Chapter 5 - LA LÓGICA DE LAS JAULAS

La sirvienta enderezó la espalda, cruzando las manos sobre el delantal blanco con una serenidad monacal.
Sus ojos viajaron un segundo hacia el techo artesonado, donde las sombras de las vigas parecían los barrotes de una celda invertida.
Si una muñeca se pierde en el bosque, nadie le pone flores todos los domingos, pensó ella, desmenuzando la mentira de los ricos con la simpleza de una cuenta rota.
Solo se compran tumbas de mármol cuando se quiere que los muertos no regresen a cenar.
El hombre se tambaleó hacia adelante, buscando un apoyo en la esquina de la chimenea.
Su mano ensangrentada dejó una huella bermellón sobre el borde de mármol blanco, justo al lado del cuadro dorado.
El retrato de la niña muerta parecía observar la mancha fresca con una curiosidad helada e indiferente.
"Dime el nombre de la institución", exigió él con un susurro quebrado por la saliva espesa que le inundaba la boca.
"Te daré el oro que pidas, las escrituras de esta casa, lo que quieras... pero habla de una maldita vez".
La sirvienta lo miró de arriba abajo, registrando el traje sastre, los botones de nácar y el olor a tabaco caro que envolvía su ruina.
Para una hija que creció contando las moscas en una ventana con rejas de hierro, el dinero de los hombres solo era papel pintado que servía para encender calderas.
"Las jaulas grandes no se pagan con oro, señor", murmuró ella con una frialdad que heló el aire entre ambos.
"Se pagan con la firma de una libreta bancaria cada primer lunes de mes para que nadie haga preguntas en la puerta trasera".
El hombre abrió los ojos con desmesura, comprendiendo que el laberinto no terminaba en un cementerio municipal.
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El laberinto estaba dentro de su propio dormitorio, en las gavetas cerradas con llave que su esposa administraba con guantes de terciopelo.
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