Chapter 8 - El regreso de Vivian

Vivian Whitfield regresó sola, una semana después, con el rostro tenso y el orgullo herido.
Los Ashford habían notado la ausencia repentina de Ethan y habían hecho preguntas incómodas que Vivian tuvo que responder con excusas cada vez más frágiles.
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Entró a la casa esperando encontrar a su hijo dispuesto a disculparse por su "arrebato" desde Roma.
En cambio, encontró las habitaciones de Ethan casi vacías, con la mitad de su ropa ya empacada en cajas.
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—¿Qué significa esto? —preguntó, con la voz aguda, cuando encontró a Ethan en el despacho, revisando papeles de un departamento que había alquilado esa misma semana.
—Significa que me voy, mamá —respondió Ethan, sin levantar la vista—. Elena y Valentina y yo nos mudamos.
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—¿Te mudas? ¿A dónde? ¿Con qué dinero, Ethan? Todo lo que tienes viene de esta familia.
Fue un golpe calculado, directo a la vulnerabilidad más antigua de Ethan: su dependencia económica y emocional de su madre.
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—Tengo mi trabajo en el bufete —respondió él, con más firmeza de la que sentía—. No es el estilo de vida al que estás acostumbrada a que yo tenga, pero es suficiente para mantener a mi familia.
—¿Tu familia? —repitió Vivian, con desdén—. Esa chica del hospital y su hija no son...
—Son mi familia, mamá —la interrumpió Ethan, con una voz que no admitía discusión—. Y si no puedes aceptar eso, entonces no hay lugar para ti en mi vida por un tiempo.
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Vivian se quedó paralizada, incapaz de procesar que su hijo, el mismo que había obedecido cada una de sus decisiones durante treinta años, le estuviera hablando así.
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—Después de todo lo que he hecho por ti —dijo, cambiando de táctica, buscando la culpa como último recurso—. Después de darte todo, ¿así me lo agradeces?
—Me diste todo excepto la capacidad de pensar por mí mismo —respondió Ethan, sorprendiéndose de su propia claridad—. Y eso casi le cuesta la vida a mi esposa y a mi hija. Eso no lo voy a agradecer, mamá. Eso lo voy a cargar el resto de mi vida.
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Mientras tanto, en el pequeño departamento que Elena había alquilado temporalmente con la ayuda de una amiga de la facultad de enfermería, Rosa había ido a visitarla, cargando una canasta de fruta y ropa de bebé.
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—¿Cómo está la señora Vivian? —preguntó Elena, con una curiosidad que no podía evitar, mientras acomodaba a Valentina en su moisés.
—Furiosa —respondió Rosa, con una sonrisa contenida—. El señor Ethan le dijo que se mudan. Toda la casa está revuelta.
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Elena sintió una mezcla extraña de satisfacción y cautela.
—¿Y él parece decidido de verdad, o es solo el enojo del momento?
—Parece decidido, señora. Empacó sus cosas él mismo. No dejó que nadie del servicio lo hiciera. Nunca lo había visto así.
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Esa noche, Ethan llegó al pequeño departamento con dos maletas y una expresión de agotamiento absoluto, pero también de algo parecido al alivio.
—Se acabó la discusión con mi madre —dijo, dejando las maletas en la entrada—. Al menos por ahora.
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Elena lo observó desde el sofá, con Valentina dormida en sus brazos.
—¿Y cómo te sientes?
—Como si hubiera saltado de un edificio sin saber si hay red abajo —admitió Ethan, sentándose a su lado, manteniendo una distancia respetuosa—. Pero también... liviano. De una forma que no sentía hace años.
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—Esto no arregla lo que pasó —dijo Elena, con seriedad—. No creas que porque te fuiste de la casa de tu madre, ya está todo perdonado.
—Lo sé —respondió Ethan—. No espero que lo esté. Solo espero la oportunidad de demostrarte, con el tiempo, que puedo ser distinto.
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Elena asintió, sin prometer nada, pero sin cerrar del todo la puerta tampoco.
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Miró a Valentina, que dormía ajena a todo, y pensó que quizás, después de todo, había una diferencia entre el hombre que había cerrado esa puerta blanca y el hombre sentado ahora frente a ella, dispuesto a reconstruir algo desde los escombros.
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