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EL INSTANTE DEL CRISTAL / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - Lo Que Queda Después del Silencio

La ambulancia privada llegó veinte minutos después.

Clara insistió en caminar hasta ella por su propio pie, aunque cada paso le arrancaba una mueca de dolor que trataba de disimular sin mucho éxito.

—Debería usar la silla de ruedas —dijo el paramédico.

—Puedo caminar —insistió ella, con la terquedad de alguien acostumbrado a que nadie más resolviera sus problemas.

Adrian la observó desde la puerta del ala privada, con Leo dormido ya en sus brazos —el cansancio había vencido finalmente al niño, después de la adrenalina de la noche.

—Señorita Duval.

Clara se detuvo, a mitad de camino hacia la ambulancia.

—Alguien de mi equipo se pondrá en contacto con usted mañana —dijo Adrian—. Para hablar de la compensación. Y de algunas preguntas más.

—No necesito compensación —dijo Clara, aunque su cuenta bancaria, y la tos de su hermano, dijeran exactamente lo contrario—. Solo hice lo que cualquier persona haría.

—No —dijo Adrian, con una certeza que no dejaba espacio a discusión—. No es lo que cualquier persona haría. Créame, señorita Duval, he visto a muchas personas en situaciones de peligro. La mayoría corre. Usted se quedó.

Clara no supo qué responder a eso.

—Descanse —dijo Adrian finalmente—. Hablaremos pronto.

La ambulancia se la llevó por las calles de la ciudad, las luces nocturnas desdibujándose en manchas de color detrás de la ventanilla, mientras un paramédico le revisaba el pulso y le hacía preguntas rutinarias que ella respondía casi por inercia.

En el hospital, le hicieron radiografías, le limpiaron los cortes, le confirmaron que no tenía nada roto —solo contusiones profundas, cortes superficiales, y un agotamiento que le pesaba en cada hueso.

A las tres de la mañana, finalmente le dieron el alta, con instrucciones de reposo y una bolsa de medicamentos que ella sabía que no iba a poder pagar sin ayuda.

Tomó un taxi hasta su apartamento —un edificio viejo, de escaleras que crujían, en un barrio donde el aire olía a comida de otros vecinos y a humedad antigua.

Su hermano, Tomás, de catorce años, la esperaba despierto en el sofá, envuelto en una manta, con los ojos hinchados de sueño pero abiertos, alerta, preocupados.

—¿Qué te pasó? —preguntó, levantándose de un salto al verla entrar con vendajes en la frente y en el brazo.

—Un accidente en el trabajo —dijo Clara, intentando sonar despreocupada—. Estoy bien.

—No pareces "bien". Pareces que te atropelló un camión.

—Fue una caída. Con vidrios. Nada grave.

Tomás la ayudó a sentarse en el sofá, con una delicadeza que contradecía su tamaño de adolescente torpe y en crecimiento.

—¿Y el trabajo? ¿Vas a poder volver?

—El dueño del restaurante... —Clara se detuvo, corrigiéndose—. No, no era el dueño. Era un cliente. Dijo que me va a dar una compensación.

—¿Cuánto?

—No lo sé todavía.

Tomás la miró con esa mezcla de esperanza y desconfianza que solo desarrollan los niños que han crecido viendo a los adultos prometer cosas que después no cumplen.

—¿Crees que sea suficiente para el médico que necesito?

La pregunta, tan directa, tan simple, le dolió a Clara más que cualquier fragmento de cristal esa noche.

—Voy a asegurarme de que lo sea —dijo, con una determinación que no sabía de dónde sacaba, dado el estado de su cuerpo.

Esa noche, Clara no durmió, a pesar del agotamiento.

Se quedó mirando el techo agrietado de su habitación, repasando una y otra vez los últimos minutos en el restaurante: el niño con el dinosaurio, la frase sobre el juguete roto, el carrito de servicio que apareció de la nada, el mesero que nadie conocía, la mirada calculadora de Adrian Cassidy cuando le preguntó "¿por qué lo hizo?".

Algo en toda esa secuencia no encajaba, y Clara, a pesar del dolor y el cansancio, no podía dejar de pensarlo.

Un mesero sin registro en la nómina.

Un carrito de servicio empujado hacia una zona que se suponía privada, protegida por guardaespaldas.

Un golpe calculado, en el momento exacto en que ella pasaba con la bandeja.

¿Había sido realmente un accidente?

O, como Adrian parecía sospechar, ¿alguien había intentado hacerle daño a Leo, usando el caos de una caída aparentemente fortuita para camuflar algo mucho más oscuro?

Clara se preguntó, con un escalofrío, si ella misma había sido parte de algún plan que todavía no comprendía del todo. Tal vez no como víctima, sino como una pieza inesperada que había arruinado los cálculos de alguien.

Su teléfono sonó a las nueve de la mañana.

Un número desconocido.

—¿Diga?

—Señorita Duval —dijo una voz masculina, formal, que Clara no reconoció—. Hablo de parte del señor Cassidy. Necesitamos coordinar una reunión hoy mismo, si es posible.

—Estoy... no me siento en condiciones de salir todavía.

—El señor Cassidy puede enviar a alguien a su domicilio, si lo prefiere. O, si se siente más cómoda, un auto puede llevarla a nuestras oficinas.

Clara dudó.

Algo en su instinto le decía que aceptar esa reunión significaba entrar más profundamente en un mundo del que no tenía manera de salir fácilmente.

Pero pensó en Tomás, en su tos, en las facturas pendientes.

—Puede enviar el auto —dijo finalmente—. Deme una hora.

Colgó el teléfono, y se quedó mirando el vendaje en su antebrazo, los pequeños puntos rojos donde los fragmentos de cristal habían atravesado la piel.

Todo lo que está roto todavía puede correr, había dicho Adrian a su hijo, la noche anterior, hablando de un dinosaurio de juguete.

Clara se preguntó si esa frase también se aplicaba a ella. A su vida rota en pedazos pequeños: un trabajo precario, un hermano enfermo, una madre que había desaparecido hacía años sin dejar más que facturas y silencio.

Se levantó, con el cuerpo entero protestando, y empezó a prepararse para lo que fuera que esa reunión con Adrian Cassidy significara.

No sabía todavía que esa reunión cambiaría el curso completo de su vida.

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Ni que la pregunta que Adrian le había hecho la noche anterior —"¿por qué lo hizo?"— era apenas el principio de una investigación mucho más profunda, una que terminaría revelando secretos que ni ella misma conocía sobre su propio pasado.

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