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EL PLATO AZUL / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - Lo que Sofía no dijo hasta ahora

Esa noche, en la casa de los Herrera, después de un baño largo en el que Diego intenta, con manos torpes pero cuidadosas, emparejar un poco el corte irregular del pelo de su hija sin lastimarla más de lo que ya está, Sofía se sienta en su cama con el pijama de unicornios que siempre usa cuando está triste.

Diego se sienta a su lado, sin apurar nada, dejando que el silencio se extienda todo el tiempo que haga falta.

—¿Papá?

—Dime, mi amor.

—No es la primera vez.

Diego siente que el estómago se le contrae.

—¿Qué cosa no es la primera vez, cariño?

Sofía juega con el borde de su manta, evitando la mirada de su padre, la forma en que los niños pequeños a veces necesitan mirar hacia otro lado para poder decir las cosas más difíciles.

—Que la maestra Patricia me hace comer cosas que no quiero. A veces me pone en el rincón hasta que termino todo el plato, aunque me duela la panza. Una vez me hizo comer un pedazo de comida que se cayó al suelo, y me dijo que si no lo comía, iba a llamar a la policía para que me llevaran lejos de ti.

Cada palabra cae sobre Diego como un golpe distinto, cada una revelando una capa más profunda de algo que él, ocupado, distraído, agotado por el peso de criar solo a su hija mientras sostenía una empresa entera, no había logrado ver a tiempo.

—¿Por qué no me contaste esto antes, mi amor?

Sofía finalmente lo mira, y en sus ojos hay algo que rompe a Diego de una forma completamente distinta a la furia que sintió en la sala de juntas: hay culpa. Una culpa que ningún niño de cuatro años debería cargar jamás.

—Porque la maestra Patricia dijo que si te contaba, ibas a pensar que soy una niña mala que no sabe portarse bien. Dijo que los papás ocupados como tú no tienen tiempo para niñas problemáticas.

Diego cierra los ojos un momento, conteniendo una oleada de rabia que necesita, con toda su voluntad, mantener lejos de esta habitación, lejos de este momento que necesita ser sobre consolar a Sofía, no sobre su propia furia.

—Sofía, mírame.

La niña levanta la vista, insegura.

—Nunca, jamás, en toda tu vida, vas a ser una niña problemática para mí. ¿Entiendes eso?

—¿Aunque a veces llore mucho? ¿Aunque a veces no quiera comer todo lo que hay en el plato?

—Aunque llores todo lo que necesites llorar. Aunque no quieras comer todo lo que hay en el plato. Aunque hagas mil cosas que a los adultos a veces les cuesta entender.

Diego toma las manos pequeñas de su hija entre las suyas, con el mismo cuidado con el que sostenía las de Valeria en sus últimos días.

—Mi trabajo como tu papá no es que seas perfecta, mi amor. Mi trabajo es cuidarte, pase lo que pase. Y hoy fallé en eso, porque no vi lo que estaba pasando a tiempo. Eso no fue tu culpa. Fue mía, por no prestar suficiente atención.

—¿Vas a estar triste conmigo, papá?

La pregunta, dicha con esa lógica infantil que a veces cura más que cualquier discurso de adulto, hace que a Diego se le llenen los ojos de lágrimas por primera vez desde que vio la fotografía en la sala de juntas.

—Sí, cariño. Voy a estar triste contigo. Pero también voy a estar aquí contigo, siempre, para que nunca más tengas que pasar por algo así sin que yo lo sepa.

Sofía se acerca, apoyando la cabeza contra el pecho de su padre, el espacio corto donde antes estaba su flequillo rozando la tela de su camisa.

—¿La abuela sabe que corté mi pelo sin querer?

Diego entiende, por el tono, que se refiere a Valeria, a la costumbre que tenían de hablarle a las estrellas algunas noches, como si su madre pudiera escucharlos desde algún lugar del cielo.

—No lo cortaste sin querer, mi amor. Alguien te lo hizo, y eso está muy mal. Pero sí, creo que tu mamá lo sabe. Y creo que estaría muy orgullosa de lo valiente que fuiste hoy.

—¿Aunque lloré mucho?

—Especialmente porque lloraste mucho, cariño. Llorar no es lo opuesto a ser valiente. A veces es exactamente lo mismo.

Sofía se queda en silencio un momento, procesando esa idea con la seriedad particular de los niños de cuatro años cuando algo importante finalmente empieza a tener sentido.

—Papá, ¿podemos ponerle una curita a mi pelo? Como cuando me raspo la rodilla.

Diego sonríe, a pesar de todo, a pesar del peso enorme de este día.

—El pelo no funciona exactamente así, mi amor. Pero te prometo que va a crecer de nuevo, más lindo que antes. Y mientras tanto, podemos comprarte una hebilla nueva, para que hagas juego con la de mamá.

—¿Rosa también?

—Rosa también.

Sofía finalmente sonríe, apenas, la primera sonrisa pequeña desde que Diego irrumpió en ese salón, y algo en esa sonrisa frágil, apenas recuperándose, le da a Diego la determinación exacta que necesita para lo que viene después.

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Porque esta noche, mientras arropa a su hija y se queda sentado junto a su cama hasta que el sueño finalmente la vence, Diego ya está decidiendo, con una claridad absoluta, que no va a permitir que esto quede en un simple despido silencioso, enterrado en algún expediente que nadie más vuelva a leer.

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