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EL PLATO AZUL / Chapter 1 / 10

Chapter 1 - El plato azul

La cuchara se queda a mitad de camino.

Sofía tiene cuatro años, el pelo castaño cortado a la altura de los hombros, un cardigan beige sobre un vestido de florcitas. Mira el plato azul frente a ella —puré de verduras, tibio todavía, de un verde apagado— y levanta la cuchara despacio, con esa concentración total que solo tienen los niños pequeños cuando hacen algo por primera vez sin ayuda.

No llega a probarlo.

Una sombra cae sobre la mesa antes que el ruido de los pasos.

—Todavía no.

La voz de la maestra Patricia llega dura, cortante, sin ninguna de las inflexiones dulces que usa cuando los padres están mirando desde la puerta en el festival de fin de año.

Sofía baja la cuchara, confundida.

—Pero tengo hambre.

—Dije que todavía no.

Patricia se para detrás de ella. Sofía no puede verla, solo sentir la cercanía, el peso de alguien parado demasiado cerca, ese tipo de cercanía que los niños reconocen en el cuerpo antes de entenderla con la cabeza.

Algo frío le roza la nuca.

Un chasquido metálico.

Y de pronto, un mechón entero de su pelo —el flequillo que su mamá, antes de morir, solía peinarle hacia un costado con una hebilla rosa— cae directo sobre el plato azul, enredándose entre el puré verde como una araña oscura.

Sofía no entiende, al principio, lo que acaba de pasar.

Se lleva una mano a la cabeza, buscando el mechón que ya no está, y encuentra en su lugar un espacio raro, más corto, que le pica contra los dedos.

—¿Qué...?

—Esta semana era la Semana de Agradecimiento al Maestro, Sofía.

Patricia se agacha, acercando su cara a la altura de la niña, tan cerca que Sofía puede oler el café en su aliento.

—¿Sabes cuántos padres de esta clase me trajeron algo? Veintidós. ¿Sabes cuántos me trajo el tuyo?

Sofía no responde. No sabe qué es la Semana de Agradecimiento al Maestro. No sabe contar hasta veintidós. Solo sabe que le duele el cuero cabelludo donde antes estaba su flequillo, y que las lágrimas ya le están subiendo por la garganta antes de que pueda detenerlas.

—Ninguno —dice Patricia, respondiendo su propia pregunta—. Tu papá está muy ocupado siendo importante para acordarse de mí. Así que ahora tú vas a aprender que las cosas no se desperdician.

Empuja el plato un centímetro más cerca de Sofía.

—Come.

—No quiero.

—Come, Sofía.

La niña niega con la cabeza, el labio inferior temblando, las manos aferradas al borde de la mesa como si eso pudiera protegerla de algo.

—Es tu pelo. No quiero comer mi pelo.

—Entonces te lo voy a dar yo misma.

Patricia toma la cuchara de la mano pequeña de Sofía, con un movimiento brusco que le lastima los dedos, y hunde la punta en el puré verde, justo donde flota el mechón castaño.

Sofía llora ahora sin ningún control, el llanto de un niño de cuatro años que no entiende por qué el mundo, de pronto, se volvió tan cruel dentro de un salón con banderas de colores en la pared.

—Abre la boca.

—No, no, no...

Detrás de ellas, los demás niños siguen comiendo, ajenos, algunos mirando de reojo sin entender del todo, entrenados ya, sin saberlo, a no mirar demasiado tiempo cuando algo así pasa en esta aula.

Nadie se mueve para ayudar.

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Nadie, hasta que una sombra distinta aparece del otro lado de la puerta de vidrio, en el pasillo, y se detiene en seco.

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