Chapter 6 - El Regreso

El auto de Claudia se detuvo en el garaje con un chirrido de frenos más brusco de lo normal.
Roberto escuchó la puerta cerrarse con fuerza, un portazo que no encajaba con el ritual tranquilo de los martes.
—Sophie, subí a tu cuarto —dijo, con la mochila todavía colgada del hombro—. Cerrá la puerta con llave.
—¿Y vos?
—Voy a estar bien. Andá.
La niña dudó un segundo, pero después obedeció, subiendo las escaleras de dos en dos, con el corazón latiéndole tan fuerte como el día anterior en el fondo de la piscina.
Roberto guardó la mochila detrás de un sillón, no muy escondida, apenas fuera de la vista inmediata, y caminó hacia la cocina justo cuando Claudia entraba por la puerta del garaje.
Traía el pelo revuelto, sin el peinado prolijo de siempre. Los ojos rojos, como si hubiera estado llorando en el auto antes de entrar.
—Roberto, necesitamos hablar. En serio. Ahora.
—Estoy de acuerdo.
Ella se detuvo, sorprendida por la falta de resistencia.
—¿En serio?
—Sentate.
Claudia se sentó a la mesa de la cocina, la misma mesa donde horas antes Sophie le había contado sobre la caja de madera, sobre el nombre de Marcos, sobre las peleas de teléfono que había escuchado sin entender del todo su significado, hasta ahora.
—Llamé a mi abogado esta mañana —empezó Claudia, con una voz que temblaba entre el nerviosismo y algo que parecía, casi, alivio—. Me dijo que si no aclaramos esto rápido, con una explicación clara, la situación se puede poner muy fea para mí. Legalmente.
—¿Y cuál es tu explicación?
—La verdad —dijo ella, mirándolo a los ojos con una intensidad calculada—. La verdad completa, esta vez. Sin editar.
Roberto se cruzó de brazos, esperando.
—Marcos me obligó —dijo Claudia, y las palabras salieron atropelladas, como si llevara toda la mañana ensayándolas en el auto—. Es mi hermanastro. Nadie lo sabe porque llevamos apellidos distintos y nunca lo mencioné, a propósito. Él maneja mucho dinero, dinero que no es del todo limpio, y cuando Elena descubrió sus movimientos en la empresa, entró en pánico. Me pidió que me acercara a vos. Que vigilara qué sabía Elena, a quién se lo había contado, si tenía pruebas.
—¿Y aceptaste?
—Al principio no sabía lo que implicaba de verdad. Pensé que solo era... observar. Escuchar. Después me enamoré de vos, Roberto, eso no fue actuado, y quise salir, pero para entonces ya era tarde. Marcos tenía cosas sobre mí también. Cosas de mi pasado que no quiero que salgan a la luz.
—¿Qué le hiciste a Elena?
La pregunta cayó como un hacha sobre la mesa.
Claudia palideció.
—Yo no le hice nada a Elena.
—¿Marcos sí?
Un silencio largo. Demasiado largo.
—No lo sé con certeza —dijo finalmente, y por primera vez en toda la conversación, su voz sonó genuinamente rota—. Esa noche, Elena me llamó. Me dijo que tenía pruebas, que iba a ir a la policía al día siguiente. Se lo conté a Marcos porque él me lo pedía todo el tiempo, informe tras informe, y no medí las consecuencias. Al otro día, Elena estaba muerta. Nunca pregunté los detalles. No quise saber. Fue más fácil creer en el accidente.
—Más fácil para vos.
—Sí. Más fácil para mí.
Roberto sintió que algo dentro de él, algo que llevaba tres años intacto —el duelo, la versión oficial de la historia, la vida que había construido después sobre esa base— se desmoronaba de una vez y para siempre.
—¿Y ayer? ¿Por qué empujaste a mi hija?
Claudia se llevó las manos a la cara.
—Encontré una nota de Elena en un libro viejo, hace una semana. Mencionaba una caja, una llave, algo que había escondido para Sophie "cuando fuera grande". Entré en pánico. Busqué por toda la casa sin encontrar nada. Pensé... pensé que quizás Sophie sabía algo, que quizás la llave estaba en algún juguete, algo que ella tuviera siempre cerca. El oso nunca se despegaba de ella. Pensé que si lo mojaba, si se rompía en el rescate, iba a poder revisarlo sin que nadie sospechara. Fue una locura. Lo sé. Estaba desesperada.
—Casi la matás.
—Lo sé.
—Por una llave.
—Lo sé, Roberto. Lo sé y no hay excusa que lo arregle. Pero necesitaba encontrar esa caja antes que vos, antes que la policía, porque si Marcos se entera de que ustedes tienen pruebas sobre Elena, no se va a detener ante nada. Ni ante vos, ni ante Sophie. Yo no empujé a tu hija por maldad pura. La empujé por miedo. Un miedo que ahora entiendo que fue igual de monstruoso que cualquier maldad.
Roberto se quedó callado un largo rato, procesando, midiendo cada palabra contra la carta que acababa de leer, contra el llanto de su hija la noche anterior, contra el peso frío de una llave dorada que había cambiado, en menos de veinticuatro horas, absolutamente todo lo que él creía saber sobre su propia vida.
—Encontramos la caja —dijo finalmente.
El rostro de Claudia se transformó. Miedo puro, sin filtro, sin actuación posible.
—¿Dónde está?
—En un lugar seguro.
—Roberto, por favor, tenés que entender, si Marcos se entera de que existe...
—Ya llamé al abogado. Y en una hora llega la policía.
Claudia se puso de pie de un salto, con los ojos desorbitados.
—No podés hacer eso. Nos va a matar a todos. A vos, a Sophie, a mí.
—Entonces vas a tener que contarle todo a la policía. Sobre Marcos. Sobre lo que sabés. Sobre lo que hiciste.
—Roberto...
—Es tu única salida, Claudia. La única.
Afuera, en la calle, se escuchó el sonido de un auto acercándose, deteniéndose frente a la casa.
No era la policía.
Todavía era demasiado pronto para eso.
Claudia miró por la ventana, y su cara, en un segundo, pasó del miedo al terror absoluto.
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—Es Marcos —susurró—. Roberto, es Marcos.
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