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EL ORO DE LAS CENIZAS / Chapter 1 / 6

Chapter 1 - LA CARICIA DEL BARNIZ

A young woman with dark hair tied back in a neat bun, wearing a dark maroon maid's uniform with a white collar and white apron, stands in profile facing a large, ornate gold-framed portrait of a young woman hanging above a fireplace mantel.

Her right hand is raised, gently touching the bottom edge of the frame.

Below the mantel, a bright orange fire blazes in a classic fireplace with brass fixtures.

The room is dimly lit, with warm light from the fire illuminating her profile and the lower half of the portrait.

The camera is static, capturing a medium shot from a slightly low angle.

La yema de su dedo índice no limpiaba el polvo.

Seguía con una lentitud casi litúrgica la moldura dorada, donde las hojas de acanto talladas en madera se hundían hacia el lienzo.

Debajo, los leños de roble chasquearon con una detonación breve.

Una lluvia de chispas anaranjadas ascendió en espiral, tiñendo el blanco del delantal de una llamarada fugaz.

El óleo sobre la repisa devolvía una mirada idéntica a la suya: los mismos ojos almendrados, la misma inclinación altiva de la mandíbula.

En la pintura, la muchacha llevaba una cinta de terciopelo azul ciñéndole la garganta.

La sirvienta apoyó la palma entera en la base del marco.

La madera estaba caliente por el fuego continuo de la chimenea, casi viva al tacto de su piel curtida por el agua de fregar.

Unos pasos pesados rompieron el silencio del corredor exterior.

Eran suelas de cuero grueso pisando la alfombra persa con una cadencia deliberada, pesada, cargada de una fatiga que no admitía retrasos.

La puerta de caoba maciza se abrió hacia adentro sin golpear la pared.

El hombre que cruzó el umbral vestía un chaleco gris perla bajo una chaqueta oscura de corte impecable.

En su mano derecha sostenía un vaso bajo de cristal tallado; el líquido ámbar oscilaba al compás de su respiración contenida.

Su cabello gris, cepillado hacia atrás con disciplina militar, brilló bajo el resplandor cobrizo de las brasas.

Se detuvo en seco a tres pasos de la alfombra del hogar.

Sus cejas gruesas cayeron sobre los ojos, formando dos pliegues profundos en el entrecejo que parecían tallados en piedra caliza.

El vaso en su mano se inclinó peligrosamente hacia el parquet encerado.

"¿Quién te autorizó a tocar ese retrato?"

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La voz no subió de volumen, pero retumbó con la sequedad de un cerrojo de hierro oxidado que se cierra para siempre.

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