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LA CAJA AZUL / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - Los papeles que no mienten

El abogado llega al día siguiente, poco después del mediodía.

Se llama Ricardo, tiene el pelo entrecano y una carpeta de cuero gastada que carga bajo el brazo como si fuera parte de su cuerpo.

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Se sienta en la sala con Diego, la abuela, y los documentos extendidos sobre la mesa de centro.

Valentina y Mateo están en el cuarto de juegos, pero la puerta queda abierta — Diego ya decidió, después de lo de ayer, que en esa casa ya no van a existir puertas cerradas por sorpresa.

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—Esto es exactamente lo que parece —dice Ricardo, revisando la segunda hoja con lentes de lectura apoyados en la punta de la nariz—. Un fideicomiso legítimo, notariado, a nombre de Valentina y Mateo, con fecha de dieciocho días antes del fallecimiento de Elena.

Es completamente válido. Nadie puede tocarlo hasta que Valentina cumpla veinticinco años, y solo bajo las condiciones que aquí se especifican.

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—¿Y el otro documento? —pregunta Diego, señalando el borrador con la letra de Renata—. ¿Tiene algún valor legal?

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—Ninguno. Es un borrador sin firmar, sin notariar. Pero —Ricardo hace una pausa, mirando a Diego por encima de sus lentes— sí demuestra intención. Si en algún momento necesitas argumentar algo en un proceso de divorcio, esto ayuda a establecer un patrón.

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La palabra "divorcio" flota en la sala un momento, pesada, pero no sorprendente.

Diego ya la había pensado, la noche anterior, mientras veía dormir a sus dos hijos, uno en cada cuarto, por primera vez en mucho tiempo sin el peso de la tensión de la casa sobre los hombros de ninguno de los tres.

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—Quiero que sea rápido —dice—. Y quiero que quede claro, por escrito, que ella no tiene ningún derecho sobre el fideicomiso de los niños ni sobre esta casa.

—Eso ya está protegido por lo que dejó Elena. Mi trabajo ahora es asegurarme de que todo el resto del proceso también quede blindado.

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La abuela, sentada en el sillón junto a Diego, con una taza de té entre las manos que apenas ha tocado, interviene por primera vez.

—Ricardo, ¿hay alguna manera de que esto ayude también a proteger a los niños en el futuro? No solo el dinero. Ellos.

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—¿A qué se refiere?

—A que si algún día Diego vuelve a casarse, no quiero que otro adulto tenga la posibilidad de encerrarme en mi cuarto, o de tirar la comida de mis nietos a la basura, solo porque decidió que tenía ese derecho.

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Ricardo asiente despacio, anotando algo en su libreta.

—Podemos incluir cláusulas de protección adicionales. No es común, pero tampoco es imposible. Lo voy a redactar con cuidado.

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Diego mira hacia la puerta del cuarto de juegos, donde alcanza a ver, de reojo, a Mateo construyendo una torre de bloques mientras Valentina le indica, con la paciencia de una hermana mayor, cómo hacerla más alta sin que se caiga.

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—Hagámoslo —dice—. Todo lo que sea necesario para que esto no vuelva a pasar.

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