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LA LLAVE DENTRO DEL OSO / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - La Caja de Madera

El placard del antiguo cuarto de Elena ya no existía como tal.

Claudia lo había convertido en un vestidor, apenas seis meses después de la boda, con estantes nuevos y espejos que no habían estado ahí antes.

Pero las botas de invierno de Elena, extrañamente, seguían en el fondo, en una caja de cartón que nadie se había animado a tirar del todo.

Roberto esperó a que Claudia saliera a su clase de pilates —un ritual de los martes por la mañana que, por primera vez, él agradeció profundamente— para subir con Sophie al vestidor.

—Es acá —dijo la niña, señalando el fondo del placard, detrás de una hilera de zapatos que no eran suyos ni de su madre.

Roberto apartó los zapatos. Encontró la caja de cartón, cubierta de polvo, con las botas de invierno de Elena todavía adentro, olvidadas, como todo lo demás de ella en esa casa.

Debajo de las botas, envuelta en una bufanda vieja, encontró una segunda caja.

De madera.

Pequeña, del tamaño de una caja de zapatos infantil, con flores pintadas a mano en la tapa, ya descoloridas por el tiempo.

—Esa es —susurró Sophie, con los ojos abiertos como platos, como si estuviera viendo un fantasma amable, uno que por fin había decidido mostrarse.

Roberto la sacó con cuidado, como si pudiera romperse, como si dentro hubiera algo más frágil que objetos.

La apoyó sobre la cama.

Sacó la llave dorada del bolsillo.

Sus manos temblaban, y no le importó que temblaran.

La llave encajó en la cerradura como si hubiera estado esperando ese momento exacto durante tres años.

Giró.

Un clic seco, satisfecho, el sonido de un secreto que por fin decide dejar de serlo.

Roberto levantó la tapa.

Adentro había papeles. Cartas, algunas escritas a mano, otras impresas. Fotografías. Un pendrive pequeño, negro, con una etiqueta escrita con la letra de Elena: "Por si algo me pasa."

Sophie se acercó, curiosa, pero Roberto extendió un brazo, suave, para mantenerla un paso atrás.

—Dejame ver primero, mi amor. Después te cuento lo que pueda contarte.

La niña asintió, aunque sus ojos seguían fijos en la caja con la misma intensidad con la que había mirado, un día antes, a su oso hundiéndose en el agua.

Roberto tomó la primera carta.

Estaba dirigida a él. Nunca enviada. Fechada apenas una semana antes de la muerte de Elena.

"Roberto: si alguna vez lees esto, es porque las cosas salieron mal. Espero equivocarme. Espero que esto nunca sea necesario. Pero por las dudas, necesito dejarlo escrito en algún lado."

Siguió leyendo, con el corazón acelerándose línea tras línea.

Elena escribía sobre un socio de su hermano, un tal Marcos Ferrer, involucrado en un esquema de lavado de dinero a través de la empresa familiar. Escribía sobre haber encontrado, por accidente, documentación que probaba movimientos ilegales de fondos. Escribía sobre haber sido amenazada, primero con sutileza, después sin ningún disimulo, para que guardara silencio.

Y escribía sobre Claudia.

"Claudia no es quien dice ser. La conocí antes de que vos la conocieras a ella, aunque nunca te lo dije, porque en ese momento no le di importancia. Trabajaba con Marcos. Era su contadora. Cuando empezó a acercarse a vos, hace dos años, yo pensé que era casualidad. Ahora creo que no lo era. Creo que se acercó a vos por orden de Marcos, para tener un ojo cerca de mí, para saber cuánto sabía yo y a quién se lo podía contar."

</yo pensé que era casualidad. Ahora creo que no lo era. Creo que se acercó a vos por orden de Marcos, para tener un ojo cerca de mí, para saber cuánto sabía yo y a quién se lo podía contar."*

Roberto bajó la carta, mareado.

—Papá, ¿estás bien? —preguntó Sophie, alarmada por la palidez repentina de su padre.

—Sí, mi amor. Dame un segundo.

Volvió a la carta.

"Si me pasa algo, quiero que sepas que no fue un accidente, aunque lo hagan parecer así. Y quiero que cuides a Sophie de Claudia más que de nadie en el mundo. No sé de qué es capaz. Nunca lo supe del todo. Y eso, ahora que lo pienso, es lo que más miedo me da."

La carta terminaba ahí, sin firma, como si Elena la hubiera escrito de urgencia, sin tiempo ni ganas de despedirse formalmente de algo que esperaba, con toda su alma, no tener que enviar jamás.

Roberto miró el pendrive.

Lo sostuvo entre los dedos como si pesara una tonelada.

—¿Qué es eso? —preguntó Sophie.

—Es la voz de mamá —dijo Roberto, aunque todavía no lo sabía con certeza, era solo una corazonada, una intuición que le decía que ese pequeño objeto negro contenía la última pieza necesaria para entender todo—. Contándonos lo que le pasó.

Sophie se sentó en el borde de la cama, muy quieta, muy seria, con una madurez que ningún chico de siete años debería tener que desarrollar tan rápido.

—¿Va a decir que Claudia le hizo algo malo?

—No lo sé todavía.

—Yo creo que sí.

—¿Por qué?

Sophie se quedó pensando, buscando las palabras exactas, con esa precisión infantil que a veces logra desnudar la verdad mejor que cualquier discurso de adulto.

—Porque la gente buena no empuja a los chicos al agua para arreglar algo que salió mal.

Roberto no pudo, esta vez, encontrar ningún argumento en contra.

Guardó la carta, el pendrive, y todos los demás papeles de vuelta en la caja de madera, con el mismo cuidado con el que Elena, alguna vez, debió haberlos guardado ahí, sabiendo que quizás nunca los volvería a tocar.

—Esto lo vamos a llevar a la policía —dijo—. Y a un abogado. Hoy mismo.

—¿Y a Claudia?

—A Claudia también.

Sophie asintió, satisfecha, con la seriedad de un soldado que acaba de recibir la orden que esperaba.

Bajaron juntos, con la caja de madera escondida dentro de una mochila vieja, justo cuando el sonido de un auto se escuchaba entrando al garaje.

Claudia había vuelto de su clase de pilates.

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Antes de lo esperado.

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