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Chapter 4 - La Caída del Heredero

Mateo agarró las solapas del abrigo crema de Elena.

Sus dedos se clavaron en la tela pesada.

—¡Es mi casa! —rugió él, sacudiéndola levemente—. ¡Es mi madre!

Elena no intentó soltarse hacia atrás.

Aprovechó el impulso de Mateo hacia adelante.

Flexionó las rodillas, agarró los antebrazos de su exmarido con ambas manos y tiró hacia abajo con todo el peso de su cuerpo.

Al mismo tiempo, hincó su bota en el tobillo derecho del hombre.

El pie de Mateo resbaló en la superficie lisa del mármol.

Perdió el equilibrio de inmediato.

Su cuerpo, de más de ochenta kilos, salió despedido hacia atrás.

Cayó de espaldas sobre la mesa de comedor de mármol blanco.

El impacto fue demoledor.

La vajilla de porcelana restante saltó en el aire.

Las copas de cristal de Bohemia se estrellaron contra el suelo y contra el propio pecho de Mateo.

El mantel blanco se corrió por completo, arrastrando cubiertos de plata y centros de mesa.

Un plato de plata golpeó a Mateo en la frente, dejándole una marca roja al instante.

El hombre quedó tendido sobre la mesa, sobre los restos de la cena, jadeando por el golpe en la espalda.

El vino restante le tiñó la camisa azul claro de un morado oscuro.

El silencio volvió a instalarse en el salón, interrumpido solo por los quejidos ahogados de Mateo.

Victoria, aún sentada en la silla con la cara hinchada, ahogó un grito con la mano.

Camila permaneció pegada al ventanal, temblando visiblemente.

Elena no respiraba agitada.

Se limpió las palmas de las manos contra los costados de sus pantalones negros.

Lentamente, caminó hacia la mesa.

Se detuvo al lado del cuerpo de Mateo, mirándolo desde arriba.

Mateo intentó incorporarse, pero el dolor en los riñones le hizo soltar un maldito taco.

—Elena... —alcanzó a decir él, con la voz entrecortada—. Estás desquiciada...

Elena se inclinó ligeramente sobre él.

Su abrigo manchado rozó la cara de Mateo.

—Esta casa la pagué yo con el acuerdo del divorcio —dijo Elena, palabra por palabra—. El mármol es mío. La mesa es mía.

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Miró la frente ensangrentada del hombre.

—Y el niño es mío.

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