Chapter 9 - El Segundo Cristal

Localizaron a Alenko once días después, en una bodega abandonada en las afueras de la ciudad, disfrazada como un almacén de importaciones legítimas.
Adrian insistió en participar personalmente en la operación, a pesar de las objeciones de Marcus y Viktor.
—Es demasiado peligroso, señor —había argumentado Marcus—. Debería quedarse en la mansión, con Leo.
—Precisamente porque tiene que ver con Leo es que debo estar ahí —había respondido Adrian, con una determinación inquebrantable—. Alenko amenazó a mi hijo. Necesito verlo terminar esto con mis propios ojos.
Clara, mientras tanto, permaneció en la mansión, encargada de cuidar a Leo, quien percibía la tensión en el ambiente a pesar de los esfuerzos de todos por ocultarla.
—Algo está pasando —dijo el niño esa noche, mientras Clara intentaba, sin mucho éxito, distraerlo con un libro de cuentos.
—Solo es trabajo de tu papa —dijo Clara, con una sonrisa que sabía que no era del todo convincente.
—Es sobre el hombre malo, ¿verdad? El que hizo que te cayeras aquella noche.
Clara se quedó helada, sorprendida por la perspicacia del niño.
—¿Cómo sabes eso?
—Escuché a Marcus hablando con papa. Dijeron un nombre. Alenko.
—No deberías escuchar conversaciones de adultos, Leo.
—Los adultos no me dicen nada —respondió el niño, con esa lógica implacable que Clara ya conocía bien—. Así que tengo que escuchar a escondidas si quiero entender qué está pasando en mi propia vida.
Clara no pudo argumentar contra esa lógica, porque en el fondo, sabía que el niño tenía razón.
—Está bien —dijo finalmente, sentándose junto a él en la cama—. Hay un hombre peligroso que hizo daño a mi familia hace mucho tiempo, y que intentó hacerte daño a ti también. Tu papa está tratando de detenerlo, para que nadie más salga lastimado.
—¿Y si le pasa algo a papa?
La pregunta, tan directa, tan temida, dejó a Clara sin palabras por un momento.
—Tu papa es muy fuerte —dijo finalmente—. Y tiene gente muy capaz cuidándolo.
—Como tú me cuidas a mí.
—Exactamente como yo te cuido a ti.
Leo se quedó en silencio un momento, procesando la información con esa seriedad prematura que definía su carácter.
—Si algo le pasa a papa —dijo finalmente, con una vulnerabilidad que rompió el corazón de Clara—, ¿tú te quedarías conmigo?
Clara sintió que las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero las contuvo, por el bien del niño.
—Me quedaría contigo pase lo que pase, Leo. Eso te lo prometo.
La operación en la bodega se extendió durante horas tensas, de las que Clara solo recibía actualizaciones fragmentadas a través de mensajes breves de Marcus.
Llegamos al lugar.
Confirmando ubicación exacta de Alenko.
Iniciando movimiento.
Y luego, un silencio que se extendió durante lo que pareció una eternidad, hasta que finalmente, pasada la medianoche, un último mensaje llegó:
Terminado. Alenko capturado. Todos a salvo. Adrian herido, pero estable.
Clara sintió que las piernas le fallaban ante la noticia mixta.
Adrian llegó a la mansión dos horas después, con un vendaje improvisado en el hombro izquierdo, donde una bala había rozado el músculo sin causar daño mayor, pero suficiente para requerir puntos y varios días de reposo.
Leo, a pesar de la hora tardía, corrió hacia su padre en cuanto lo vio cruzar la puerta principal.
—¡Papa! —gritó, abrazándolo con una fuerza que hizo que Adrian hiciera una mueca de dolor, aunque no dijo nada al respecto.
—Estoy bien, Leo. Todo está bien ahora.
—¿El hombre malo ya no puede hacernos daño?
—Ya no —confirmó Adrian, con una certeza que Clara, observando la escena desde una distancia respetuosa, deseaba con todas sus fuerzas que fuera verdad.
Esa noche, después de que Leo finalmente se durmiera, exhausto por la emoción del día, Clara encontró a Adrian sentado solo en su oficina, con el brazo en cabestrillo, mirando por la ventana hacia la oscuridad del jardín.
—¿Cómo está su hombro? —preguntó, entrando con cautela.
—Dolerá por unos días. Nada que no haya experimentado antes.
Clara se sentó frente a él, sin saber exactamente qué decir.
—Alenko confesó todo —dijo Adrian, sin que ella tuviera que preguntar—. La orden de sabotear el sofá, la infiltración de Dmitri, la búsqueda del cuaderno de su padre. Todo.
—¿Qué va a pasar con él ahora?
—Las autoridades ya tienen suficiente evidencia, gracias al cuaderno de su padre y a la confesión de Alenko, para asegurar que pase el resto de su vida en prisión. No solo por lo que intentó hacerle a Leo, sino por décadas de crímenes documentados.
Clara sintió una liberación extraña, una mezcla de justicia tardía y un dolor que todavía no terminaba de procesar del todo.
—Mi padre finalmente puede descansar —dijo, más para sí misma que para Adrian—. Después de veinte años, su sacrificio finalmente significa algo.
—Su padre fue un hombre valiente —dijo Adrian, con una sinceridad que sorprendió a Clara—. Y usted heredó esa valentía, señorita Duval. La misma noche en que casi le cuesta la vida por proteger a mi hijo.
—Clara —corrigió ella, suavemente—. Creo que después de todo esto, puede llamarme Clara.
Adrian asintió, con algo parecido a una sonrisa genuina cruzando su rostro por primera vez desde que ella lo conocía.
—Clara —repitió—. Gracias. Por todo lo que ha hecho, y por todo lo que su familia sacrificó, sin saberlo, para que este momento finalmente llegara.
En la habitación contigua, sin que ninguno de los dos lo supiera, Leo se había despertado brevemente, atraído por el sonido de las voces familiares.
Escuchó fragmentos de la conversación, sin entender del todo el contexto completo, pero captando lo esencial: el peligro había terminado, su papa estaba a salvo, y Clara —la mujer que lo había protegido con su propio cuerpo, que ahora cuidaba de él cada día— iba a quedarse.
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Sonrió, satisfecho, y volvió a quedarse dormido, con el dinosaurio verde de pata reparada apretado contra su pecho, sin saber que esa noche marcaba no solo el final de un peligro, sino el comienzo de algo completamente nuevo para todos ellos.
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