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BARRO Y ORO / Chapter 10 / 10

Chapter 10 - Barro y oro

Seis meses después, Mila cumplió siete años en una casa distinta a la del cuarto compartido con la señora Rosa y el señor Tomás.

No era la mansión de Gael, con sus techos altos y sus estatuas de mármol de ojos vacíos.

Era una casa mediana, de dos pisos, con un jardín pequeño y un columpio que Gael mismo había instalado un sábado por la tarde, sudando y maldiciendo instrucciones mal traducidas, mientras Valentina se reía de él desde la ventana de la cocina.

Mila sopló las velas de un pastel de chocolate rodeada de niños de su nueva escuela, de Valentina, y de Gael, que había cancelado dos reuniones importantes esa semana para asegurarse de estar presente en la fiesta completa, desde el principio hasta el final.

Doña Leonor no estaba invitada.

Llevaba seis meses en la casa del lago, aprendiendo, a su manera lenta y resistente, algo parecido al arrepentimiento. Había empezado a escribir cartas —cartas que Gael todavía no le permitía a Mila leer, pero que guardaba, sin destruirlas, en un cajón de su escritorio, por si algún día la niña decidía que quería conocer esa parte de su historia.

—¿Estás feliz? —le preguntó Gael a Mila, mientras la niña repartía trozos de pastel con una generosidad torpe y desordenada.

—Sí.

—¿Segura?

Mila lo miró, con esa seriedad absoluta que Gael ya había aprendido a reconocer y a amar.

—Tengo mi propio cuarto. Tengo mi oso, con las dos orejas ahora, porque tú le pediste a alguien que le arreglara la que le faltaba. Tengo a mamá. Y te tengo a ti.

—¿Eso es suficiente?

—Es más de lo que tenía antes.

Se quedó pensando un momento, con el tenedor lleno de pastel a medio camino hacia su boca.

—¿Sabes qué es lo mejor?

—¿Qué cosa?

—Que ya no tengo miedo de que la comida se acabe.

La frase, dicha con la naturalidad brutal de una niña de siete años, atravesó a Gael con la misma fuerza que la primera pregunta que le había hecho aquella noche en el vestíbulo dorado.

Miró a Valentina, que observaba la escena desde la puerta de la cocina, con un delantal manchado de harina y una sonrisa que, seis meses atrás, habría sido impensable.

—Nunca más vas a tener miedo de eso —dijo Gael, en voz baja, más para sí mismo que para su hija—. Ni de eso, ni de nada.

Después de la fiesta, cuando los últimos invitados se habían ido y Mila dormía profundamente en su propio cuarto, con su oso de dos orejas apretado contra el pecho, Gael y Valentina se sentaron en el porche, mirando el jardín pequeño bajo la luz de la luna.

—¿Alguna vez pensaste que terminaríamos aquí? —preguntó Valentina.

—Nunca imaginé nada de esto. Ni la fiesta interrumpida, ni el reloj vendido, ni este porche.

—¿Te arrepientes?

—De una sola cosa.

—¿De cuál?

—De no haber preguntado antes. De haber confiado en el silencio de mi madre en lugar de venir a buscarlas yo mismo.

Valentina se quedó callada un momento, mirando las estrellas que, en esa parte de la ciudad, lejos de las luces doradas de la mansión, se veían con una claridad que ella había olvidado que existía.

—Al menos viniste —dijo, finalmente—. Tarde, pero viniste.

—Voy a pasar el resto de mi vida compensando ese retraso.

—No hace falta que compenses nada. Solo quédate. Eso es suficiente.

Gael tomó su mano, con cuidado, como quien sostiene algo que ha aprendido, de la manera más dura posible, que nunca debió dejar de sostener.

En algún lugar de la ciudad, en una casa junto a un lago, una mujer de cabello blanco y manos llenas de anillos seguía escribiendo cartas que quizás algún día alguien decidiría leer.

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Pero esa noche, en ese porche pequeño, bajo un cielo sin lentejuelas doradas ni lámparas de cristal, solo importaba una cosa: que el barro, finalmente, se había lavado del todo, y que lo único que quedaba, brillando de verdad, no era el oro de ninguna mansión, sino la certeza simple y terca de una familia que había decidido, por fin, no volver a soltarse las manos.

FIN

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