Chapter 3 - Botones de Esmoquin y Madera Rota

Un retumbo hizo vibrar las tablas del suelo.
No era la música.
No eran las risas.
Eran pasos.
Pesados.
Rápidos.
El niño abrió los ojos.
La franja de luz dorada bajo la puerta parpadeó, interrumpida por una sombra inmensa.
Alguien estaba del otro lado.
Un golpe metálico resonó.
Una silla cayendo con violencia.
La madera de la silla golpeando el mármol sonó como un disparo.
Las voces en el salón se apagaron de golpe.
El pomo de bronce de la puerta giró bruscamente.
El mecanismo gimió, forzado desde el exterior.
Las pesadas hojas de caoba se abrieron de par en par.
La luz de los candelabros de cristal irrumpió en el pasillo, cegadora.
El niño levantó un brazo para cubrirse los ojos.
El papel arrugado seguía en su otra mano.
Allí estaba.
Enmarcado por la luz amarilla.
Un hombre mayor.
Esmoquin gris.
Hombros anchos que bloqueaban casi toda la puerta.
El rostro del hombre estaba tenso.
Una vena palpitaba en su cuello, justo por encima del nudo de la corbata.
La respiración del hombre era audible.
Inhalaciones cortas y furiosas.
Sus ojos escanearon el suelo hasta encontrar el pequeño bulto blanco y oscuro entre los abrigos.
El hombre no dijo una palabra.
Sus gruesos zapatos de cuero negro acortaron la distancia en dos zancadas.
Se dejó caer sobre una rodilla.
La tela del esmoquin gris se tensó.
Brazos grandes, pesados, rodearon al niño.
El hombre lo levantó del suelo con un solo movimiento.
El niño soltó la respiración que no sabía que estaba conteniendo.
Su rostro se hundió en el hombro del esmoquin gris.
Olía a tabaco, a colonia fuerte y a calor.
Los pequeños dedos se cerraron alrededor de la solapa de seda del hombre.
Se aferraron a ella como si estuvieran a punto de caer por un precipicio.
El hombre apoyó su gran mano en la nuca del niño.
Los dedos ásperos se enredaron en el cabello fino.
El pecho del hombre subía y bajaba.
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Un escudo latiendo a un ritmo furioso.
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