Chapter 3 - La sala de juntas

Diego Herrera está sentado en la cabecera de una mesa de vidrio, rodeado de siete personas que hablan de proyecciones trimestrales, cuando su teléfono vibra en el bolsillo interior del saco.
No lo mira de inmediato. Ha aprendido, en los tres años desde que se convirtió en padre soltero, a mantener límites estrictos entre el trabajo y el resto de su vida, aunque esos límites cada vez le cuesten más sostener.
—Como pueden ver en la diapositiva doce —dice uno de sus socios, señalando una proyección en la pantalla—, el margen operativo mejoró un tres coma dos por ciento respecto al trimestre anterior.
El teléfono vibra de nuevo.
Diego lo saca, discretamente, bajo el borde de la mesa, con la intención de silenciarlo por completo.
Ve el nombre en la pantalla.
Carmen Reyes.
No reconoce el nombre de inmediato, ocupado como está con los números que su socio sigue explicando, hasta que el segundo mensaje aparece, con la imagen adjunta cargando lentamente por la conexión débil del edificio.
La imagen termina de cargar.
Diego siente que el aire se le va del pecho de golpe.
Su hija.
Su Sofía, con el rostro deshecho en lágrimas, la cabeza sostenida hacia atrás por una mano que no es la suya, una cuchara acercándose a su boca abierta en un grito silencioso que la fotografía no puede reproducir pero que Diego, mirando la foto, escucha de todas formas, con total claridad, en algún lugar del pecho.
—¿Diego? ¿Todo bien?
Su socio, Andrés, lo mira desde el otro extremo de la mesa, notando el cambio repentino en su expresión.
Diego no responde de inmediato.
Sus manos, las mismas manos que firmaron contratos multimillonarios sin que le temblara el pulso, ahora tiemblan visiblemente alrededor del teléfono.
La mandíbula se le tensa.
Los ojos, que hace un segundo estaban fijos en las proyecciones de la pantalla, ahora tienen un brillo distinto, algo primitivo, algo que ninguno de los presentes en esta sala de juntas ha visto antes en Diego Herrera, conocido en toda la industria por su calma inquebrantable incluso en las negociaciones más tensas.
Se pone de pie tan rápido que la silla ejecutiva rueda hacia atrás y golpea la pared de vidrio detrás de él con un ruido seco.
—Diego, ¿qué pasa?
Toma su carpeta de documentos —sin ningún propósito real, solo el gesto automático de alguien que necesita sus manos ocupadas mientras el resto del cuerpo procesa una furia que no tiene otro lugar donde ir— y camina hacia la puerta con pasos largos, decididos, el saco del traje ondeando ligeramente con la velocidad del movimiento.
—Diego, la reunión no ha terminado...
—Cancélenla.
Su voz sale más baja de lo que esperaba, pero cargada de una autoridad distinta a la que usa normalmente en estas reuniones, algo que no admite discusión.
—Cancélenla o continúen sin mí. Tengo que ir a buscar a mi hija.
Sale del salón de juntas sin mirar atrás, cruza el pasillo de oficinas donde varios empleados levantan la vista, sorprendidos por la velocidad con la que camina, por la expresión en su rostro que nadie recuerda haber visto antes.
En el ascensor, solo, mirando su propio reflejo distorsionado en las puertas de metal pulido, Diego vuelve a mirar la foto que Carmen le envió.
El mechón de pelo castaño, flotando en el puré verde.
La hebilla rosa que Sofía siempre usa para sujetarse ese mismo mechón —la hebilla que fue de su madre, la última cosa física que le queda de ella además de las fotografías— visible en el borde de la imagen, ya inútil, sin nada que sujetar.
Diego cierra los ojos un momento, respirando hondo, tratando de contener algo que amenaza con desbordarse antes de que pueda llegar hasta la escuela y hacer algo de lo que después se arrepienta legalmente, aunque en este momento, sinceramente, no le importe demasiado esa posibilidad.
El elevador llega a la planta baja.
Las puertas se abren.
Diego cruza el lobby del edificio a paso rápido, sin detenerse en la recepción, sin responder al saludo del guardia de seguridad, directo hacia su auto estacionado en el subterráneo, con un solo pensamiento ocupando cada rincón de su cabeza:
Voy a llegar a tiempo.
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Tengo que llegar a tiempo.
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