Chapter 6 - Lo Que Susurran los Niños

—¿Qué dijiste? —preguntó David, separándose un poco de su hija para mirarla a los ojos.
Sofía se mordió el labio inferior, ese gesto que hacía siempre que estaba a punto de contar un secreto grande, de esos que le habían dicho que debía guardar.
—Renata tiene una caja —dijo, con la voz baja, casi como si todavía temiera que alguien la escuchara—. En el sótano. Con videos.
Marta, desde el asiento del conductor, giró la cabeza con una expresión de alarma.
—¿Qué clase de videos, cariño? —preguntó David, tratando de mantener la voz tranquila, aunque por dentro sentía que el suelo volvía a moverse bajo sus pies.
—No sé —respondió Sofía, encogiéndose de hombros con esa honestidad brutal de los niños que no entienden completamente lo que están describiendo, pero saben que es importante—. Una vez la vi mirándolos en su computadora. Se reía.
—¿Se reía?
Sofía asintió.
—Yo estaba en el rincón. Ella pensó que no la veía. Pero yo veía la pantalla desde el piso.
David sintió una náusea repentina, una mezcla de rabia y horror que no sabía cómo procesar todavía. La imagen de Renata riéndose frente a una pantalla, mientras su hija estaba castigada a pocos metros, sentada en un rincón frío, era casi imposible de digerir.
—¿Qué había en la pantalla, Sophie? ¿Lo recuerdas?
—Niños —dijo ella, simplemente—. Otros niños. Llorando.
Marta detuvo el auto en el arcén, incapaz de seguir conduciendo mientras procesaba lo que acababa de escuchar.
—David —dijo, con la voz temblando—, esto es mucho más grande de lo que pensábamos.
David asintió, aturdido, sosteniendo todavía el reloj de Elena contra su pecho como si fuera un ancla, lo único sólido en medio de una realidad que se desmoronaba a cada palabra que salía de la boca de su hija.
—Sophie —dijo, arrodillándose frente a ella dentro del auto, tomando sus manos pequeñas entre las suyas—, necesito que seas muy valiente. ¿Puedes hacer eso por mí?
Sofía asintió, con esos ojos grandes y demasiado serios para una niña de cinco años.
—Necesito que me digas todo lo que recuerdes. Todo lo que viste. No importa si parece pequeño o sin importancia. Todo ayuda.
Y entonces, en el asiento trasero de un auto estacionado en el arcén de una calle cualquiera, Sofía comenzó a hablar.
Habló de las tardes en el rincón. Habló del pan duro y del agua tibia que a veces era lo único que le daban de beber. Habló de una vez en que Renata la había encerrado en el clóset "para que aprendiera a estar callada", y de cómo había contado hasta cien, y luego otra vez hasta cien, tratando de no llorar porque llorar hacía que el castigo durara más.
Habló también de otras cosas. Cosas que hicieron que David sintiera que el corazón se le partía en pedazos más pequeños con cada palabra.
Habló de un niño llamado Marcus, hijo de unos amigos de Renata, que a veces venía a la casa y también terminaba en el sótano con ella "jugando a las grabaciones", según las propias palabras confusas de Sofía.
Habló de risas que no eran risas de juego, sino de algo más frío, más calculado.
Habló, también, de las pequeñas estrategias que había inventado para sobrevivir a esas tardes interminables. Contar las baldosas del suelo de la cocina —eran cuarenta y dos, decía, siempre las mismas cuarenta y dos—. Inventar historias en su cabeza sobre un reino donde las niñas nunca tenían hambre y los rincones eran solo lugares para esconderse en juegos de escondidas, no castigos. Apretar los ojos con fuerza e imaginar la voz de su madre, aunque ya casi no podía recordar cómo sonaba exactamente, solo la sensación de calidez que esa voz le producía.
—A veces —dijo Sofía, bajando todavía más la voz—, le pedía a mamá que me ayudara. Aunque sabía que ella ya no podía escucharme.
David sintió que esas palabras se le clavaban en un lugar del pecho que ya estaba lleno de heridas nuevas.
—Ella te escuchaba, mi amor —dijo, con la voz quebrada—. De alguna manera, te escuchaba.
—Renata dijo que si contaba algo, nadie me iba a creer —dijo Sofía, al final, con las mejillas mojadas de lágrimas—. Dijo que las niñas mentirosas terminan solas.
David abrazó a su hija con una fuerza que buscaba, desesperadamente, compensar cada minuto en que no había estado ahí para protegerla.
—Nunca vas a estar sola, mi amor —le susurró—. Nunca. Te lo prometo.
Marta, todavía al volante, había sacado su teléfono y estaba escribiendo algo con manos temblorosas.
—David —dijo—, tenemos que llamar a la policía ahora mismo. Esto no es solo sobre Sophie. Si hay otros niños involucrados...
David asintió, con una determinación fría reemplazando poco a poco el shock inicial.
—Primero necesito ver qué hay en esta tarjeta de memoria —dijo, sacando del bolsillo de su chaqueta el pequeño objeto rectangular que Elena había dejado escondido, esperando, durante más de un año, el momento en que alguien finalmente lo necesitara—. Necesitamos pruebas antes de hacer acusaciones que Renata pueda negar.
—¿Y si hay algo peor en esa tarjeta de lo que imaginamos?
David miró por la ventana del auto, hacia la casa que aún podía verse a lo lejos, con Renata probablemente todavía dentro, tal vez empacando, tal vez destruyendo evidencia, tal vez simplemente esperando a ver qué pasaba.
—Entonces vamos a necesitar cada segundo de grabación que haya —respondió—. Porque si esto es lo que sospecho, no se trata solo de proteger a Sophie. Se trata de detener algo mucho más grande.
Sofía, todavía acurrucada contra el pecho de su padre, cerró los ojos.
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Por primera vez en meses, no tenía miedo de dormir.
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