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Antes de las cenizas / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - Cuarenta minutos de vuelo

Sofía se quedó congelada en el primer escalón.

Reconocía ese sonido: el motor particular del auto de su padre, ese ronroneo grave que había memorizado sin darse cuenta a lo largo de meses de esperarlo, de contar los días, de marcar puntos azules en un calendario secreto.

—¿Escuchaste eso? —preguntó, girándose hacia el salón.

Valentina también se había quedado inmóvil, con la copa de vino a medio camino entre la mesa y su boca.

—No puede ser él —dijo, más para sí misma que para Sofía—. Llega el jueves. Hoy es viernes.

Pero el sonido de la puerta del auto cerrándose, seguido de pasos firmes y apresurados sobre el camino de piedra, no dejaba lugar a dudas.

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El pánico transformó a Valentina en segundos.

Se levantó de un salto, dejó la copa sobre la mesa con un golpe que hizo temblar el vino dentro, y miró frenéticamente a su alrededor: los zapatos brillantes en el suelo, el paño manchado de betún, y sobre todo, a Sofía, con el pijama arrugado, los ojos hinchados de tanto llorar, y las manos todavía manchadas de negro.

—Rápido —susurró, con una urgencia que Sofía nunca había escuchado en su voz—. Ve a tu cuarto, lávate las manos, y si te pregunta algo, dile que estabas jugando a limpiar zapatos como en un cuento.

—No hay tiempo —dijo Sofía, con una calma extraña, casi ajena a ella misma.

Las llaves ya giraban en la cerradura de la puerta principal.

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La puerta se abrió de par en par, golpeando ligeramente contra la pared del recibidor, y ahí estaba Alexander, con su maleta de mano en una mano y el abrigo negro todavía puesto, con la expresión de quien acaba de correr desde el aeropuerto directo a casa, ansioso por sorprender a su familia con un regreso inesperado.

La sonrisa de sorpresa que traía preparada se le heló en la cara en cuanto sus ojos recorrieron la escena frente a él: su hija, en pijama, descalza, con los ojos rojos e hinchados, las manos manchadas de negro, y a un par de metros, Valentina, con una copa de vino derramándose ligeramente sobre la mesa, y quince —no, dieciséis, contando los dos recién terminados— pares de zapatos alineados en el piso del salón.

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—¿Papá? —dijo Sofía, con una voz pequeña, casi un susurro, como si no terminara de creer que era real.

El silencio que siguió duró, según lo recordaría Sofía después, apenas tres segundos.

Pero en esos tres segundos, Alexander procesó todo: las manos sucias de su hija, sus ojos hinchados, la hora —casi las diez de la noche—, los zapatos alineados como en una fábrica, y la expresión de pánico apenas disimulada en el rostro de Valentina.

Tres segundos, y algo se rompió dentro de él, algo que tardaría mucho tiempo en volver a repararse.

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—Alexander —dijo Valentina, dando un paso adelante, con las manos extendidas en un gesto conciliador—, puedo explicarlo, esto no es lo que—

—¿Qué le haces? —la voz de Alexander salió más fuerte de lo que él mismo esperaba, resonando en el techo alto del recibidor, haciendo que Sofía diera un pequeño respingo—. ¿Qué demonios le estás haciendo a mi hija?

—Nada, ella solo estaba—

—¡Son las diez de la noche! —Alexander dejó caer la maleta al suelo, sin importarle el ruido, y cruzó la distancia hasta Sofía en tres pasos largos, arrodillándose frente a ella para verla a la altura de sus ojos—. Mírame. Mírame a mí, princesa. ¿Qué está pasando aquí?

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Sofía miró a su padre.

Miró sus ojos, esos ojos que la habían mirado con tanto amor tantas veces, esos ojos que ahora brillaban con una mezcla de furia y miedo que ella nunca había visto en él.

Miró de reojo a Valentina, que seguía de pie junto al sillón, con el rostro pálido, esperando.

Y entonces, algo dentro de Sofía —algo que había estado guardado, comprimido, silenciado durante casi dos años— empezó a moverse, lento pero imparable, como una grieta que finalmente encuentra el camino hacia la superficie.

—Papá —dijo, con la voz temblando, pero firme—, tengo que contarte algo. Y tengo miedo de que te enojes o te vayas si te lo digo. Pero ya no aguanto más guardar el secreto.

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El rostro de Alexander se transformó, la furia dando paso a algo más doloroso: una comprensión lenta y terrible de que su hija llevaba tiempo cargando algo que él no había sabido ver.

—No me voy a ir a ningún lado —dijo, tomándole las dos manos manchadas de betún entre las suyas, sin importarle ensuciarse—. Nunca. Dime lo que sea. Estoy aquí.

Detrás de él, Valentina había empezado a hablar de nuevo, atropelladamente, con excusas que sonaban cada vez más huecas: —Alexander, de verdad, esto se está malinterpretando, yo solo le estaba enseñando responsabilidad, todos los niños deben tener tareas en casa—

Pero Alexander ya no la escuchaba.

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Solo tenía ojos, y oídos, para su hija.

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