Chapter 4 - Diego y Sofía

Para entender la furia que atraviesa a Diego mientras conduce hacia la escuela, hace falta retroceder dos años, hasta la noche en que su esposa Valeria murió en un hospital, sosteniendo la mano de una Sofía de dos años que todavía no entendía del todo lo que significaba la palabra "adiós".
El cáncer avanzó rápido, más rápido de lo que ningún médico había predicho al principio.
Diego pasó los últimos seis meses de la enfermedad de Valeria durmiendo en sillas de hospital, aprendiendo a trenzar el pelo de su hija con tutoriales de internet mirados a las tres de la mañana, aprendiendo qué comidas le gustaban y cuáles no, aprendiendo, en definitiva, a ser padre y madre al mismo tiempo mientras su esposa se apagaba despacio en una cama de hospital.
Valeria, en sus últimos días de lucidez, le hizo prometer una sola cosa.
—Prométeme que Sofía nunca va a sentir que le falta algo, Diego. Que siempre va a saber que alguien la está cuidando, incluso cuando yo ya no esté.
Diego lo prometió, con la voz quebrada, sin saber todavía cuán difícil sería cumplir esa promesa mientras reconstruía, casi desde cero, una empresa que necesitaba su atención constante para no colapsar bajo el peso de la pérdida de su fundador principal.
Los dos años siguientes fueron un ejercicio constante de malabares imposibles.
Reuniones tempranas reorganizadas para poder llevar a Sofía al jardín de infantes él mismo. Viajes de negocios reducidos al mínimo indispensable. Niñeras cuidadosamente entrevistadas, una detrás de otra, hasta encontrar a alguien de confianza para las tardes en que las reuniones se extendían más de lo planeado.
Y en medio de todo eso, la escuela.
Diego eligió esta escuela específicamente por su reputación: un programa de kínder reconocido por su enfoque en el desarrollo emocional de los niños pequeños, con excelentes reseñas de otros padres, con instalaciones impecables que proyectaban seguridad y cuidado en cada rincón.
Nunca imaginó que detrás de esa fachada impecable, en un salón con banderas coloridas en la pared, su hija estuviera atravesando algo que él, ocupado tratando de sostener una empresa y una familia al mismo tiempo, no había logrado ver a tiempo.
Las señales, ahora que lo piensa mientras conduce con los nudillos blancos sobre el volante, habían estado ahí durante semanas.
Sofía había empezado a resistirse a ir a la escuela, algo inusual en una niña que antes corría emocionada hacia la puerta cada mañana.
Había empezado a tener pesadillas, despertándose llorando a mitad de la noche sin poder explicar exactamente qué había soñado.
Había dejado de comer con el mismo apetito de antes, jugando con la comida en el plato más de lo que la consumía realmente.
Diego atribuyó todo esto, en su momento, al duelo tardío por la ausencia de su madre, algo que los psicólogos le habían advertido que podía reaparecer en distintas etapas del desarrollo infantil, sin ningún patrón predecible.
Nunca consideró que la explicación pudiera ser mucho más simple, y mucho más oscura: que alguien, en el lugar donde se suponía que su hija estaba más segura durante las horas que él pasaba en la oficina, le estaba haciendo daño de forma deliberada y sistemática.
El auto de Diego dobla en la última esquina antes de la escuela, las llantas chirriando ligeramente contra el pavimento con la velocidad del giro.
Ve el edificio de ladrillo rojo a la distancia, con su bandera ondeando tranquila en el asta del patio, absolutamente ajeno, desde afuera, a lo que acaba de suceder dentro de una de sus aulas.
Estaciona de cualquier forma, medio subido a la acera, y baja del auto sin apagar completamente el motor, sin preocuparse por cerrar la puerta con cuidado.
Cruza el estacionamiento a paso rápido, casi corriendo, y llega hasta la puerta principal de la escuela, donde una recepcionista lo mira sorprendida por la velocidad con la que entra.
—Señor, necesita registrarse en...
—Mi hija. Sofía Herrera. Salón de la maestra Patricia. Ahora.
La urgencia en su voz, la palidez de su rostro, algo en la forma en que sostiene el teléfono como si fuera evidencia de un crimen, hace que la recepcionista, después de un segundo de duda, se levante también, presionando un botón bajo su escritorio.
—Voy a llamar a la directora, señor. Sígame.
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Diego ya está caminando hacia el pasillo de los salones de kínder, sin esperar a que nadie lo acompañe, guiado por una memoria que grabó, meses atrás, en el primer día de clases de Sofía, cuando todavía todo parecía perfecto.
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