Chapter 5 - El vuelo

A treinta y cinco mil pies de altura, Vivian Whitfield pidió una copa de champán.
—Para celebrar el inicio de las vacaciones —le dijo a la azafata, con una sonrisa perfecta.
Ethan, en el asiento contiguo, miraba por la ventanilla las nubes que se extendían como un océano blanco bajo el avión.
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—¿Todo bien? —preguntó Vivian, notando algo raro en el silencio de su hijo.
—Sí —respondió Ethan, aunque su voz no sonaba del todo convencida—. Solo pensaba.
—No pienses demasiado, cariño. Rosa se encarga de todo. Para eso le pagamos.
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Ethan sacó su teléfono, ya en modo avión, y miró la pantalla apagada como si pudiera, con la sola fuerza de la mirada, hacer aparecer un mensaje de Rosa confirmando que todo estaba bien.
No apareció nada, por supuesto.
El teléfono seguía apagado, incapaz de recibir señal a esa altitud.
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—¿Y si algo sale mal? —preguntó, casi en un susurro, más para sí mismo que para su madre.
Vivian suspiró, con la paciencia de quien repite una lección ya explicada mil veces.
—Ethan, los partos duran horas. A veces días. Cuando aterricemos en Roma, seguramente todavía estará en la sala de espera del hospital, quejándose del dolor. Estas cosas se dramatizan mucho.
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Él quiso creerle.
Quiso, con toda la fuerza de la costumbre, dejarse convencer una vez más por la voz segura de su madre.
Pero había algo en la imagen de Elena en el suelo del vestíbulo, con la mano extendida hacia la puerta, que no terminaba de borrarse de su mente.
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—La vi mojada —dijo de pronto—. En el piso. Se le rompió la fuente antes de que saliéramos.
Vivian bebió un sorbo de champán, sin inmutarse.
—Eso solo significa que faltaba menos de lo que pensábamos para el parto. No que fuera una emergencia.
—¿Y si se cayó y se lastimó? ¿Y si el bebé...?
—Ethan. —La voz de Vivian se endureció, cortante—. Basta. Rosa llamó a una ambulancia, ¿no es cierto? Entonces está resuelto. No arruines este viaje con culpas innecesarias.
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Culpas innecesarias.
La frase quedó flotando en el aire cerrado de la cabina, como el humo de un cigarrillo que nadie había encendido pero que igual dejaba su olor.
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Ethan cerró los ojos, recostó la cabeza contra el asiento, e intentó dormir.
No lo logró.
En su mente, una y otra vez, se repetía la imagen de la puerta cerrándose, del clic del cerrojo, de la mano de Elena extendida hacia él a través del cristal esmerilado.
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Había algo en esa imagen que no encajaba con la historia que su madre le repetía.
Una vocecita interna, pequeña pero persistente, le decía que él había visto algo en los ojos de Elena que no era drama.
Era terror real.
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Vivian, ajena a la lucha interna de su hijo, ya hojeaba una revista de moda, comentando en voz alta sobre las tendencias de la temporada, sobre la ropa que compraría en las boutiques de Roma, sobre la cena que tenían reservada con los Ashford esa misma noche.
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—Deberíamos comprarle algo lindo al bebé —dijo, de pronto, como quien recuerda un pendiente menor—. Un vestidito italiano. Algo elegante, para las fotos.
Ethan la miró, y por primera vez en mucho tiempo, sintió una punzada de algo parecido al desagrado hacia su propia madre.
—¿Un vestido? Mamá, ni siquiera sabemos si Elena está bien.
—Va a estar bien, Ethan. Las mujeres han dado a luz durante siglos sin que sus maridos estuvieran presentes sosteniéndoles la mano. No seas dramático tú también.
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El avión atravesó una zona de turbulencia leve.
Las luces del cinturón de seguridad se encendieron.
Ethan se aferró a los apoyabrazos, con los nudillos blancos, y pensó que la turbulencia externa no era nada comparada con la que sentía por dentro.
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Pasaron las horas.
Vivian durmió, cómoda bajo una manta de cortesía de primera clase.
Ethan permaneció despierto, mirando el mapa de vuelo en la pantalla frente a él, viendo cómo el pequeño avión virtual avanzaba lentamente sobre el océano, alejándolo cada vez más de la casa donde había dejado a su esposa tirada en el suelo.
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En algún momento, sin poder evitarlo, recordó el día en que conoció a Elena.
Ella trabajaba en el hospital donde su abuelo pasó sus últimos meses.
Recordó su forma de hablarle a los pacientes con dulzura genuina, su paciencia infinita, la manera en que sostenía la mano de los ancianos moribundos como si fueran lo más importante del mundo en ese instante.
Se preguntó, con una honestidad brutal que rara vez se permitía, en qué momento había dejado de ver esa dulzura y había empezado a verla solo a través de los ojos de su madre.
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Cuando el avión finalmente comenzó su descenso hacia Roma, Ethan sintió el estómago revuelto, y no era por la altitud.
Encendió el teléfono en cuanto las ruedas tocaron la pista, antes incluso de que se apagara la señal de cinturón de seguridad.
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Los mensajes empezaron a llegar en cascada.
Uno.
Dos.
Cinco.
Doce llamadas perdidas de Rosa.
Y un último mensaje, corto, que le heló la sangre:
"Señor Ethan, ya nació. Es una niña. Están las dos en el hospital. Por favor llame apenas pueda."
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Ethan leyó el mensaje tres veces.
Ya nació.
Están las dos en el hospital.
No decía "está bien".
No decía "todo salió perfecto".
Decía, simplemente, que había ocurrido, y que ahora estaban en un hospital, un lugar que no debería haber sido necesario si él hubiera actuado distinto esa mañana.
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—¿Qué pasa? —preguntó Vivian, notando la palidez repentina de su hijo.
Ethan le mostró la pantalla del teléfono, sin decir palabra.
Vivian leyó el mensaje, y por un segundo, algo parecido a la incomodidad cruzó su rostro perfectamente maquillado.
Duró solo un segundo.
—Bueno —dijo, recomponiéndose—, ya nació. Eso es bueno, ¿no? Podemos llamar desde el hotel con más calma.
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Ethan la miró como si la viera por primera vez.
Y por primera vez en su vida adulta, no encontró en los ojos de su madre ningún consuelo.
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Solo encontró un espejo de todo lo que él mismo había hecho esa mañana.
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