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BARRO Y ORO / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - La cuenta pendiente

Pasada la medianoche, cuando ya casi todos los invitados se habían marchado y los meseros recogían las últimas copas abandonadas por el jardín, Gael llevó a Valentina y a Mila a un salón privado, lejos del vestíbulo, lejos de los ojos curiosos que aún merodeaban por los pasillos.

Doña Leonor se había retirado a su habitación, escoltada por su asistente personal, con la promesa —o la amenaza, según cómo se mirara— de que hablarían con calma al día siguiente sobre los términos exactos de su "retiro" de la vida de Gael.

En el salón privado, Mila se había quedado dormida en un sofá de terciopelo azul, con el estómago lleno por primera vez en semanas y la seguridad, aunque nueva y frágil, de que nadie iba a hacerle daño esa noche.

Gael la miró dormir un largo rato.

—Se parece a ti —dijo, al fin.

—Tiene tus ojos.

—¿Tú crees?

—Siempre lo he creído. Cada vez que la miraba, veía un poco de ti, y eso me dolía y me consolaba al mismo tiempo.

Gael se sentó frente a Valentina, en una silla de respaldo alto que de pronto se sintió incómoda, demasiado formal para la conversación que necesitaban tener.

—Valentina, necesito que sepas algo.

—¿Qué cosa?

—No voy a pedirte que me perdones esta noche. Sé que no me lo merezco. Sé que tres años de silencio no se arreglan con un discurso ni con un reloj vendido.

—No.

—Pero necesito que sepas que voy a estar ahí. Desde ahora. Para Mila, y para ti, si me lo permites.

Valentina bajó la vista hacia sus manos, agrietadas por años de detergente y agua fría.

—No sé si puedo confiar en ti otra vez, Gael.

—Lo entiendo.

—No es solo por lo que pasó. Es porque no sé si la próxima vez que tu madre, o alguien como ella, decida que no somos suficientes para esta familia, tú vas a elegir la verdad en lugar de la comodidad.

Gael no respondió de inmediato.

Pensó, de verdad, antes de hablar.

—Tienes razón en desconfiar. Yo también desconfiaría de mí, si estuviera en tu lugar. Pero te voy a pedir una sola oportunidad. No para mí. Para ella.

Señaló a Mila, dormida, con el pulgar todavía metido en la boca a pesar de sus seis años, un hábito de bebé que probablemente el estrés de la noche había reactivado.

—Merece tener un padre que la busque todos los días, no uno que aparece una vez cada tres años porque finalmente descubrió la verdad.

—Voy a estar ahí todos los días. Te lo juro.

—Las promesas no pagan la renta, Gael.

—Ya hablé con mi abogado. Mañana mismo se abre una cuenta a tu nombre. No como caridad. Como lo que te correspondía desde el principio, más los intereses de tres años de retraso. Además, voy a comprar una casa, a tu nombre y al de Mila, en el barrio que ustedes elijan. Y voy a inscribirla en la mejor escuela de la ciudad.

—No quiero tu compasión.

—No es compasión. Es justicia atrasada.

Valentina se quedó en silencio, mirando a su hija dormir.

—¿Y qué pasa si esto no funciona? ¿Si en unos meses te cansas, o tu madre logra convencerte de nuevo de que somos un problema que hay que esconder?

Gael se levantó, se acercó al sofá, y se arrodilló junto a Mila.

Con cuidado, casi con reverencia, le acomodó un mechón de cabello que se le había caído sobre la frente.

—Entonces vas a tener todo el derecho de recordarme, cada día, esta misma pregunta. Y yo voy a tener que responderla con hechos, no con palabras.

—Eso suena bien en un salón dorado, a medianoche, después de una noche dramática. Veamos si sigue sonando bien dentro de un mes.

—Lo hará.

—Eso espero, Gael. Por ella. No por ti ni por mí.

Gael asintió.

Entendía, con más claridad de la que había tenido en años sobre cualquier tema, que la confianza no se reconstruye con un discurso en un salón de terciopelo azul.

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Se reconstruye, si acaso se reconstruye, con meses y años de pequeñas acciones que nadie está mirando, sin cámaras, sin invitados, sin la urgencia dramática de una fiesta interrumpida.

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