Chapter 9 - Lo que queda después de una tormenta

Pasan tres semanas.
La casa, sin Renata, se siente distinta — no vacía, sino más ligera, como cuando se abre una ventana después de mucho tiempo cerrada y el aire viejo por fin puede salir.
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Mateo tiene una nueva rutina.
Cada noche, antes de dormir, elige lo que quiere en su caja azul para el día siguiente.
Diego lo anota en una libreta pequeña que compró solo para eso, como si fuera un menú de restaurante escrito por un niño de seis años con letra torcida y muchos dibujos de soles en los márgenes.
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—Mañana quiero pollo y manzana —dice Mateo, una noche, sentado sobre la encimera mientras Diego lava los platos.
—Anotado.
—¿Y jugo?
—También anotado, jefe.
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Valentina ha empezado a dormir mejor.
Diego lo nota porque ya no la encuentra despierta a medianoche, sentada en el pasillo frente a la puerta del cuarto de su hermano, "por si acaso", como ella decía cuando él le preguntaba qué hacía ahí.
Ahora duerme en su propia cama, toda la noche, sin necesidad de vigilar nada.
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La abuela ha recuperado algo de su rutina también — las tardes de té en el jardín, los programas de radio que le gustan, las visitas cortas de sus amigas del vecindario que Renata, en algún momento, había empezado sutilmente a desalentar.
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—¿Sabes lo que más extraño de esa mujer? —le dice la abuela a Diego una tarde, mientras él le sirve el té.
—¿Qué?
—Nada. No extraño absolutamente nada.
Y los dos se ríen, una risa que hace apenas un mes hubiera sido impensable en esa casa.
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El divorcio avanza sin sobresaltos.
Ricardo se ocupa de todo con la eficiencia fría y precisa de alguien que ha visto casos mucho peores, y Renata, sin ningún documento legal de su lado, sin ningún argumento sólido, termina por ceder en cada punto.
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—No va a volver a esta casa —le confirma Ricardo a Diego, por teléfono, una tarde—. Ni al fideicomiso, ni a ningún activo compartido. Está todo resuelto.
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Diego cuelga el teléfono y se queda un momento de pie en la cocina, mirando por la ventana el jardín donde Mateo y Valentina juegan, persiguiéndose entre risas, con una libertad en los movimientos que él no recordaba haber visto en ellos en mucho tiempo.
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Se acerca a la puerta trasera.
—¡Niños! ¡La cena está lista!
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Corren hacia la cocina, empujándose juguetonamente por llegar primero, y se sientan en la mesa redonda, cada uno en su lugar, sin que nadie tenga que asignárselo.
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—Papá —dice Mateo, con la boca ya medio llena de arroz—. ¿Puedo llevar pollo mañana también?
—Puedes llevar lo que quieras, todos los días que quieras.
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—¿Para siempre?
—Para siempre.
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Mateo sonríe con esa sonrisa amplia, sin dientes de leche que ya se le cayeron por delante, y sigue comiendo, sin saber todavía — porque es demasiado pequeño para saberlo con palabras — que acaba de recibir la promesa más importante de toda su vida: que nunca más nadie va a tirar su comida a la basura solo por capricho.
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