Chapter 6 - La Pregunta Que Nadie Termina

Las oficinas de Adrian Cassidy ocupaban dos pisos completos de un edificio de cristal en el centro financiero de la ciudad.
Clara llegó vestida con la ropa más presentable que tenía —una blusa blanca, algo desgastada en los puños, y una falda oscura— sintiéndose fuera de lugar desde el momento en que cruzó las puertas giratorias de vidrio.
Una asistente la guio hasta una sala de reuniones en el piso veinte, con vistas panorámicas de la ciudad, muy distintas al cielo violeta y gris de la noche anterior.
Adrian ya estaba ahí, sin la chaqueta del traje esta vez, con las mangas remangadas, revisando documentos en una tablet.
—Señorita Duval —dijo, levantándose—. Gracias por venir a pesar de las circunstancias.
—No fue exactamente una invitación que pudiera rechazar —respondió Clara, con una honestidad que le salió antes de poder filtrarla.
Adrian esbozó algo parecido a una sonrisa, la primera que Clara le veía.
—Tiene razón. Discúlpeme la falta de sutileza. No es mi fuerte.
—¿Y qué es su fuerte, señor Cassidy?
—Resolver problemas. De la forma que sea necesaria.
Clara se sentó frente a él, cruzando los brazos instintivamente sobre el vendaje de su antebrazo.
—¿Y yo soy un problema que necesita resolver?
—No —dijo Adrian, con una seriedad repentina—. Usted es la única pieza de anoche que no encaja en ningún problema que yo pueda identificar. Y eso, en mi mundo, es más valioso de lo que imagina.
Sacó una carpeta de papel manila y la deslizó sobre la mesa hacia ella.
—Investigué su historial, señorita Duval. Espero que me disculpe la invasión, pero en mi posición, la confianza ciega no es una opción.
Clara abrió la carpeta con manos que no pudo evitar que temblaran un poco.
Dentro había copias de documentos: su historial laboral, registros médicos de su hermano Tomás, incluso fotografías antiguas de una casa que ella recordaba de su infancia, en un pueblo pequeño a varias horas de la ciudad.
—Esto es... —Clara sintió una mezcla de indignación y vulnerabilidad—. Esto es una violación completa de mi privacidad.
—Lo es —admitió Adrian, sin disculparse del todo—. Pero necesitaba entender quién es usted antes de continuar esta conversación.
—¿Y qué descubrió?
—Que su madre abandonó a usted y a su hermano hace ocho años. Que usted ha trabajado desde los diecisiete para mantener a Tomás. Que ha rechazado tres ofertas de trabajo mejor pagadas en el pasado porque requerían mudarse, y usted no quería alejar a su hermano de su escuela actual, donde finalmente había logrado hacer amigos después de varios cambios de ciudad.
Clara sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—Eso no tiene nada que ver con lo que pasó anoche.
—Tiene todo que ver —corrigió Adrian—. Muestra un patrón. Usted sacrifica su propio beneficio por proteger a alguien más vulnerable, de forma consistente, durante años. Lo que hizo anoche con mi hijo no fue un impulso aislado. Es quien usted es.
Clara no supo si sentirse halagada o profundamente incómoda ante ese análisis tan clínico de su propia vida.
—¿Y por qué le importa tanto entender por qué lo hice?
Adrian se recostó en su silla, estudiándola con esa mirada de piedra que Clara empezaba a reconocer como su expresión por defecto.
—Porque anoche alguien intentó hacerle daño a mi hijo, señorita Duval. Y necesito rodearlo de personas en quienes pueda confiar completamente. Personas que, como usted, actúen para proteger a los demás incluso cuando eso implique un costo personal.
—¿Está insinuando algo?
—Estoy ofreciendo algo —corrigió Adrian—. Un puesto. Cuidadora personal de Leo. Seguridad, educación, tiempo compartido. Un salario que multiplicaría por diez lo que ganaba en el restaurante. Además de cubrir, por supuesto, todos los gastos médicos de su hermano.
Clara se quedó sin palabras por un largo momento.
—Eso suena... demasiado bueno para ser real.
—La mayoría de las cosas buenas, en mi experiencia, tienen un costo oculto —admitió Adrian, con una honestidad brutal que Clara no esperaba—. El costo, en este caso, es que va a formar parte de un mundo peligroso. Mi mundo. Y anoche, alguien demostró que está dispuesto a lastimar a un niño de seis años para lograr sus objetivos.
—¿Sabe ya quién fue?
Adrian negó con la cabeza, con una frustración apenas contenida.
—Todavía no. Pero lo voy a averiguar. Y cuando lo haga, necesito que Leo esté rodeado de personas capaces de protegerlo de verdad. No solo guardaespaldas entrenados para reaccionar ante amenazas obvias. Necesito a alguien que, como usted, actúe por instinto genuino de protección.
Clara pensó en Tomás, en la tos que ya llevaba semanas sin mejorar, en las facturas médicas que se acumulaban como una montaña imposible de escalar.
Pensó también en Leo, en su lógica infantil devastadora, en la forma en que había dicho "eso es lo que hacen las mamás" la noche anterior, sin ninguna intención de herir, pero hiriéndola de todos modos.
—Necesito pensarlo —dijo finalmente.
—Por supuesto —respondió Adrian—. Pero no tome demasiado tiempo. Mientras más rápido decida, más rápido puedo empezar a construir la seguridad que Leo necesita.
Se levantó, dando por terminada la reunión, pero antes de que Clara pudiera hacer lo mismo, añadió:
—Una cosa más, señorita Duval.
—¿Sí?
—Anoche, cuando le pregunté por qué lo hizo, usted dijo que su cuerpo decidió antes que usted. Pero hay algo que noté en la grabación de seguridad, algo que todavía no logro entender del todo.
—¿Qué cosa?
Adrian caminó hacia la ventana, mirando la ciudad extenderse abajo, gris y dorada bajo el sol de la mañana.
—Justo antes de caer, usted miró hacia el sofá dos veces. No una. Dos. Como si estuviera calculando algo, evaluando una distancia, un ángulo. La primera mirada fue casual, la de cualquier mesera pasando junto a un cliente. Pero la segunda...
Se giró hacia ella.
—La segunda mirada fue distinta. Fue la mirada de alguien que ya sabía que algo iba a pasar.
Clara sintió que un escalofrío le recorría la espalda, mucho más frío que cualquier dolor físico de sus heridas.
—Eso es imposible —dijo—. Yo no sabía nada. ¿Cómo podría haber sabido que el carrito iba a golpear el sofá?
—Esa es exactamente la pregunta que me mantiene despierto, señorita Duval —dijo Adrian, con una intensidad que hizo que las palabras quedaran suspendidas en el aire de la sala como una acusación velada—. ¿Cómo podría haberlo sabido?
El silencio que siguió se sintió como el filo de un cristal roto, cortando cualquier posibilidad de respuesta fácil.
Clara salió de esa oficina con más preguntas de las que había llevado al entrar, y con la sensación incómoda de que Adrian Cassidy, a pesar de su oferta generosa, todavía no confiaba del todo en ella.
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Y, por primera vez desde la caída, empezó a preguntarse si ella misma tenía razones para desconfiar de sus propios recuerdos de esa noche.
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