signalarc
BARRO Y ORO / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - Lo que dicen los niños

Los invitados, poco a poco, empezaron a retirarse.

Algunos por discreción. Otros porque entendieron que la fiesta, en el sentido en que la conocían, ya había terminado, aunque nadie hubiera anunciado oficialmente su final.

Gael no se despidió de nadie.

Se sentó en el suelo del vestíbulo, junto a Mila, con su traje de tres mil dólares arrugándose contra el mármol, sin que le importara en lo más mínimo.

—¿Puedo preguntarte algo? —le dijo a la niña.

Mila, con la boca todavía llena de pan, asintió.

—¿Cómo es tu casa?

—Chica.

—¿Chica cómo?

—Vivimos en un cuarto. Con la señora Rosa y sus hijos. Y con el señor Tomás, que ronca muy fuerte.

Gael sonrió, a pesar de todo.

—¿Y tienes tu propia cama?

—No. Duermo con mamá.

—¿Y juguetes?

Mila pensó un momento.

—Tengo un oso. Le falta una oreja. Se la comió un perro cuando era bebé, pero yo igual lo quiero.

—¿Puedo conocerlo algún día?

—Sí. Pero tienes que tener cuidado, porque si lo apachurras muy fuerte se le puede caer la otra oreja también.

—Prometo tener mucho cuidado.

Mila lo miró, con esa seriedad absoluta que solo tienen los niños cuando hablan de las cosas que de verdad les importan.

—¿Por qué no viniste nunca a buscarme?

La pregunta cayó sin rencor, sin dramatismo, simplemente como la pregunta lógica de alguien que necesita entender el mundo en el que vive.

Gael no tuvo una respuesta fácil.

—Porque me dijeron cosas que no eran verdad. Y yo les creí, en lugar de venir a comprobarlo con mis propios ojos.

—¿Por qué les creíste?

—Porque a veces los adultos confían en las personas equivocadas.

—Yo nunca le creo a nadie que no me mire a los ojos cuando habla.

—Eso es muy sabio, Mila.

—No es sabio. Es lo que dice mamá.

Valentina, que escuchaba la conversación desde unos pasos de distancia, sonrió por primera vez en toda la noche.

Fue una sonrisa pequeña, casi tímida, como si hubiera olvidado cómo se hacía.

Doña Leonor, sentada ahora en una de las sillas del vestíbulo porque las piernas ya no la sostenían con la misma firmeza de antes, observaba la escena en silencio.

Algo en su rostro había cambiado.

No era arrepentimiento del todo. Era más bien la conmoción de alguien que, por primera vez en décadas, no controlaba absolutamente nada de lo que sucedía a su alrededor.

—Gael —dijo, con voz débil.

—¿Qué, mamá?

—¿Qué va a pasar conmigo?

Gael se puso de pie, despacio, ayudando también a Mila a levantarse.

—Vas a devolver hasta el último centavo que te quedaste. Vas a firmar los papeles para transferir la administración de la fundación a un tercero independiente. Y vas a mudarte a la casa del lago, lejos de aquí, lejos de mí, hasta que yo decida que estoy listo para volver a verte.

—Eso no es justo.

—¿Justo? Mi hija durmió con hambre durante tres años mientras tú administrabas mi dinero con "responsabilidad". No me hables de justicia.

Doña Leonor bajó la vista.

Por primera vez en la noche, no dijo nada.

Mila, ajena a la gravedad legal y económica de lo que se estaba decidiendo, tiró de la manga de Gael otra vez.

—¿Ella es mi abuela de verdad?

—Sí.

—¿Y por qué es tan mala?

La pregunta, otra vez con esa lógica infantil implacable, hizo que Doña Leonor levantara la vista de golpe.

Gael se agachó a la altura de su hija.

—A veces las personas hacen cosas malas porque tienen miedo de perder cosas que en realidad no importan tanto. Como el dinero, o lo que piensan los demás.

—¿Y tú tienes miedo?

—Ya no.

—¿De qué tenías miedo antes?

Gael miró a Valentina.

—De estar solo. De no ser suficiente para nadie que no fuera mi empresa.

—Pero tienes a mamá y a mí.

—Ahora sí.

Mila sonrió, con la sonrisa desdentada más honesta que Gael había visto en años.

May you like

—Entonces ya no tienes que tener miedo de nada.

---

Related Stories

Other posts