que David no había visto en meses.

Corrió hacia el auto, abrió la puerta trasera y abrazó a su hija con una fuerza que intentaba compensar todo el tiempo que había pasado sin protegerla como debía.

—Vamos a arreglar esto, mi amor —le susurró al oído—. Te lo prometo.

Sofía, con la cara hundida en el hombro de su padre, susurró algo que David tardaría varios días en entender del todo:

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—Ella tiene más videos, papi. Abajo.

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