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Chapter 2 - El Golpe

Elena se puso de pie.

El movimiento fue fluido, como si no llevara el peso del abrigo teñido de negro.

Se colocó exactamente entre su hijo y la mujer del traje marfil.

El viento de la tarde golpeó los ventanales del ático, produciendo un zumbido grave.

—¿Tocaste a mi hijo? —preguntó Elena.

La voz sonó plana, sin elevar el tono.

Victoria ajustó la postura de sus hombros. Las perlas de su cuello emitieron un leve chasquido.

—Ese niño necesita disciplina —contestó la anciana—. Es un salvaje.

Elena dio un paso adelante.

Su zapato de tacón resonó en el salón.

No hubo advertencia. No hubo un ademán previo.

La mano derecha de Elena se abrió y cruzó el aire en un arco rápido.

El impacto del tátano resonó en las paredes de cristal como un disparo de bajo calibre.

El cuerpo de Victoria se ladeó hacia la derecha.

La anciana tropezó con la esquina de la mesa de mármol.

Una copa de vino tinto se volcó, derramando su contenido sobre el mantel de lino blanco.

El líquido rojo se extendió rápido, absorbiéndose en la tela.

Victoria cayó sentada sobre una de las sillas de cuero, con la mano izquierda sobre la mejilla encendida.

Las perlas de su collar se desparramaron por el suelo.

Rodaron en todas direcciones, golpeando las patas de las sillas.

Mateo soltó su copa. El cristal se estrelló contra el parquet del pasillo.

—¡Elena! —gritó él.

La mujer del vestido dorado dio un paso atrás, apartándose de la mesa.

Elena ni siquiera miró a Victoria, que intentaba recuperar el aire.

Se mantuvo con las piernas firmes, la respiración rítmica y los puños cerrados a los lados del cuerpo.

En el suelo, Leo se arrastró dos centímetros hacia atrás, metiendo la cabeza debajo del faldón del abrigo de su madre.

El niño apretó el dinosaurio sin cola contra su pecho.

—No vuelvas a mirarlo —dijo Elena mirando al vacío, donde las perlas aún rodaban.

Victoria levantó la cabeza. Un hilo de saliva le corría por la comisura de los labios.

—Estás loca —susurró la anciana, con la voz rota por la humillación—. Mateo, échala.

Mateo avanzó dos pasos. Su rostro estaba pálido, contrastando con la tela oscura de su traje.

Ajustó los puños de su camisa por instinto.

—Elena, te has pasado de la raya —dijo él, intentando dar un paso imperioso.

Elena se giró despacio hacia su exmarido.

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Sus ojos oscuros no tenían brillo. Parecían de piedra.

—Un paso más, Mateo —dijo ella—. Da un solo paso más.

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