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LA CAJA AZUL / Chapter 1 / 10

Chapter 1 - La caja azul

Mateo tiene seis años.

Y una caja de almuerzo azul, con cuatro compartimentos, como un mapa pequeño de un país que ya no existe.

La aprieta contra el pecho.

Sus dedos, cortos, dejan marcas de sudor en el plástico.

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La cocina huele a limón y a cera de piso recién pulido.

Todo brilla.

El mármol brilla.

Los gabinetes blancos brillan.

Los ojos de Renata no brillan.

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—¿Qué es eso? —pregunta ella, sin mirar a Mateo, mirando el reloj de la pared.

—Mi... mi almuerzo.

—¿Quién te dio permiso?

Mateo no responde.

No sabe que existen permisos para comer.

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Antes, cuando su mamá vivía, la caja azul se llenaba cada noche, sobre la encimera, mientras Mateo dormía.

Ahora Mateo la llena solo.

Con lo que encuentra.

Con lo que sobra.

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Hoy encontró arroz frío y dos granos de maíz.

Los contó.

Uno.

Dos.

Los guardó como quien guarda monedas.

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Valentina lo observa desde la puerta de la cocina.

Nueve años.

Un suéter gris demasiado grande, heredado, con las mangas dobladas tres veces.

Ella sabe contar hasta diez sin usar los dedos.

Sabe también cuándo algo malo está por pasar.

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—Mateo, ven aquí —dice, con la voz baja de quien ha aprendido a hablar en susurros dentro de su propia casa.

Pero Mateo no se mueve.

Tiene hambre.

Y el hambre, a los seis años, pesa más que el miedo.

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Renata se acerca.

Sus tacones no hacen ruido sobre el piso pulido, y eso es lo más aterrador de ella: que nunca hace ruido antes de hacer daño.

—Dame eso.

—Es mío.

—Nada en esta casa es tuyo.

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La mano de Renata se cierra sobre la caja.

Mateo la sostiene con las dos manos, como si fuera un animal pequeño que pudiera escapársele.

No lo logra.

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El tirón es corto.

Seco.

Como una rama que se parte.

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La tapa se abre en el aire.

El arroz cae antes que la caja.

Cae en cámara lenta, o eso le parece a Mateo, que ve los dos granos de maíz separarse del arroz como si también quisieran escapar.

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Todo termina en el bote de basura.

Un golpe sordo contra la bolsa negra.

Renata se limpia los dedos en un paño que no necesitaba limpieza.

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—Hoy no cenas.

—Tengo hambre.

—Debiste pensarlo antes de avergonzarme frente a mis amigas.

Mateo no entiende qué avergüenza a un adulto.

Solo entiende que su estómago suena, y que nadie en esa cocina va a escucharlo.

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Las lágrimas le llegan sin aviso.

No lloran los ojos primero.

Llora la barbilla, que tiembla, y después la boca, que se dobla hacia abajo como un puente roto.

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—¡Oye! —Valentina cruza la cocina en tres pasos.

Se para entre Renata y su hermano, los brazos cruzados, la barbilla alta.

Nueve años sosteniendo el peso de toda una casa.

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—Devuélvele su comida.

—Ya está en la basura.

—¡Entonces sácala!

—No seas ridícula.

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Valentina señala con el dedo.

No es un gesto infantil.

Es un gesto que ha visto en las películas, en los adultos que defienden a otros adultos, y lo usa ahora porque no tiene otra herramienta.

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—Mi mamá nunca lo dejó sin comer.

Silencio.

El tipo de silencio que tiene bordes filosos.

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Renata se agacha, hasta quedar a la altura de los ojos de Valentina.

—Tu mamá —dice, despacio, como quien mastica cada palabra antes de escupirla— ya no está aquí para decidir nada.

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Mateo llora más fuerte.

No por las palabras — es demasiado pequeño para entender del todo lo que significan —, sino por el sonido.

El sonido de su hermana respirando rápido, como antes de una pelea.

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—¡Devuélveselo! —grita Valentina, y su voz se rompe a la mitad, como la de alguien que grita más para no llorar que para ser escuchada.

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Renata se endereza.

Se alisa el vestido beige con las palmas de las manos, un gesto que repite siempre después de hacer algo que sabe que no debería hacer.

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—Vayan a su cuarto.

—No.

—Valentina.

—¡No hasta que le devuelvas la comida a mi hermano!

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Es entonces cuando se escucha, desde el pasillo de entrada, el sonido metálico de unas llaves.

Y una puerta.

Y unos pasos que ninguno de los tres reconoce todavía como el sonido de la salvación —o de algo peor.

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Mateo, sin soltar la caja vacía, mira hacia la puerta.

Sus lágrimas se detienen a la mitad, suspendidas, como si su cuerpo entero contuviera la respiración.

Porque ese paso — ese paso específico, con ese peso específico en el talón — solo puede ser una persona.

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Papá ha llegado a casa.

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