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LA CENA QUE NO TERMINAMOS / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - La cuna sin nombre

En el séptimo mes de embarazo, Marina por fin armó la cuna.

Lo hizo sola, un domingo por la tarde, con un manual de instrucciones en tres idiomas y una tenacidad que no admitía ayuda de nadie, ni siquiera de su madre, que se ofreció tres veces y fue rechazada tres veces con la misma frase: "Necesito hacer esto yo."

La cuna quedó en el cuarto que había estado vacío desde la mudanza, el que tenía las paredes más blancas de todo el departamento, esperando, sin saberlo, un color que Marina todavía no había decidido.

Tampoco había decidido un nombre.

David había insistido, durante el embarazo, en que eligieran el nombre juntos, como habían hecho con Teo y con Lu. Pero después de la cena, después de la maleta, después de las ruedas rodando por el pasillo, Marina se dio cuenta de que ya no quería esperar a nadie para nombrar a su propio hijo.

Aun así, no encontraba el nombre correcto.

Cada opción le parecía manchada, de alguna manera, por los últimos meses: nombres que había considerado antes de la cena le sonaban ahora a una vida distinta, a una casa distinta, a una versión de familia que ya no existía.

***

Una tarde, mientras Marina doblaba ropa de bebé recién comprada —diminutos pijamas amarillos, porque todavía no sabían el sexo con certeza y ella prefería esperar la sorpresa—, Teo entró al cuarto y se sentó en el suelo, junto a la cuna.

—¿Ya sabes cómo se va a llamar?

—Todavía no.

Teo se quedó pensando, con esa mirada seria que Marina ya conocía bien, la mirada de las decisiones importantes.

—¿Puedo sugerir uno?

—Claro.

—Valentina, si es niña. Porque en la escuela nos enseñaron que "valiente" viene de ahí. Y tú fuiste valiente cuando nos sacaste de la cena.

Marina dejó de doblar la ropa.

Se quedó mirando a su hijo, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, siete años, hablando de valentía y de nombres con una claridad que le apretó el pecho.

—¿Y si es niño?

—Mateo. Porque se parece a mi nombre, y quiero que sepa que somos hermanos desde el nombre, no solo desde la familia.

Marina se arrodilló, con esfuerzo, por el peso del vientre, y abrazó a su hijo.

—Son nombres hermosos, Teo.

—¿Los vas a usar?

—Los voy a considerar muy en serio.

Y esa misma noche, después de acostar a los niños, Marina escribió en un papel, con letra clara: Valentina o Mateo.

Lo pegó en la puerta del refrigerador, con un imán en forma de elefante que Lu había insistido en comprar "porque combina con el peluche".

***

David se enteró del nombre propuesto una semana después, cuando Teo, durante una de las visitas de sábado, se lo mencionó con orgullo, sin saber que estaba compartiendo información que su madre todavía no había decidido oficializar.

—Valentina si es niña —dijo Teo, mientras comían un helado en el parque—. Porque mamá fue valiente.

David sintió que algo se le apretaba en la garganta.

—¿Eso lo dijiste tú?

—Sí. ¿Está bien?

—Está más que bien —dijo David, mirando hacia el vientre de Marina, que esperaba en un banco cercano, sin acercarse a la conversación, dándole a David y a los niños su espacio de sábado—. Es perfecto.

Esa tarde, cuando devolvió a los niños, David se acercó a Marina, con una cautela nueva, la cautela de alguien que ha aprendido, a fuerza de rechazo, a no dar nada por sentado.

—Teo me contó lo del nombre.

Marina se tensó, esperando algún reclamo, algún intento de reclamar un derecho que, técnicamente, todavía tenía como padre.

—¿Y?

—Me parece hermoso. Y me parece justo que ustedes tres lo hayan decidido sin mí.

Marina lo miró, sorprendida por la ausencia de pelea en su voz.

—¿No vas a pedir participar en la decisión?

David negó con la cabeza.

—Perdí ese derecho la noche de la cena. Lo sé. No vine a pelear por él. Vine a decir que, sea cual sea el nombre, voy a intentar merecer, algún día, ser parte de la vida de este bebé de la misma manera en que estoy intentando volver a ser parte de la vida de Teo y de Lu.

Marina se quedó en silencio un momento, evaluando, otra vez, si esa frase era sincera o era, simplemente, la actuación más reciente de un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería con palabras bonitas.

—Vamos a ver, David —dijo, la misma frase de siempre—. Vamos a ver.

Pero esta vez, algo en su tono era un poco menos frío que las veces anteriores.

Un poco.

Solo un poco.

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Pero era un cambio, y en esos meses, Marina había aprendido a reconocer los cambios pequeños como lo que eran: el único tipo de cambio verdadero que existe.

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