Chapter 5 - La Cadena en el Suelo

Alejandro caminaba por el pasillo de la planta baja con la carta de Elena todavía guardada junto al pecho, cuando su zapato tropezó con algo pequeño y duro.
Se detuvo.
Miró hacia abajo.
En el suelo, justo debajo de una mesa auxiliar que llevaba años arrimada contra la pared sin que nadie la moviera jamás, brillaba algo dorado.
Se agachó.
Era una cadena.
Con un dije en forma de cruz, y junto a ella, un pequeño escudo de esmalte azul y dorado.
Alejandro la sostuvo entre los dedos como si sostuviera algo vivo.
La reconoció de inmediato.
No era de Elena.
Elena nunca había usado joyas religiosas; decía que la fe, para ella, no necesitaba adornos de oro.
Ese escudo esmaltado, esa combinación exacta de azul y dorado, pertenecía a una sola familia en toda la ciudad.
La familia de Ignacio.
Un regalo que su madre le había dado antes de morir, algo que Ignacio llevaba puesto siempre, debajo de la camisa, tan pegado al cuerpo que Alejandro solo lo había visto un par de veces en veinte años de amistad y trabajo compartido.
—Ignacio —dijo en voz baja, para sí mismo, como si pronunciar el nombre pudiera confirmar o desmentir la sospecha que empezaba a crecerle en el pecho como una enredadera.
Se quedó mirando la cadena bajo la luz amarilla del pasillo.
El corazón le latía con una violencia que no sentía desde hacía años, desde antes de tener suficiente dinero y suficiente poder como para no tener que sentir miedo de nada.
Ahora sentía miedo.
Un miedo distinto a todos los que había sentido en su vida de negocios turbios y enemigos peligrosos.
Un miedo doméstico.
Un miedo que vivía dentro de su propia casa, entre las personas que él mismo había invitado a su mesa.
—¿Señor?
Uno de los hombres, un joven llamado Tomás que hacía las veces de chofer, se había detenido a unos metros, con una linterna en la mano.
—¿Encontró algo?
Alejandro cerró el puño alrededor de la cadena.
—Nada —dijo—. Sigue buscando.
Tomás asintió y se alejó, pero Alejandro se quedó ahí, inmóvil, mirando la mesa auxiliar bajo la cual había encontrado el pequeño tesoro dorado, hasta que notó algo más.
Una de las patas de la mesa estaba más cerca de la pared que las otras tres.
Como si alguien, hacía poco, la hubiera movido y luego la hubiera vuelto a poner en su lugar, pero no exactamente en el mismo lugar.
Se arrodilló.
Empujó la mesa hacia un lado.
Debajo, el suelo de madera parecía idéntico al resto del pasillo. Las mismas tablas oscuras, el mismo brillo pulido de años de cera.
Pero cuando pasó la palma de la mano sobre la superficie, notó algo.
Una tabla, apenas un poco más elevada que las demás.
Casi imperceptible.
El tipo de detalle que uno solo nota si ya sospecha que algo hay que encontrar.
Golpeó la tabla con los nudillos.
El sonido fue distinto.
Hueco.
—Ignacio —llamó, con una voz que ya no intentaba ocultar nada—. Ven aquí.
Ignacio llegó desde el otro extremo del pasillo, con los otros hombres detrás de él como una sombra colectiva.
—¿Encontraste algo?
Alejandro se puso de pie, muy despacio, y sostuvo en alto la cadena de oro para que todos la vieran.
—¿Reconoces esto?
El rostro de Ignacio no cambió.
Ni un músculo.
Y esa quietud absoluta, esa ausencia total de reacción, resultó ser la reacción más elocuente de todas, porque cualquier hombre inocente al que le muestran algo perdido reacciona de alguna manera: sorpresa, curiosidad, alivio de haberlo encontrado.
Ignacio no hizo nada de eso.
Se quedó completamente inmóvil, como una estatua que se hubiera dado cuenta, demasiado tarde, de que la estaban mirando.
—Es mía —dijo finalmente—. Se me debe haber caído mientras ayudaba a buscar.
—¿Cuándo?
—No lo sé, Alejandro. Hace un rato.
—Estaba debajo de esta mesa, Ignacio. Una mesa que nadie ha movido en años, según Rosa, según el ama de llaves, según todos en esta casa. Debajo de una mesa que resulta que oculta una tabla suelta en el piso.
El silencio en el pasillo se volvió tan sólido que Mía, que había llegado corriendo desde el otro extremo de la casa al escuchar las voces alzadas, sintió que podía tocarlo con las manos, como una pared invisible que de pronto se hubiera levantado entre su padre y el hombre al que había llamado su mano derecha durante tantos años.
—Papá —dijo, deteniéndose junto a Rosa en la entrada del pasillo.
Alejandro no la miró.
Tenía los ojos clavados en Ignacio, y en esos ojos había algo que Mía nunca había visto antes en su padre.
No era ira.
Era el dolor específico, agudo, de alguien que está a punto de descubrir que la persona en la que más confiaba lo traicionó de la manera más profunda posible.
—Muévete —le dijo a Ignacio.
—Alejandro, no sé qué crees que...
—¡Muévete!
El grito rebotó por el pasillo y se estrelló contra las paredes, y por primera vez en toda la noche, Ignacio dio un paso atrás, cediendo espacio, con las manos ligeramente alzadas, en un gesto que no era de rendición, sino de cálculo, de un hombre que empieza a evaluar, muy rápido, cuáles son sus opciones.
Alejandro se arrodilló frente a la tabla suelta.
Metió los dedos en la rendija apenas visible entre una tabla y otra.
Tiró.
La madera crujió, resistiéndose, hasta que finalmente cedió con un chasquido seco que sonó, en el silencio de esa casa, como un disparo.
Un hueco negro se abrió bajo el suelo del pasillo.
Un olor subió desde la oscuridad. Humedad. Encierro. Algo orgánico y antiguo que no debería haber estado ahí, bajo el piso de una casa de dieciocho habitaciones y jardines perfectamente cuidados.
Mía se llevó las manos a la boca.
Rosa la abrazó por detrás, apretándola contra su cuerpo, como si con eso pudiera protegerla de lo que fuera a salir de ese agujero.
Alejandro se asomó al borde del hueco, con la cadena de oro todavía apretada en el puño, y su voz, cuando finalmente habló, ya no era la voz del jefe temido, ni la del padre consolador de horas atrás.
Era la voz de un hombre parado al borde de un abismo que él mismo, sin saberlo, había construido bajo su propia casa.
—Elena —dijo, apenas un susurro, hacia la oscuridad—. ¿Estás ahí?
Y desde muy abajo, desde un lugar donde la luz de la casa jamás había llegado en tres largos días, una voz respondió.
Débil.
Rota.
Pero viva.
—Alejandro.
Fue solo su nombre.
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Pero para Mía, que llevaba tres días midiendo el tiempo en huecos y silencios y mentiras a medias, esa sola palabra, dicha por su madre desde la oscuridad, fue el sonido más hermoso y más terrible que había escuchado en toda su vida.
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