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SU LUGAR / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - Isabel

No era un cuerpo.

Elena tardó varios segundos —segundos que se sintieron como horas, como toda una vida comprimida en el espacio de un instante— en comprender lo que estaba viendo realmente.

Era un maniquí. Un maniquí de sastrería antiguo, de esos que se usaban hace décadas para confeccionar vestidos a medida, vestido con un traje de novia amarillento, deshilachado por el paso del tiempo, con un velo que caía sobre donde debería haber estado un rostro que, por supuesto, no existía.

Elena se llevó una mano al pecho, intentando calmar los latidos desbocados de su corazón, intentando convencer a su cuerpo de que la amenaza inmediata había pasado.

Pero la habitación, con su polvo y su penumbra y su aire cargado de historia no contada, seguía teniendo mucho más que decir.

Recorrió el resto del cuarto con la linterna del teléfono temblando en su mano.

Había un tocador antiguo, cubierto también de polvo, con un espejo agrietado en una esquina. Había un armario, sus puertas entreabiertas revelando vestidos de otra época, colgados con el mismo cuidado meticuloso con el que se guardan las cosas que uno espera, algún día, volver a usar.

Y había un escritorio pequeño, junto a la ventana, con un diario de cuero marrón encima, sus páginas amarillentas asomándose entre las tapas gastadas.

Elena lo tomó con manos temblorosas.

La primera página tenía una fecha de casi treinta años atrás, y una letra femenina, cursiva y apretada, tan distinta a la letra angulosa de Arthur.

"Hoy cumplí veintitrés años. Papá dice que ya es hora de que deje de comportarme como una niña caprichosa. Dice que el compromiso con el hijo del senador es lo mejor para la familia, y que mis sentimientos, en este asunto, son irrelevantes."

Elena pasó las páginas, devorando cada línea con una mezcla de horror y comprensión creciente.

"Le dije que no. Le dije que amo a alguien más, alguien que papá jamás aprobaría, alguien sin apellido, sin fortuna, sin la sangre correcta corriendo por sus venas. Papá no gritó. Nunca grita. Simplemente dijo: 'Ella debe aprender su lugar', como si yo no estuviera presente en la habitación, como si estuviera hablando de un mueble mal colocado."

Otra página, otra fecha, semanas después.

"Me trajeron al ala oeste hace tres días. Dicen que es 'para mi propio bien', que necesito 'tiempo para reflexionar'. La puerta permanece cerrada. Solo Greta, la sirvienta más antigua de la casa, me trae comida, y solo cuando papá lo permite. Le pregunté cuánto tiempo estaré aquí. No respondió."

La escritura continuaba, cada entrada más breve, más desesperada, como si la propia autora hubiera ido perdiendo, página tras página, la fuerza para escribir con la extensión de antes.

"Tres meses. He perdido la cuenta exacta de los días, pero sé que han sido, al menos, tres meses. Escucho las fiestas desde aquí. Escucho la música, las risas, las copas chocando. A veces me pregunto si alguien, en algún momento, ha preguntado por mí. Si alguien ha notado mi ausencia. O si, simplemente, papá inventó una historia lo suficientemente convincente como para que nadie preguntara demasiado."

La última entrada del diario no tenía fecha.

"Escuché a papá hablar con el médico de la familia esta mañana, a través de la puerta. Hablaban de 'documentos', de 'firmas necesarias', de una 'internación permanente' en algún lugar lejos de aquí, donde nadie de la sociedad pudiera encontrarme jamás. Creo que ya no volveré a ver el jardín. Creo que ya no volveré a ver nada, en realidad, excepto estas cuatro paredes.

Si alguien, algún día, encuentra este diario, quiero que sepan que existí. Que tuve un nombre. Isabel. Que amé a alguien que el mundo consideraba indigno de mí, y que esa fue, aparentemente, la peor ofensa que una hija puede cometer contra su familia.

Ella debe aprender su lugar, decía papá.

Yo aprendí, al final, cuál era mi lugar. Era este cuarto. Estas cuatro paredes. Este silencio."

Elena cerró el diario, con las manos temblando tanto que apenas pudo sostenerlo.

Isabel. La hija de Arthur. La tía de Mateo, de la que jamás nadie había hablado, jamás había mencionado, como si su existencia entera hubiera sido borrada de la historia oficial de la familia.

¿Qué le había pasado, finalmente?

¿La habían internado en algún lugar, tal como el diario sugería? ¿Seguía viva, en algún hospital psiquiátrico olvidado, décadas después, sin que nadie de su propia sangre hubiera vuelto jamás a preguntar por ella?

¿O había pasado algo peor?

Elena estaba a punto de seguir explorando el resto de la habitación cuando escuchó un sonido detrás de ella.

Pasos.

Se giró de inmediato, el corazón subiéndosele a la garganta, esperando encontrar a Constanza en el umbral, con esa expresión de furia fría que reservaba para las ocasiones más graves.

Pero no era Constanza.

Era Mateo.

De pie en la puerta, con el rostro pálido, los ojos fijos en el diario que Elena sostenía entre las manos, en el maniquí vestido de novia, en toda la habitación que había permanecido sellada durante décadas.

—Encontré una carta —dijo Elena, con la voz temblando—. De tu padre. Habla de una hija. De Isabel.

Mateo no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron la habitación con una expresión que Elena no pudo descifrar del todo: sorpresa, sí, pero también algo más antiguo, algo que sugería que, en algún rincón de su memoria, esta información no era completamente nueva.

—Tuve una hermana —dijo finalmente, con voz hueca—. Nunca hablamos de ella. Cuando era niño, pregunté una vez, solo una vez, y mi madre me abofeteó tan fuerte que me sangró el labio. Nunca volví a preguntar.

—¿Sabías que la encerraron aquí?

—No lo sabía con certeza. Sospechaba. Escuchaba cosas. Los sirvientes más antiguos a veces murmuraban, cuando pensaban que nadie los escuchaba. Pero nunca until esta noche tuve pruebas.

—¿Y qué le pasó? ¿Dónde está ahora?

Mateo negó con la cabeza, con una expresión de dolor genuino que Elena no había visto en él desde hacía mucho tiempo.

—No lo sé, Elena. Juro que no lo sé.

Fue entonces que ambos escucharon otra voz. Una voz que provenía, imposiblemente, de algún lugar dentro de la habitación misma, susurrante, apenas audible, como si viniera de las paredes.

—Yo sí sé.

Elena y Mateo se giraron al mismo tiempo.

En el umbral de un pequeño clóset que Elena no había notado antes, medio oculto detrás del tocador polvoriento, había una puerta entreabierta.

Y detrás de ella, una anciana.

No Constanza.

Una mujer mucho mayor, de cabello completamente blanco, con un vestido gastado que en algún momento pudo haber sido elegante, y unos ojos que, a pesar de la edad, todavía conservaban un brillo de lucidez feroz.

—Greta —susurró Mateo, con la voz cargada de un asombro que rayaba en lo imposible—. Pensé que habías muerto hace años.

La anciana sonrió, una sonrisa triste, cansada, cargada de secretos guardados durante demasiado tiempo.

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—Todos pensaron eso —dijo—. Era más fácil así. Ahora, siéntense. Es hora de que alguien, finalmente, les cuente toda la verdad.

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