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BARRO Y ORO / Chapter 4 / 10

Chapter 4 - Cuentas que no cierran

Gael Montero había cerrado tratos de cientos de millones de dólares sin que le temblara la voz.

Ahora la voz le temblaba, y el trato en juego no valía nada en dinero.

—¿Qué medicina, Mila?

La niña se encogió un poco, como si de pronto se diera cuenta de que había dicho algo que no debía.

Valentina puso una mano en su hombro.

—Tuvo neumonía el año pasado. Estuvo internada cuatro días.

—¿Y cómo pagaste eso?

—Vendí lo poco que tenía. Empeñé mi anillo de compromiso. El que tú me diste, Gael, antes de que tu madre decidiera que yo no era suficiente para esta familia.

Gael cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, ya no miraba a Valentina.

Miraba a su madre.

—Cincuenta mil al mes —dijo, en voz baja, casi para sí mismo, como quien repasa una fórmula matemática buscando el error—. Son... ¿cuánto? ¿Un millón ochocientos mil dólares en tres años?

—No exageres —dijo Doña Leonor—. Hubo gastos administrativos.

—¿Gastos administrativos?

—La cuenta la manejaba yo. Contraté abogados. Contadores. Había que asegurarse de que el dinero se usara con responsabilidad.

—¿Responsabilidad?

Gael dio un paso hacia su madre.

Los dos guardaespaldas, sin que nadie se los pidiera, se acercaron un poco más, atentos, aunque todavía sin saber a quién debían proteger de quién.

—Mi hija se enfermó de neumonía y durmió cuatro días en un hospital público mientras tú administrabas con responsabilidad un millón ochocientos mil dólares que yo pensaba que estaban pagando su comida.

—No sabía los detalles.

—No querías saberlos.

—Gael, baja la voz. Hay periodistas afuera.

—Que entren.

—¿Qué?

—Que entren los periodistas. Que fotografíen esto. Que lo pongan en primera plana si quieren.

Doña Leonor palideció de verdad por primera vez.

Toda su vida había construido una fachada perfecta: la matriarca elegante, la viuda que había sacado adelante sola a su hijo, la mujer que las revistas de sociedad describían como "un pilar de valores familiares".

Esa fachada se estaba resquebrajando frente a treinta invitados con copas de champán en la mano.

—No sabes lo que estás haciendo —susurró.

—Sé exactamente lo que estoy haciendo.

Gael se giró hacia Valentina.

—Necesito ver los papeles. Los que puedas tener. Recibos, mensajes, lo que sea.

—No tengo papeles, Gael. Tengo tres años de mi vida perdidos y una hija que creció pensando que su padre estaba muerto.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. No sabes lo que es explicarle a una niña de cuatro años por qué su papá no viene a buscarla al cumpleaños. No sabes lo que es mentirle, decirle que su papá la ama desde el cielo, cuando en realidad su papá estaba vivito y coleando en una fiesta como esta.

Cada palabra de Valentina caía sobre Gael como un golpe distinto.

No se defendió.

No había defensa posible.

—Tienes razón —dijo, al fin—. No lo sé. Pero voy a averiguarlo. Ahora mismo. Frente a todos.

Se giró hacia su asistente, un hombre joven de traje gris que había estado observando la escena desde una distancia prudente, con el teléfono ya en la mano por instinto profesional.

—Diego. Trae los estados de cuenta de la Fundación Montero. Los de los últimos tres años. Ahora.

—Señor, es tarde, el banco...

—Tenemos acceso directo, Diego. Tráelos.

Diego desapareció hacia el despacho sin decir una palabra más.

Doña Leonor intentó una última carta.

—Gael, hijo, piensa en el escándalo. Piensa en la empresa. Piensa en lo que dirán de nosotros si esto sale a la luz.

—¿Y qué dirán de ti, mamá, si no sale a la luz? Que seguiste siendo la mujer que decidió, sin que nadie te lo pidiera, que mi hija merecía menos que un plato de comida caliente.

Mila, que había escuchado toda la conversación en silencio, se acercó un paso hacia Gael.

Ya no tenía miedo.

Tenía curiosidad, esa curiosidad brutal y honesta que solo tienen los niños que todavía no han aprendido a fingir que no quieren saber la verdad.

—¿Tú eres rico de verdad?

Gael la miró.

—Sí.

—¿Y por qué yo tenía hambre?

No había reproche en la pregunta. Solo la lógica implacable de una niña tratando de entender un mundo que, hasta esa noche, no tenía sentido.

Gael sintió que algo dentro de él, algo que llevaba años funcionando en piloto automático —reuniones, contratos, cenas de negocios, la vida entera organizada como una hoja de cálculo— se quebraba en pedazos pequeños e irreparables.

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—No lo sé, mi amor —dijo, y fue la primera vez en la noche que su voz de empresario desapareció por completo—. Pero te juro que lo voy a averiguar. Y nunca más vas a volver a tener hambre.

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