Chapter 3 - EL MAPA DE LA PIEL

El hombre cayó de rodillas sobre las baldosas pulidas sin medir el impacto en sus rótulas.
El golpe seco del hueso contra el piso cerámico resonó en todo el corredor, pero sus brazos ya estaban extendidos.
Rodeó el cuerpo menudo con una fuerza que le aplastó el mentón contra la coronilla rubia del pequeño.
La camiseta blanca del niño olía a encierro, a sudor viejo y al perfume dulzón que la mujer dejaba en cada rincón.
Las manos del padre recorrieron la espalda pequeña, contando las vértebras una a una a través del algodón.
"¿De verdad eres tú?"
La voz del hombre se rompió en un graznido ahogado contra el cabello del niño.
El pequeño no emitió un sollozo limpio; solo un temblor continuo en la caja torácica que le impedía llenar los pulmones.
Cuando el padre apartó su rostro para mirarlo a los ojos, sus dedos tropezaron con el brazo derecho del menor.
La manga corta dejaba al descubierto tres líneas rojas, paralelas y profundas, que cruzaban desde el codo hasta la muñeca.
La costra aún estaba fresca, levantada en los bordes como si hubiese sido frotada contra una superficie áspera y metálica.
La mujer del vestido rosa se acercó un paso más, apoyando una mano en el marco del armario con fingida sorpresa.
"Se raspó jugando con los cables del sótano ayer por la tarde, ya le puse desinfectante", dijo ella con tono cantarín.
El niño miró su propio brazo y después fijó la vista en los eslabones dorados que colgaban del cuello de la mujer.
Apretó los labios hasta dejarlos blancos, sin desmentirla en voz alta frente a la autoridad de su padre.
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Para un niño, las uñas largas de los adultos no son uñas; son garras que crecen cuando las puertas se cierran por fuera.
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