Chapter 5 - La actriz perfecta

Valentina tenía un don.
No era la belleza, aunque la tenía. No era la elegancia, aunque también la tenía en abundancia.
Su verdadero don era la transformación instantánea: podía pasar de la crueldad más fría a la ternura más convincente en el tiempo que tardaba una llave en girar en la cerradura de la puerta principal.
Sofía había aprendido a reconocer el sonido exacto de esa llave.
Era su señal de alarma y su señal de rescate al mismo tiempo.
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Un jueves por la tarde, mientras Valentina la obligaba a replanchar por tercera vez una camisa que ya estaba perfecta, sonó el teléfono.
Era Alexander.
—Cariño, salgo antes hoy, llego en veinte minutos.
El cambio en Valentina fue instantáneo, casi mágico.
—¡Qué bien, amor! —dijo, con una voz que subió dos octavas de dulzura—. Sofía y yo estamos horneando galletas, ¡le va a encantar la sorpresa!
Colgó.
Miró a Sofía.
—Ve a lavarte la cara. Vamos a hornear galletas de verdad, ahora. Y vas a sonreír cuando tu padre llegue. Mucho.
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Veinte minutos después, la cocina olía a chocolate y mantequilla, Sofía tenía las manos cubiertas de harina, y cuando Alexander entró por la puerta, se encontró con una escena sacada directamente de un comercial de televisión: madre e hija riendo, horneando juntas, la casa iluminada con una luz cálida y dorada.
—¡Miren nada más! —dijo, dejando el maletín en el sofá—. ¿Puedo probar una?
—¡Todavía no están listas, papá! —dijo Sofía, y esta vez la sonrisa no fue del todo actuada, porque había algo genuinamente reconfortante en el olor a galletas, aunque todo lo demás fuera una mentira cuidadosamente montada.
Valentina lo besó, apoyó la cabeza en su hombro, y por encima de él, le lanzó a Sofía una mirada rápida que decía: lo estás haciendo bien.
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Después de cenar, cuando Alexander subió a cambiarse, Valentina limpió la cocina en tiempo récord, guardó las pruebas del teatro —las galletas quemadas del primer intento, escondidas en el fondo del bote de basura, cubiertas con servilletas— y volvió a ser, en cuestión de segundos, la mujer fría de siempre.
—Ve a bañarte —le dijo a Sofía, sin ninguna calidez en la voz—. Y la próxima vez que tu padre avise que llega temprano, quiero que ya tengas todo listo antes de que yo te lo pida. No debería tener que improvisar contigo cada vez.
Sofía asintió, cansada, con el corazón todavía latiendo del esfuerzo de sonreír durante toda la cena.
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Esa noche, en la cama, Sofía se preguntó algo que la asustó más de lo que esperaba: ¿yo también me estoy volviendo una actriz?
Sonreía cuando no sentía ganas de sonreír.
Decía "estoy bien" cuando no lo estaba.
Aplaudía a su padre cuando en realidad quería gritarle: ¡mira, mira lo que pasa cuando cierras la puerta!
Pero no lo hacía.
Y cada vez que no lo hacía, sentía que se parecía un poquito más a Valentina, y esa idea le dio más miedo que cualquier castigo.
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Los fines de semana en los que Alexander estaba en casa completos, la casa entera cambiaba de decorado, como en el teatro.
Valentina cocinaba platillos elaborados, se reía de los chistes malos de Alexander, organizaba tardes de películas en el sofá grande, con mantas y palomitas.
Sofía se sentaba entre los dos, comiendo palomitas, viendo dibujos animados, y por un par de horas, casi lograba creer que esa era su vida real.
Pero el domingo por la noche, cuando Alexander preparaba su maleta para el viaje de trabajo del lunes, algo en el ambiente empezaba a cambiar, como la temperatura antes de una tormenta.
Sofía aprendió a sentir esa presión en el aire, un olfato para el peligro que ningún niño debería necesitar desarrollar.
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—¿Todo bien, princesa? —le preguntó su padre un domingo, mientras cerraba su maleta—. Te noto seria.
—Solo no quiero que te vayas.
—Vuelvo el jueves. Cuatro días, nada más.
—¿Y si algo pasa mientras no estás?
Alexander se rió, sin captar la seriedad detrás de la pregunta.
—¿Qué podría pasar? Valentina te cuida súper bien. Además, cualquier cosa, me llamas.
Sofía quiso decir: ella no me deja llamarte. Ella escucha todas mis llamadas. Ella lee mis mensajes antes de que los envíe.
Pero dijo:
—Está bien, papá. Que tengas buen viaje.
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Alexander se fue el lunes en la madrugada, con un beso en la frente para Sofía y otro, más largo, para Valentina.
En cuanto el coche desapareció al final de la calle, Valentina cerró la puerta principal con un chasquido seco y se giró hacia Sofía, que todavía estaba en pijama.
—Cuatro días —dijo, como quien anuncia el inicio de una temporada—. Vamos a aprovecharlos.
La actriz se había ido con el auto de Alexander, calle abajo.
Lo que quedaba en la casa era la Valentina de verdad, la que Sofía conocía mejor que nadie, la que nadie más había visto jamás.
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Esos cuatro días fueron, según el calendario secreto bajo el colchón, cuatro puntos rojos seguidos, algo que no había pasado antes.
Tareas dobles. Comidas más pequeñas, "porque hay que cuidar la figura desde pequeña", decía Valentina, aunque Sofía apenas comía lo suficiente para no marearse en clase.
Y las visitas nocturnas a su cuarto, sin tocar la puerta, para recordarle, una y otra vez, la regla número cuatro subrayada dos veces.
—Cuatro días más y él vuelve —dijo Valentina la última noche, sentada al borde de la cama de Sofía—. Y tú vas a estar feliz de verlo, como siempre. Y no vas a decir ni una palabra sobre estos días. Porque si lo haces, la próxima vez que se vaya, será mucho peor. ¿Entendido?
—Entendido, señora.
—Buena niña.
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El jueves, cuando Alexander regresó, encontró a Sofía esperándolo en la puerta con una sonrisa enorme, practicada, perfecta.
—¡Te extrañé tanto, papá!
—Yo también, princesa.
La abrazó fuerte, y por un instante, Sofía cerró los ojos y se permitió, solo un segundo, sentir el abrazo como algo real, sin cálculo, sin actuación.
Después abrió los ojos, vio a Valentina sonriendo detrás de su padre, y volvió a ponerse la máscara, con la práctica de quien ya lo ha hecho cientos de veces.
Grande por dentro, pensó.
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Grande por dentro, aunque cada día me cueste más fingir que sigo siendo pequeña por fuera.
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