Chapter 2 - La mañana de las maletas

El día del viaje amaneció con una luz especialmente cruel: brillante, dorada, indiferente a todo lo que estaba a punto de ocurrir.
Elena se despertó con un dolor sordo en la espalda que no había sentido nunca antes con esa intensidad.
Se quedó quieta un momento, contando.
Uno, dos, tres.
El dolor cedió.
Respiró.
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En la cocina, Vivian supervisaba el desayuno como quien dirige una orquesta.
—Nada de huevos revueltos hoy, Rosa. El vuelo es en cuatro horas y no quiero el estómago pesado.
Rosa asintió, sin decir palabra, con los ojos fijos en la sartén.
Elena entró despacio, una mano apoyada en el marco de la puerta.
—Buenos días —dijo, con voz más baja de lo habitual.
Vivian ni la miró.
—Ethan, cariño, revisa que el chofer haya confirmado la hora.
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Elena se sentó a la mesa.
El dolor volvió, esta vez más largo.
Contó de nuevo.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco.
Se le escapó un quejido bajo, apenas un suspiro cortado.
—¿Estás bien? —preguntó Ethan, sin levantar la vista del teléfono.
—Un poco de molestia —dijo Elena—. Nada grave.
Fue la primera de varias veces esa mañana en que se mintió a sí misma en voz alta.
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A las nueve, las maletas ya estaban alineadas junto a la puerta principal como soldados listos para partir.
La azul de Ethan.
La de piel color champán de Vivian.
Una tercera, más pequeña, con los regalos que llevarían para los Ashford.
Elena las miró desde el sofá, con las manos entrelazadas sobre el vientre.
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El dolor volvió a las nueve y veinte.
Esta vez no cedió tan rápido.
Elena se dobló levemente hacia adelante, apretando los dientes.
—Vivian —llamó, con un hilo de voz.
Vivian venía bajando las escaleras, ajustándose un pañuelo de seda en el cuello.
—¿Sí?
—Creo que… creo que esto no es lo de siempre.
Vivian se detuvo un instante, la miró con una mezcla de fastidio y desconfianza, como quien evalúa si vale la pena creer una excusa.
—Los primeros embarazos son así, querida. Todo asusta. Cuando tengas más experiencia, sabrás diferenciar.
Y siguió bajando.
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Ethan apareció con la chaqueta puesta, revisando su reloj.
—El chofer llega en veinte minutos.
—Ethan —insistió Elena—, el dolor... es distinto a los otros.
Él la miró, por fin, con algo parecido a la preocupación.
Durante dos segundos.
—¿Quieres que llame al doctor Reyes antes de irnos?
Fue Vivian quien respondió por Elena, desde el vestíbulo:
—No hay tiempo, Ethan. El doctor Reyes tarda una hora en llegar y el vuelo no espera. Si es algo, que llame ella misma cuando estemos en camino.
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Elena sintió algo quebrarse dentro de ella que no tenía nada que ver con el parto.
Era la certeza, fría y completa, de que en esa casa su cuerpo no era una emergencia.
Era una inconveniencia de horario.
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A las nueve y cuarenta, el dolor llegó con una fuerza que la dejó sin aire.
Se sostuvo del respaldo del sofá, con los nudillos blancos.
—Algo está mal —susurró, más para sí misma que para los demás—. Algo está mal de verdad.
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Rosa apareció desde la cocina, secándose las manos en el delantal.
—Señora, ¿la ayudo a sentarse?
—Rosa, tráeme mi teléfono —pidió Elena, con la voz temblando—. Está en la habitación.
Rosa corrió escaleras arriba.
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El chofer tocó el timbre.
Vivian abrió la puerta con una sonrisa perfecta, la sonrisa de las fotografías, la sonrisa que reservaba para el mundo exterior.
—Justo a tiempo —dijo—. Ethan, las maletas.
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Elena, todavía en el sofá, sintió algo tibio deslizarse por sus piernas.
Bajó la vista.
Agua.
Se le rompió la fuente.
—¡Se me rompió la fuente! —gritó, con una mezcla de miedo y alivio de que por fin algo fuera innegable, imposible de minimizar.
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Por un instante, hasta Vivian se quedó callada.
Solo un instante.
—Bueno —dijo después, recomponiéndose—, entonces definitivamente hay tiempo de sobra. El parto real tarda horas, a veces días. Llegaremos a Roma antes de que rompas a pujar.
Elena no podía creer lo que escuchaba.
—Vivian, por favor. Necesito ir a un hospital ahora.
—Y para eso está Rosa, y el chofer de reserva, y el teléfono. No necesitas que estemos parados aquí mirándote. Eso no ayuda al bebé.
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Ethan se acercó, finalmente, y se arrodilló junto a ella.
Por un segundo, Elena creyó ver algo real en sus ojos.
—Voy a llamar una ambulancia antes de irnos —dijo él.
Fue lo más parecido a un acto de amor que le ofreció esa mañana.
Marcó el número.
Y entonces, desde la puerta, la voz de Vivian cortó el aire como un cuchillo:
—Ethan. El avión. Los Ashford. No perdemos el vuelo por esto.
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Ethan bajó el teléfono.
No colgó la llamada.
La dejó sonando, olvidada, mientras se ponía de pie.
—Rosa se encarga —dijo, casi como una disculpa a sí mismo—. Volveremos apenas podamos.
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Elena lo miró desde el suelo, donde ahora estaba medio recostada, sujetándose el vientre con ambas manos.
—Ethan, no me hagas esto.
Silencio.
—Ethan, por favor.
Él ya estaba de espaldas, caminando hacia la puerta.
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El taxi del aeropuerto tocó la bocina afuera.
Vivian salió primero, ajustándose las gafas de sol.
Ethan la siguió, arrastrando la maleta azul.
En el umbral, se giró una última vez.
Y lo que vio —una mujer embarazada, tirada en el suelo de mármol, con el vestido mojado y una mano extendida hacia él— no fue suficiente.
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Cerró la puerta.
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