Chapter 6 - La Escalera Oscura

Alejandro no esperó una linterna.
Bajó por el hueco con las manos primero, buscando un peldaño en la oscuridad, encontrando una escalera improvisada, angosta, de madera vieja que no pertenecía al resto de la casa, como si alguien la hubiera construido hacía mucho tiempo con un propósito muy distinto al que ahora tenía.
—¡Traigan luz! —gritó Ignacio, y por un instante, en medio del caos, todos obedecieron su voz sin cuestionarla, porque durante veinte años esa voz había sido la segunda más importante de la casa.
Tomás corrió con una linterna de mano. La luz cayó sobre el hueco, iluminando un tramo de escalones de piedra húmeda que descendían mucho más de lo que el tamaño de la casa parecía permitir.
Alejandro bajó.
Un escalón.
Otro.
El aire se volvía más frío, más denso, con cada paso.
—¿Elena?
—Aquí —respondió la voz, más cerca ahora, más clara, aunque todavía quebrada por tres días de sed y de oscuridad—. Aquí abajo.
Al final de la escalera había una pequeña habitación de piedra, del tamaño de una celda, con una sola bombilla colgando del techo que alguien había dejado encendida, quizás por piedad, quizás por descuido.
Y ahí, acurrucada contra la pared, con el vestido blanco ya gris de suciedad y las rodillas pegadas al pecho, estaba Elena.
Tenía el rostro marcado por un golpe reciente, la piel enrojecida e hinchada alrededor del pómulo izquierdo, y los labios resecos de días sin agua suficiente.
Pero sus ojos, cuando encontraron los de Alejandro, seguían siendo los mismos ojos de siempre.
Cansados.
Furiosos.
Vivos.
—Elena.
Alejandro cruzó la pequeña celda en dos pasos y cayó de rodillas frente a ella, sin importarle la humedad del suelo, sin importarle nada más en el mundo excepto la mujer frente a él.
—No me toques —dijo Elena, alzando una mano temblorosa, antes de que él pudiera abrazarla.
Alejandro se detuvo, con los brazos extendidos y vacíos.
—Elena, por favor, déjame...
—¿Sabías esto? —preguntó ella, con una voz que, a pesar de la debilidad, cortaba como un cuchillo—. ¿Sabías que había un lugar así debajo de tu propia casa?
—No. Elena, te juro que no.
—¿Cómo puedo creerte?
—Porque yo también acabo de descubrirlo. Porque llevo tres días buscándote como un loco, contratando gente, moviendo cielo y tierra, y todo el tiempo estabas debajo de mis propios pies.
Elena cerró los ojos, y por primera vez desde que había abierto la boca, una lágrima le resbaló por la mejilla golpeada.
—Fue Ignacio —susurró.
Un ruido, arriba, en la abertura del hueco, hizo que ambos levantaran la mirada.
Ignacio estaba parado en el borde, mirando hacia abajo, con el rostro iluminado a medias por la luz de las linternas y a medias por la oscuridad, y en ese rostro ya no había ningún intento de disimulo.
—Alejandro —dijo, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Déjame explicarte.
—Baja.
—Alejandro, todo lo que hice, lo hice por ti.
—¡Baja ahora mismo!
Ignacio bajó, un escalón lento tras otro, con las manos visibles, con esa serenidad estudiada de un hombre que ha pasado veinte años aprendiendo a sobrevivir en un mundo de peligro constante, y que ahora aplica esa misma serenidad al peor momento de su vida.
—Ella escuchó tu conversación con el contador —dijo Ignacio, deteniéndose a un par de metros de Elena y Alejandro—. La de las cuentas en las islas. La de los nombres. Yo estaba afuera del despacho esa noche, haciendo la ronda, y la vi salir con la cara pálida, con un sobre en la mano. Supe enseguida que había visto algo que no debía ver.
—Y decidiste encerrarla. Sin decirme nada.
—Decidí protegerte, Alejandro. Si ella se hubiera ido con esa información, con pruebas, con nombres, ¿sabes lo que le hubiera pasado a todo lo que construiste? ¿Sabes cuántos años de cárcel, cuántos enemigos aprovechando la debilidad, cuánta gente esperando el momento exacto de destruirte?
—¡Es mi esposa!
—¡Es un riesgo! —gritó Ignacio, perdiendo por primera vez el control de su voz—. Un riesgo con piernas y con memoria y con un hermano muerto al que no le encontraba explicación. Yo no quería lastimarla, Alejandro. Solo quería contenerla, tenerla aquí unos días, hasta que pudiéramos decidir juntos qué hacer, hasta que se calmara, hasta que entendiera que no tenía adónde ir sin destruirlo todo.
—¿Y el golpe en su cara? —preguntó Alejandro, con una voz que empezaba a temblar de una furia distinta a todas las anteriores—. ¿Eso también fue para protegerme?
Ignacio no respondió enseguida.
—Ella intentó escapar el primer día —dijo finalmente—. Forcejeó. No fue mi intención.
—No fue tu intención —repitió Alejandro, muy despacio, como si probara el sabor de cada palabra y las encontrara todas amargas—. Veinte años, Ignacio. Veinte años confiando en ti más que en mí mismo. Y todo este tiempo eras capaz de esto.
—Todo lo que soy capaz de hacer, lo aprendí sirviéndote a ti.
La frase cayó en la pequeña celda como una piedra en un pozo profundo, y por un instante, nadie dijo nada.
Elena, todavía en el suelo, apretó la mano de Alejandro, la primera vez que lo tocaba voluntariamente desde que él había bajado.
—Sácame de aquí —susurró—. Por favor. Solo sácame de aquí.
Alejandro la levantó en sus brazos, con un cuidado que contrastaba brutalmente con la furia que le quemaba el pecho, y mientras la cargaba hacia la escalera, sin siquiera mirar a Ignacio, dijo tres palabras que sellarían todo lo que vendría después.
—Ya no eres mi gente.
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Ignacio se quedó solo en la celda de piedra, bajo la única bombilla encendida, escuchando los pasos que se alejaban escalera arriba, hacia una luz a la que él, después de esa noche, sabía que ya no tenía ningún derecho de regresar.
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